Dom
2
May
2010

Homilía Quinto Domingo de Pascua

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Amaos unos a otros

Pautas para la homilía

La dramatización de la vida terrena del Señor en la liturgia (vida pública, pasión-muerte, y resurrección) no es, hablando con propiedad, rigurosamente histórica, sino simbólica. De ahí que, a las puertas ya del domingo de la Ascensión, el evangelio de hoy suene a despedida: Jesús dejará de estar “físicamente” con sus discípulos. Y, como en toda despedida, el que se va deja a los que quedan sus palabras más importantes, su testamento: “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”. Sabemos que estas palabras nos sitúan ante la dimensión central del evangelio. Y, sin embargo...
 

  • La sospecha frente al amor cristiano

    El pensamiento moderno hace ya tiempo que emitió su veredicto sobre el amor como entraña del evangelio. Con carácter general, Max Weber excluye que sea posible traducir a la vida social las exigencias morales del Sermón de la Montaña: el ethos de la responsabilidad es incompatible con la renuncia a la violencia. El amor al prójimo sólo es pensable en una aplicación individual, lo que en definitiva es tanto como condenarlo a la ineficacia. Con una actitud un punto cínica, Freud rechaza el amor al prójimo como absurdo, como algo que razonablemente a nadie se le puede aconsejar cumplir, y califica de inconcebible el precepto de amar a los enemigos. Y con una frivolidad poco frecuente en el fundador del psicoanálisis, lo que nos indica hasta qué punto su oposición era violenta y visceral, cita unos versos de Taine: “hay que perdonar a los enemigos, pero no antes de su ejecución”.

    Pero las sospechas no vienen solo de fuera. Se han dicho tantas cosas, en ocasiones se dicen incluso tantas tonterías sobre el amor a ejemplo de Jesús, que hasta los cristianos podemos sentir cierto rubor en pronunciar simplemente sus palabras. Y algunas de las formas que configuran la experiencia religiosa actual parecen estar pensadas para dar la razón a Max Weber. El horizonte religioso actual está marcado por la búsqueda de una experiencia de proximidad y confianza, de la que parece estar ausente una de las caras de la condición humana: la responsabilidad ante Dios (“Escucha, Israel…”). La paternidad de Dios se reduce a una especie de bondad providente y de este modo la fe solo se mantiene si es útil o gratificante. Sin duda, la experiencia religiosa aporta, también, gratificación. Pero, si no se pasa de ahí, no hay forma de acceder a una relación intersubjetiva, que cree el espacio imprescindible para un amor recíproco y responsable. 
 

  • Rescatar el fondo de bondad

    Decía Paul Ricoeur que la religión sigue manteniendo en nuestra época la misma función que cumplió siempre, y que ninguna otra instancia puede realizar: rescatar el fondo de bondad del ser humano, invitarlo a que aflore a la superficie de la vida, y ofrecerle un marco en el que desplegarse. Tal vez podamos entender por esta vía el mandato del amor. La palabra de Cristo nos invita a introducir en nuestras relaciones con los demás un horizonte más comprensivo que el de nuestras reacciones espontáneas, positivas o negativas. San Pablo lo expresó de manera lacónica en su carta a los Romanos: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien”. 

En cierto sentido, podemos decir que sólo el amor nos humaniza, nos vuelve verdaderamente humanos. Hemos instrumentalizado nuestras relaciones, y de cualquier cosa, antes de comprometernos con ella, queremos saber para qué sirve, qué valor tiene, qué puedo hacer con ella. Por esa vía no descubriremos al Jesús de Nazaret que está detrás de estas palabras del evangelio, y con ello habremos cerrado cualquier posibilidad a nuestra vida cristiana. Cito de nuevo a Ricoeur cuando explica que el horizonte de la persona, aquello en que debiéramos centrar nuestra dignidad, integra tres dimensiones: autoestima, solicitud por el otro y afán de vivir en instituciones justas. La situación cultural de hoy parece querer limitar el horizonte subjetivo a la autoestima y a ese ámbito restringido de lo mío y de los míos que se expresa en una retracción al familismo primario y a la tribu. De nuevo, la gratificación de nuestros deseos. En cambio, si nos colocamos en el camino de Jesús y orientamos nuestro corazón hacia Dios, nos sentiremos animados a salir de nosotros mismos con la confianza, no de perdernos ni de perder nuestra identidad, sino de sentirnos promovidos a la responsabilidad moral de crear alrededor nuestro más humanidad.   
 

  • Para concluir…


Unas palabras, para concluir, de Fray Luis de Granada. Cuando trata, en su Guía de Pecadores, "de lo que el hombre debe hacer para con el prójimo", comienza apoyándose en la afirmación de San Pablo: "el que ama a su prójimo tiene cumplida la ley".  "Con tanto, advierte fray Luis, que este amor no sea desnudo y seco, sino acompañado de todos los efectos y obras que del verdadero amor se suelen seguir"…: "debajo de este nombre de amor (entre otras muchas obras), se encierran señaladamente estas seis, conviene saber: amar, aconsejar, socorrer, sufrir, perdonar y edificar". Ninguna empresa incluiría estas categorías entre sus objetivos, en su presupuesto o en sus balances. Valoremos las distancias.