Jue
15
Ago
2019

Homilía La Asunción de la Virgen María

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

¡Dichosa tú, que has creído!

Pautas para la homilía

Sabemos que la Iglesia ha definido cuatro dogmas sobre María. Los tres primeros nos hablan de su esencia: nos dicen que es la Madre de Dios, que es Virgen y que es Inmaculada. Estos tres dogmas son muy teológicos. En ellos los padres conciliares hilaron muy fino para definir cómo es María. Sin embargo, en el cuarto dogma, el que celebramos hoy, es de carácter espiritual, pues no se define cómo es María sino cómo es su relación con Dios.

Dice: «Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, acabado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». No dice nada más. Son sólo estas líneas.

Lo más importante es el término «asunta». Si bien desde el siglo II la Iglesia afirma que la Virgen subió al Cielo en cuerpo y alma, la palabra «asunta» no se refiere a ningún movimiento. El dogma no hace referencia a cómo llegó María físicamente al Cielo, sino a su experiencia espiritual, pues dice que fue «asunta», es decir, que fue asumida por Dios a la gloria celestial. De eso nos habla san Juan en el Apocalipsis al indicar que María fue llevada al desierto. En términos bíblicos se trata de un lugar íntimo y apartado donde Dios se une amorosamente con su amada (cf. Os 2,16-22).

El término «asumir» significa «integrar», hacer que algo forme parte de otra cosa. Cuando un niño huérfano es aceptado por una familia se dice que es asumido o integrado por dicha familia. Cuando asumimos una idea, la hacemos nuestra, la integramos en nuestra forma de pensar. María es asumida en el Cielo al ser recibida por los santos, como nos dice el salmo, y es conducida entre alegría y fiesta con su amado Dios, quien la asume en su corazón.

En efecto, el dogma de la Asunción nos dice que María fue asumida por el corazón de Dios en la gloria celestial. Él la integró dentro de sí. A quien era tan humilde como la «nada», Dios, que es «todo», la hizo un lugar en su corazón. Es, en cierto modo, la misma experiencia que describen los místicos cuando alcanzan la unión con Dios.

El Maestro Eckhart, por ejemplo, nos dice que, tras vaciar su corazón de todo lo que le aleja de Dios, siente cómo la esencia divina inunda todo dentro de él y lo llena por completo. En eso coinciden todos los místicos. Dios sólo llena el corazón de los humildes. Sólo ellos sienten realmente que Dios les ha asumido dentro de sí. Pero esto que narran los místicos se trata de algo imperfecto y transitorio, pues no deja de ser una experiencia terrena.

Sin embargo, el dogma de la Asunción nos habla de lo perfecto y eterno, pues hace referencia al Cielo. Y nos dice que la experiencia de unión con Dios la vive María ahora plenamente. Ella, la que pasó por el mundo siendo la más pequeña e insignificante, está ahora totalmente integrada y asumida en el corazón de Dios. María es la llena de Dios, la llena de gracia.

En efecto, así es la relación entre María y Dios: una plena relación de amor. María está inundada, toda ella, del amor divino. Eso es lo que, en cierto modo, nos narran las lecturas que hemos escuchado. En ellas no hemos oído nada de cómo María llega al Cielo, pero sí se nos dice cómo es acogida como alguien muy especial, al que Dios le ha reservado un lugar muy íntimo. También nos dicen que María, en el Cielo, resplandece ahora como el sol entre los santos y su belleza supera a la de las estrellas.

Así pues, María, como la primera cristiana, nos enseña el camino que todos nosotros estamos llamados a seguir: el camino del amor. Porque todos, cuando acabemos nuestra vida terrena, estamos llamados a unirnos plena y amorosamente con Dios, como María lo está ahora. Todos estamos llamados a sentir una felicidad sin igual en brazos de Dios. Y no momentáneamente, como hacen los místicos, sino eternamente.

La Asunción es una fiesta muy especial. No en vano ha sido durante siglos la fiesta mariana más importante de la Iglesia. Porque no sólo hacemos memoria de la llegada de María al Cielo, sino que en ella también se nos invita a contemplar e imaginar cómo será nuestra llegada al Cielo, cuando seamos acogidos por los santos y por María, y entonces Dios nos conduzca a ese lugar que Él nos tiene reservado en su corazón y ahí sintamos su infinito amor.

Pues bien, a ejemplo de María, seamos dóciles al amor de Dios, y así alcanzaremos la gloria eterna.