Sáb
12
Jun
2010
Conservaba todo esto en su corazón.

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis 27, 1-5. 15-29

Cuando Isaac se hizo viejo y perdió la vista, llamó a su hijo mayor:
-«Hijo mío.»
Contestó:
-«Aquí estoy. »
El le dijo:
-«Mira, yo soy viejo y no sé cuándo moriré. Toma tus aparejos,
arco y aljaba, y sal al campo a buscarme caza; después me guisas un
buen plato, como sabes que me gusta, y me lo traes para que coma;
pues quiero darte mi bendición antes de morir.»
Rebeca escuchó la conversación de Isaac con Esaú, su hijo.
Salió Esaú al campo a cazar para su padre.
Rebeca tomó un traje de su hijo mayor, Esaú, el traje de fiesta,
que tenia en el arcón, y vistió con él a Jacob, su hijo menor; con la
piel de los cabritos le cubrió los brazos y la parte lisa del cuello.
Y puso en manos de su hijo Jacob el guiso sabroso que había pre-
parado y el pan.
Él entró en la habitación de su padre y dijo:
-«Padre.»
Respondió Isaac:
-«Aquí estoy; ¿quién eres, hijo mío?»
Respondió Jacob a su padre:
-«Soy Esaú, tu primogénito; he hecho lo que me mandaste; in-
corpórate, siéntate y come lo que he cazado; después me bendecirás
tú. »
Isaac dijo a su hijo:
-«¡Qué prisa te has dado para encontrarla!»
Él respondió:
-«El Señor, tu Dios, me la puso al alcance.»
Isaac dijo a Jacob:
-«Acércate que te palpe, hijo mío, a ver si eres tú mí hijo Esaú
o no.»
Se acercó Jacob a su padre Isaac, y éste lo palpó, y dijo:
-«La voz es la voz de Jacob, los brazos son los brazos de Esaú. »
Y no lo reconoció, porque sus brazos estaban peludos como los de su hermano Esaú. Y lo bendijo.
Le volvió a preguntar:
-«¿Eres tú mi hijo Esaú?»
Respondió Jacob:
-«Yo soy.»
Isaac, dijo:
-«Sírveme la caza, hijo mío, que coma yo de tu caza, y así te bendeciré yo. »
Se la sirvió, y él comió. Le trajo vino, y bebió. Isaac te dijo:
-«Acércate y bésame, hijo mío.»
Se acercó y lo besó. Y, al oler el aroma del traje, lo bendijo, diciendo:
«Aroma de un campo que bendijo el Señor es el aroma de mí hijo;
que Dios te conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y de vino.
Que te sirvan los pueblos, y se postren ante ti las naciones.
Sé señor de tus hermanos, que ellos se postren ante ti.
Maldito quien te maldiga, bendito quien te bendiga.»

Salmo

Sal 134, 1-2. 3-4. 5-6 R. Alabad al Señor porque es bueno.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios. R.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya. R.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos. R.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,41-51

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedo en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»
Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Reflexión del Evangelio de hoy

Este es un sábado de gozo y alegría, el gozo y la alegría que brota de un corazón limpio y puro, un corazón que confía y espera, el corazón de una madre.

Como nos dice la primera lectura son muchos los momentos en los que nos sentimos mimados por Dios, sentimos que nos lleva en su regazo y la alegría de sentirnos profundamente queridos y aceptados por nuestro Padre/Madre desborda nuestro corazón de alegría Esto hace brotar de nuestros labios un canto de alabanza y amor hacia quien nos ama de forma tan incondicional, porque nos sentimos triunfadores de la batalla del amor porque tenemos al AMOR de nuestro lado.

Este evangelio es difícil de comprender para todos aquellos que somos padres y madres. Al leerlo, nos muestra una escena cotidiana de la vida a la que nos es fácil trasladarnos. Ante la incertidumbre de la desaparición y la angustia por no encontrar al hijo nos encontramos al desconcierto de su respuesta.

Pero María se muestra paciente y confía. Muchas veces no entendemos y sin embargo, abrimos nuestro corazón a la confianza y la paciencia de saber que algún día comprenderemos todo lo que hemos ido guardando en nuestro corazón. La fe que en aquel momento necesitó María –a pesar de no entender a su Hijo y la estrecha relación de éste con su Padre/Madre– le ayudó aceptar, al igual que a cada uno de nosotros, que nuestros hijos son un proyecto que no nos pertenece, que somos meras herramientas que cuidan de un regalo que Dios nos hace. Nuestros hijos son un proyecto nuevo y libre. Son personas autónomas a las que no podemos/debemos poseer ni imponerles un destino establecido previamente.

La experiencia de María es sobre todo la de una mujer creyente que sabe encontrar a Jesús “en la Casa del Padre”, es decir, como Sacramento de la sabiduría y de la presencia de Dios entre nosotros. Una experiencia que cada familia está llamada a vivir, convirtiéndose en pequeña “iglesia doméstica”, en donde cada hijo e hija, educado en la fe y en los grandes valores de la solidaridad humana, pueda crecer “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los seres humanos” (Lc 2,52), a imagen del adolescente Jesús de Nazaret.