Lun
1
Ene
2018

Homilía Santa María, Madre de Dios

María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón

Pautas para la homilía

Santa María, Madre de Dios, es una fiesta litúrgica que se celebra para conmemorar el dogma de la Maternidad divina de María sobre Jesús tal y como quedó definido en el Concilio de Éfeso.

A la luz de la Primera Lectura se nos invita a que brote en nosotros la bendición, alabanza y acción de gracias a Dios Padre por su fidelidad a su alianza de amor con nosotros

Ante la Segunda Lectura a que surja también la bendición, alabanza y acción de gracias por Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que hizo realidad, que hizo presente, la Salvación.

Finalmente al contemplar el pasaje evangélico que nazca nuestra bendición, alabanza y acción de gracias por la Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra.

Pero además, desde hace años, cada 1 de enero se celebra la Jornada Mundial de la Paz y el Papa Francisco nos ha dado un Mensaje titulado Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz.

En él nos dice que "la paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de doscientos cincuenta millones de migrantes en el mundo, de los que veintidós millones y medio son refugiados". Y añade que "para ofrecer a los solicitantes de asilo, a los refugiados, a los inmigrantes y a las víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad de encontrar la paz que buscan, se requiere una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar."

Pero nosotros, ¿qué podemos hacer?

Como María podemos acoger e integrar a los migrantes y refugiados trabajando para que participen plenamente en la vida de nuestra sociedad, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda, promoviendo el desarrollo humano integral de las comunidades locales. Y además debemos crear un clima de paz, de justicia y de solidaridad en nuestras actuaciones cotidianas. Intentar resolver los conflictos a través del entendimiento y no a través de la agresividad, ser capaces de ponernos en la piel del otro y entender sus razones, no pretender tener siempre la razón y ser capaces de ceder, sobre todo buscando siempre el bien de los más pobres y débiles.

Como María podemos proteger reconociendo y garantizando la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación, defendiendo sus derechos ante las instancias pertinentes y aportando nuestra ayuda económica para que ellos, que están sufriendo tan negativas consecuencias, su situación sea algo menos dolorosa.

Como María podemos promover, o sea estar atentos a lo que ocurre en el mundo, en relación con esos millones de seres humanos, intentar estar bien informados, crear opinión a nuestro alrededor a favor de ellos.

Y podemos, finalmente: rezar. Rezar individualmente, cada uno, cada día. Y rezar juntos, con toda la fuerza de nuestro corazón y de nuestra alma. Compartir con Dios nuestro Padre ese anhelo que tenemos de trabajar por un mundo solidario y en paz, un mundo justo, un mundo en el que todos podamos sentirnos felices y libres. Orar a Dios, y hacer de esta oración un clamor para que el proyecto de su Reino, ese proyecto por el que Jesús murió, se abra paso en nuestra historia humana.

El Padre Maestro de la Orden en su carta del 1 de octubre proponía el pasado tiempo de Adviento, cuando estábamos esperando la encarnación del Príncipe de la Paz, como Mes Dominicano por la Paz, que empezó el Primer Domingo y concluye este 1 de enero. Pero evidentemente no sólo debe haber sido por esos días. Pidamos por intercesión de la Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra, Reina de la Paz, que como ella seamos cada vez más instrumentos de paz en nuestro mundo.

Del Mensaje del Papa:

«Acoger» recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos humanos fundamentales. La Escritura nos recuerda: «No olvidéis la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles».

«Proteger» nos recuerda el deber de reconocer y de garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación. En particular, pienso en las mujeres y en los niños expuestos a situaciones de riesgo y de abusos que llegan a convertirles en esclavos. Dios no hace discriminación: «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda».

 «Promover» tiene que ver con apoyar el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados. Entre los muchos instrumentos que pueden ayudar a esta tarea, deseo subrayar la importancia que tiene el garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación: de esta manera, no sólo podrán cultivar y sacar el máximo provecho de sus capacidades, sino que también estarán más preparados para salir al encuentro del otro, cultivando un espíritu de diálogo en vez de clausura y enfrentamiento. La Biblia nos enseña que Dios «ama al emigrante, dándole pan y vestido»; por eso nos exhorta: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto».

Por último, «integrar» significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda, promoviendo el desarrollo humano integral de las comunidades locales. Como escribe san Pablo: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios».