Mar
6
Ago
2019
¡Qué bien se está aquí!

Primera lectura

Lectura de la segunda carta según San Pedro 1, 16-19

Queridos hermanos:
No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza.
Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido».
Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada.
Así tenemos más confirmada la palabra profética y hacéis muy bien en prestarle atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones.

Salmo

Sal 96, 1-2. 5-6. 9 R. El Señor reina, Altísimo sobre toda la tierra

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R/.

Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R/.

Porque tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R/.

Evangelio del día

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Reflexión del Evangelio de hoy

Ante las dificultades que atraviesan los primeros cristianos, Pedro quiere transmitirles en este breve párrafo, seguridad en la fe que profesan, manifestándoles una experiencia, lo que ha visto y oído, lo que  junto con Santiago y Juan, vivieron estando con Jesús en la montaña sagrada.  Vieron –sin esperarlo- la gloria del Señor, oyeron la voz del Padre, que como ya ocurriera en el momento del Bautismo  testifica: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco”, añadiendo en este momento de la vida de Jesús, una palabra muy importante e imperativa: “Escuchadle”!

Según la narración de Lucas, los  apóstoles siguiendo a Jesús fueron a la montaña a orar... En medio de la soledad, del silencio, de la altura, la fuerza, la intensidad, la luz deslumbrante, el fogonazo  del encuentro con la divinidad les alcanzó... Por un momento -inolvidable y sublime-, fueron testigos  de la gloria de Jesús, de la grandeza que ocultaba  su cuerpo mortal,   participaron de la atmosfera de Dios y esto les impresionó, les asustó, les dejó boqui-abiertos... “No sabía lo que decía” confesó más tarde. Esta experiencia  les sacudió su modorra, les quitó el sueño...

Uno no oye, no ve todos los días a Dios “cara a cara”, no espera encontrarse con personajes tan significativos de la Historia de la Salvación como eran para el pueblo judío Moisés y Elías... Dios les concedió su don de Entendimiento para al menos en ese momento, reconocerlos y saber relacionar la misión de Jesús como continuación y plenitud de lo que los antiguos profetas anunciaron, como más tarde diría el mismo Jesús a los discípulos de Emaús: “Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó  lo que se refería a Él en toda la Escritura”.

¡Qué bien se está aquí!

¡Qué hermoso, qué bien se está aquí!”, exclamó Pedro en un nuevo alarde de su impulsividad, “si quieres haré tres chozas...”,como queriendo instalarse, deseando que este momento sublime no se terminara nunca... Es parte de nuestra naturaleza humana..., ¡qué pronto nos aferramos a lo bueno!... Y sin embargo, de pronto una nube luminosa los cubrió, y se llenaron de espanto, oyendo la voz del Padre... Fue Jesús mismo quien acercándose, los animó a levantarse, a ponerse en camino, bajar al valle  y a no tener miedo de enfrentarse con la realidad, con la tarea encomendada...

El acontecimiento  de la Transfiguración fue un anticipo de la gloria de la Resurrección, previo a los días tristes, amargos y oscuros que habían de vivir de la Pasión dolorosa, aunque ni Pedro, ni Santiago ni Juan lo tuvieron en cuenta en esos momentos ni lograron vislumbrar todo su alcance “y les daba miedo preguntar” e incluso hablarlo entre ellos... Sólo después de la Resurrección de Jesús y de la venida del Espíritu Santo entendieron algo del Misterio sublime que habitaba en la Persona de Jesús, que siendo Dios se rebajó, haciéndose hombre para redimirnos por medio de su muerte, como lo hablaba con Moisés y Elías... Era algo preestablecido por el Padre, era su designio y por eso, ante la docilidad y fidelidad de Jesús, el Padre se complace y lo da a entender... “Este es mi Hijo amado, mi Predilecto, el Escogido, en quien me complazco”...

Este testimonio es lo que Pedro, uno de los apóstoles privilegiados, trata de comunicar a sus lectores, para confirmar que la fe en Jesús y el anuncio de su Buena Nueva no es una invención, una retórica, sino consecuencia de una experiencia vital como la lámpara que cargada de aceite, luce, brilla e ilumina a otros...

Sólo escuchando a Jesús –plenitud y culminación de lo que anunciaron y significaban Moisés (la Ley) y Elías (los Profetas)-, y poniendo en práctica su Mandamiento Nuevo, lograremos ser la luz que brilla en un lugar oscuro, la sal que da sabor y el vino nuevo de la Vida nueva que nos trae Jesucristo.

Domingo, luz

En este día, 798 aniversario de la Pascua de Nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán, vemos cómo su vida y su predicación, se fundamentaron en la oración, en su trato asiduo, intenso e íntimo con el Señor, en su rumia constante de La Palabra -con mayúscula-. Por eso dio fruto, por eso fue fecundo, por eso fue expansivo,  por eso llegaba a las gentes....

Y es la consigna que nos ha dejado a sus hijos y a toda persona que desee comunicar eficazmente la palabra del Señor: contemplar y desde la verdad, la sinceridad, la fidelidad, la autenticidad, dar lo contemplado. Con razón lo llamamos y es “Luz de la Iglesia”.

La fiesta de la Transfiguración, pues, nos invita a preguntarnos: ¿Cómo es mi oración? ¿Cómo me pongo ante la presencia de Dios? ¿Es mi actitud ante Dios, de apertura, de disponibilidad, de sencillez, de escucha, de docilidad? ¿Me dejo iluminar, herir, sanar por esta Palabra de Dios que es viva y eficaz? ¿Alabo, bendigo, glorifico a Dios? ¿Veo su presencia, su grandeza, su huella en todos los lugares, acontecimientos, circunstancias, personas? ¿Me dejo transfigurar por la Palabra que transmite luz, calor, verdad, vida, o me quedo indiferente?