Jue
25
Jul
2019
El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó: «¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos. Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Salmo

Sal 66 R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R/.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra. R/.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4,7-15

Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 20-28

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?»
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Contestaron: «Lo somos.»
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»

Reflexión del Evangelio de hoy

Los contrastes de las lecturas de hoy

En los evangelios hallamos a menudo situaciones muy contrastadas. A simple vista parecen casi contradictorias. Es lo que sucede cuando, leyendo las lecturas de hoy, nos encontramos con que los apóstoles poseían un gran tesoro, pero lo llevaban en vasijas de barro.

El Evangelio que Jesús trajo al mundo, el anuncio de que Dios es un Padre que nos ama a todos y, como consecuencia, todos somos hermanos, lo proclamaron los apóstoles y, después de ellos, todos los que compartimos la ilusión por el Reino de Dios. Pero lo llevamos en vasijas frágiles que se rompen con facilidad. Una muestra: Santiago y Juan, acompañados de su madre, provocan malestar entre los Doce al querer reservarse los primeros lugares en el Reino de Dios. Tienen una gran misión, pero siguen sujetos a la debilidad humana. Y a pesar de todo, Jesús confía en ellos.

También hoy se anuncia el Evangelio, el gran tesoro para todos, pero lo llevamos en vasijas frágiles, quebradizas. No debemos desanimarnos al comprobar que en la Iglesia no todo va bien. Dios se ha fiado de nosotros y nos ha confiado una gran responsabilidad.

Grandeza de la misión y pobreza de los medios humanos. Basta con leer la historia de la Iglesia para comprobar cómo las palabras de san Pablo se repiten a lo largo del tiempo. Ante lo que no nos gusta de la Iglesia de hoy, no es solución alejarse sino trabajar y luchar desde dentro y animarnos a beber el cáliz de Jesús, como hizo Santiago. Él es otra prueba de la fuerza frágil del Evangelio: El discípulo que quería encumbrarse y buscaba asegurarse un lugar privilegiado (en el evangelio de hoy) será el primero en entregar su vida por el maestro (como vemos en la primera lectura).

La Iglesia no tiene que ser un lugar de poder

Santiago y Juan querían asegurarse una situación de privilegio en el Reino de Cristo; seguramente lo imaginaban muy parecido a los reinos temporales. En estos se busca el poder por encima de todo pensando que eso es lo que hace progresar a la sociedad. En tiempos de Jesús el poder se concretaba en el despotismo de los emperadores romanos que dominaban el mundo entonces conocido. Pero Jesús nos dice: «No será así entre vosotros».

Es una enseñanza clara y diáfana, sin lugar a interpretaciones. Tan clara como la réplica de Pedro y los apóstoles al sumo sacerdote cuando les reclama que les había prohibido formalmente enseñar en nombre de Jesús: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Sin embargo, los cristianos dentro y fuera de la Iglesia seguimos atesorando puestos y buscando el poder sobre los demás. El matiz de mandar sirviendo es muy difícil. El mensaje de Cristo está lleno de estas paradojas que nos sirven para pensar sobre nuestra relación con los hermanos. Lo que importa es estar dispuesto a beber el cáliz con Él, servir como Él, amar como nos amó y entregarnos a la misión de transformar este mundo y anunciar su mensaje de Amor.

No hay lugar para los intereses particulares, los primeros puestos, los sitios de honor. Ser cristiano es mucho más que un título. Somos fuertes porque Él ha puesto su mirada de amor en cada uno de nosotros. Somos vasijas de barro, pero con un gran regalo, con un gran tesoro en nuestro interior. La vasija puede dañarse, pero tenemos que recordar que somos portadores de algo grande: ser testigos de aquel que ha dado la vida por nosotros.