Fri
10
Apr
2020

Homilía Viernes Santo

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Inclinando la cabeza, entregó el espíritu

Pautas para la homilía

La Cruz puede mirarse desde diversas ópticas. Bueno, principalmente desde dos: desde la perspectiva del proyecto de Dios que Jesús encarna o desde la perspectiva de los que lo crucifican.

Para los grandes de este mundo (quienes lo crucifican y también nosotros) la Cruz es la afirmación autoritaria del poder, la aniquilación de la diferencia, el triunfo del descarte, la victoria de la injusticia y de la manipulación, el endiosamiento del ser humano …. Los que clavan en la Cruz a Jesús están convencidos de que Jesús ha de ser destruido para que ellos puedan vivir mejor. En suma, la cruz es la muerte, el sinsentido, el absurdo, la negación de Dios y del ser humano, el final de la esperanza y la consagración de la ley del más fuerte.

¡Qué morbosa actualidad tiene esta perspectiva! ¿Verdad? Cuántas cruces se siguen repartiendo ahora en tantos rincones del planeta que, como en el caso Jesús, siguen desfigurando el aspecto humano de la gente, (recordemos lo que dice Isaías en la primera lectura desfigurado no parecía hombre).

En cambio, en el proyecto de Dios, para Jesús, la Cruz es una Buena noticia. Cuidado aquí. Entendamos bien. No nos vayamos a deslizar hacia un dolorismo o masoquismo vacío. He dicho que la Cruz es una Buena Noticia conscientemente. ¿Por qué? Porque Jesús predica y propone la cruz a los suyos como camino que conduce a la salvación (quien no tome su cruz y me siga, no es digno de mí; el que quiera salvar su vida la perderá; quien la pierda por mi causa la encontrará). Cargar con la Cruz, por tanto, es un requisito discipular para avanzar por la senda de Cristo hacia la vida. Suena a paradoja. Es el mundo al revés. Pero es lo que hay en el Evangelio. Estamos ante una lógica distinta: la del Reino. Intentemos comprenderla.

Jesús hace un anuncio gozoso de la fuerza vivificadora de Dios que se está haciendo presente en el mundo. Para vislumbrar esta acción salvadora, dice, es preciso convertirse y conectar con la lógica de Dios, manifestada en su persona y en su camino. Se trata de la lógica del amor. Pero no de un amor romántico, edulcorado o de película dominical de TV de sobremesa, sino del amor de entrega, donación, servicio y humildad que conlleva un desasimiento de lo propio, un olvido de uno mismo, un aparcar el egoísmo y buscar el bien y el derecho del otro; sobre todo, el bien y el derecho del último, del olvidado, del empobrecido, del descartado. Jesús lo expresaba magníficamente en una frase que resume el corazón de la Ley y de su anuncio: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. Se trata, considerado desde otra vertiente, de la misma propuesta cuaresmal que hemos recorrido durante 40 días antes de esta semana santa: oración (Dios), limosna (la donación al otro) y ayuno (el descentramiento personal).

Por lo tanto, la Cruz que propone Jesús no es la de “como quiero vivir mato a quien me lo impida”; sino, al contrario, es la que afirma “yo me desvivo por amor para que los demás tengan mejor vida, una vida más humana (y conforme a la voluntad de Dios)”. Por consiguiente, la Cruz, que es distintivo del cristiano, no es la del dolor por el dolor o el sufrimiento por el sufrimiento (lo cual no quiere decir que no haya dolor en la vida cristiana). La Cruz de Cristo es la del amor más fuerte que la muerte porque, a la postre, el más fuerte no es quien más mata o puede matar, sino quien más ama y más vida puede dar. Y ese, es el Dios revelado en Jesús.

Con todo hay que precisar todavía cosas para intentar entender mejor la relación entre las dos ópticas señaladas en relación a la cruz.

El anuncio evangélico de la Cruz por parte de Jesús (el camino del amor y la entrega) disgustó mucho a los grandes de este mundo (al poder religioso y al político, que como vemos en el texto joánico se alían aunque tengan intereses distintos). En él, unos, no reconocieron a Dios, ni, los otros, un proyecto humano compatible con sus deseos. Por eso, le dieron a Jesús la Cruz; pero la suya; la del odio, la del descarte, la de la muerte inhumana…

Es cuando la existencia del Nazareno llega a su momento resolutivo. En ese instante, el que había encarnado un estilo de vida marcado por la Cruz del amor, tuvo que afrontar el choque brutal con la lógica vital del odio, de la fuerza y de la injusticia: la lógica del pecado Lo sabemos, para quitarlo de en medio lo acusaron de blasfemo y de agitador político. La sentencia fue la muerte de Cruz.

