Sáb
13
Jun
2015
María conservaba todo esto en su corazón

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis 27, 1-5. 15-29

Cuando Isaac se hizo viejo y perdió la vista, llamó a su hijo mayor:
-«Hijo mío.»
Contestó:
-«Aquí estoy. »
El le dijo:
-«Mira, yo soy viejo y no sé cuándo moriré. Toma tus aparejos,
arco y aljaba, y sal al campo a buscarme caza; después me guisas un
buen plato, como sabes que me gusta, y me lo traes para que coma;
pues quiero darte mi bendición antes de morir.»
Rebeca escuchó la conversación de Isaac con Esaú, su hijo.
Salió Esaú al campo a cazar para su padre.
Rebeca tomó un traje de su hijo mayor, Esaú, el traje de fiesta,
que tenia en el arcón, y vistió con él a Jacob, su hijo menor; con la
piel de los cabritos le cubrió los brazos y la parte lisa del cuello.
Y puso en manos de su hijo Jacob el guiso sabroso que había pre-
parado y el pan.
Él entró en la habitación de su padre y dijo:
-«Padre.»
Respondió Isaac:
-«Aquí estoy; ¿quién eres, hijo mío?»
Respondió Jacob a su padre:
-«Soy Esaú, tu primogénito; he hecho lo que me mandaste; in-
corpórate, siéntate y come lo que he cazado; después me bendecirás
tú. »
Isaac dijo a su hijo:
-«¡Qué prisa te has dado para encontrarla!»
Él respondió:
-«El Señor, tu Dios, me la puso al alcance.»
Isaac dijo a Jacob:
-«Acércate que te palpe, hijo mío, a ver si eres tú mí hijo Esaú
o no.»
Se acercó Jacob a su padre Isaac, y éste lo palpó, y dijo:
-«La voz es la voz de Jacob, los brazos son los brazos de Esaú. »
Y no lo reconoció, porque sus brazos estaban peludos como los de su hermano Esaú. Y lo bendijo.
Le volvió a preguntar:
-«¿Eres tú mi hijo Esaú?»
Respondió Jacob:
-«Yo soy.»
Isaac, dijo:
-«Sírveme la caza, hijo mío, que coma yo de tu caza, y así te bendeciré yo. »
Se la sirvió, y él comió. Le trajo vino, y bebió. Isaac te dijo:
-«Acércate y bésame, hijo mío.»
Se acercó y lo besó. Y, al oler el aroma del traje, lo bendijo, diciendo:
«Aroma de un campo que bendijo el Señor es el aroma de mí hijo;
que Dios te conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y de vino.
Que te sirvan los pueblos, y se postren ante ti las naciones.
Sé señor de tus hermanos, que ellos se postren ante ti.
Maldito quien te maldiga, bendito quien te bendiga.»

Salmo

Sal 134, 1-2. 3-4. 5-6 R. Alabad al Señor porque es bueno.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios. R.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya. R.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos. R.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,41-51

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedo en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»
Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Reflexión del Evangelio de hoy

Cuando Dios decidió venir al mundo lo hizo en forma de niño, con un corazón de niño. De Jesús, en un momento dado de su vida, se nos dice que: “iba creciendo en edad, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52). Pero, su corazón no creció como suelen hacerlo los de los otros seres humanos, que se hacen más desconfiados, suspicaces y maliciosos, sino en la línea de la inocencia, de la sencillez y de la confianza. De ahí que llegara a decir: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Jesús lo aprendió de su Madre, María. Con ella lo vivió y lo practicó primero; luego, más tarde, no hizo más que seguir en aquella dirección con todos.

  •  “Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos”: Antoine de Saint Exupery.

En nuestra cultura occidental, hablar del corazón es hablar de afectos, de sentimientos, de amor o de odio. Lo específicamente humano, lo espiritual, lo afectivo, lo intelectual es invisible para los ojos. La amistad, la bondad, la belleza, la verdad, la sinceridad no son visibles más que con el corazón. Los ojos son importantísimos, pero su misión, al final, es llevarnos a la otra dimensión y, al llegar, retirarse, para que el corazón tome las riendas de lo que es competencia suya.

Al celebrar el Corazón de María, estamos hablando de lo que María veía y cómo lo veía. Los ojos le mostraban un niño, ella veía a Dios; los ojos le mostraban un José que no entendía qué es lo que pasaba; María veía en él a la persona puesta y dispuesta por Dios para el cometido más delicado que se pudiera pensar. Y así con todo lo demás. Y, porque María todo eso lo intuía y veía con el corazón, lo celebramos, lo admiramos, se lo agradecemos y, en la medida en que podemos, la imitamos. Porque ser ciego es una de las mayores desgracias, pero “no tener corazón” es todavía peor; o tenerlo, no de carne, sino de piedra, insensible, es algo que todos detestamos. María fue muy humana, muy sensible, muy delicada, piadosa y compasiva.

  • “María lo guardaba todo en su corazón”

Y, al mismo tiempo, María seguía siendo humana. Y, como tal, no lo entendía todo. Y, en lugar de pedir cuentas a Dios o disgustarse, protestar o retirarse, su actitud fue muy distinta: lo guardaba todo, como algo sagrado, en lo más hondo de su corazón. Y allí lo rezaba, lo discernía, lo recordaba, lo volvía a vivir. Y esperaba como buena madre que llegara el momento de entender aquello, o de no entenderlo porque no era suyo sino de Dios.

No sé si estaré acertado o equivocado, pero tengo para mí que una cosa, una verdad, un misterio, todo aquello con capacidad para estar en un libro o en Google y en el Corazón de María, cambia substancialmente si está en un sitio o en otro. En apariencia es la misma realidad, pero realmente es distinto. La persona y el corazón de María tienen capacidad suficiente para hacer las cosas “según Dios”, no sólo según los hombres. A mí me da mucha más seguridad contemplar lo que María guardaba en su corazón sobre cualquier aspecto de Jesús que lo que pueda aprender a través de otros medios. Esto no es fácil explicarlo ni demostrarlo; pero intuyo que nosotros, los seguidores de Jesús y de María, tampoco lo necesitamos. Por eso celebramos su Corazón, y, al hacerlo, celebramos también todo lo que allí guardaba y la forma en la que lo hacía. Pidiendo únicamente ser capaces de parecernos a ella, por madre y por maestra.