Pero Jesús asume conscientemente esta Cruz, la Cruz del rechazo de Dios y del ser humano; y, junto a ello (y esto es lo más relevante), descubre en ella una posibilidad de vida para todos, incluso para sus verdugos. Entiende que ese momento crucial es la gran oportunidad para mostrar la extraordinaria fuerza del proyecto de Dios al que él siempre había servido. Por eso, en ese instante (y no sin alguna lucha interior; es lo que nos evoca el texto de Hebreos) asume libremente la Cruz de la ignominia, la vacía del odio y de la muerte y la llena del amor que ha dado y da sentido a su existencia; en suma, la colma de Dios.

En efecto, Jesús acoge, lee y vive la Cruz del Calvario como la expresión máxima del exceso de amor de Dios; un amor capaz de cambiar la muerte en vida; el pecado en salvación; la noche en día. Jesús, por tanto, asume con todas sus consecuencias la fuerza salvífica del amor que se da, que se entrega, que sirve, que se desvive para que los otros tengan una existencia mejor. Por eso, la Cruz, al final, se torna en una Buena Noticia y puede interpretarse como voluntad de Dios. Esta voluntad no es la de machacar con el sufrimiento al Hijo, sino la de que el Hijo sea coherente hasta el final en el servicio a un proyecto de vida que muestre la verdadera estatura de lo humano. Una voluntad, no hay que olvidarlo, que, simultáneamente, critica y vacía de sentido toda cruz comprendida como poder del fuerte sobre el débil y como destrucción del ser humano. ¡Qué importante es la coherencia en la vida! La Cruz de Jesús también nos lo recuerda.

Todo esto es muy fuerte. Claro. Subyace aquí, en la propuesta evangélica, una mentalidad nueva, un nuevo modelo humano y social; modelo que, además, no concluye en la nada, sino en la esperanza de la vida que triunfa sobre la muerte en la resurrección (mañana lo celebramos).

Este modelo, la verdad, sigue sin gozar de mucha aceptación. A veces, lamentablemente, ni siquiera entre los cristianos, entre nosotros. Pero este modelo es que celebramos juntos en este viernes santo.

Hay que terminar. Lo hago con tres afirmaciones:

  1. La cruz, Buena Noticia salvadora e identidad de lo cristiano, se refiere, en último término, al estilo de vida que guió a Jesús; dicho de otro modo, la Cruz que nos salva no es el madero, sino la humanidad de Jesús en la que Dios se encarnó y fue clavada en él; por tanto, redime el Crucificado, no la Cruz; aunque por aquello de las licencias que permite el lenguaje podamos con legitimidad traspasar ese poder bendito del Crucificado a la Cruz.
  2. En consecuencia, cuando nos acerquemos a besar la cruz pensemos qué es lo que vamos a hacer. Me atrevo a insinuar cosas. Creo que vamos a decir sí al proyecto de Dios manifestado en Jesús; creo que vamos a reconocer que el camino de la salvación de lo humano es el servicio y el amor entregado; creo que vamos a agradecerle la dignidad y la perseverancia con que nos lo ha enseñado; creo que vamos a pedirle que podamos también cargar con esa Cruz en nuestras vidas; creo que vamos a rogarle que, por favor, el amor triunfe de una vez por todas sobre tantos signos de muerte y desesperanza y, en la implementación de ese deseo, creo que vamos a ofrecerle nuestra humilde colaboración…
  3. Salva el amor, no el dolor. Pero eso no quiere decir que el amor no duela o no se haga cargo del sufrimiento (nuestro Dios no es ajeno al dolor). El matiz es importante. No es el dolor el que redime o libera. El amor busca siempre la vida y la vida de los otros. En ese recorrido, sin duda, ha de afrontar el dolor. En tal caso, el sentido de esa confrontación está conducido por la fuerza luminosa del amor que sigue deseando la vida y lo mejor para el otro y que, como Jesús, hace lo posible por borrarlo o hacerlo desaparecer, incluso, aunque eso suponga un perjuicio para uno mismo. Este amor es el que libera, humaniza y salva.

Se trata del amor de Dios manifestado en Cristo-Jesús que hoy celebramos en torno a la memoria de la Cruz, de la muerte del Señor.