Nov
Homilía XXXII Domingo del tiempo ordinario
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)
“ Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas ”
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Reflexión del Evangelio de hoy
"Radiante e inmarcesible es la sabiduría"
La pretensión de todo ser humano es poder conducirse en la vida, saber y conocer cómo actuar, cómo dirigir los pasos para lograr el bienestar y la felicidad. Hay conocimientos que necesitamos para poder acceder al Reino de Dios y otros que son superfluos. No son nuestros conocimientos los que nos garantizan nuestra vida presente y futura. La lectura del libro de la Sabiduría nos invita a buscar, encontrar y poseer la auténtica sabiduría. Jesús es la encarnación de la Sabiduría divina que había de ser buscada sin descanso por nosotros, que queremos ser sus discípulos y testigos, para poder llegar al banquete de la eternidad.
En estos domingos finales del año litúrgico, san Pablo explica la esperanzadora doctrina cristiana sobre los últimos tiempos y sobre la suerte de los difuntos: a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.
"Velad, porque no sabéis el día ni la hora"
Pero en el centro de la Palabra de este domingo está el texto del evangelio, cap. 25 de San Mateo, en el que Jesús instruye a los discípulos sobre la manera de estar preparados para el final de los tiempos. Y lo hace cuando presiente que se acerca ya su pasión y entrega definitiva.
La primera condición o enseñanza es la vigilancia, porque no se sabe el día ni la hora de la segunda venida de Cristo. La parábola de las doncellas prudentes nos anima a los cristianos a mantener encendida la luz de la fe y la gracia que recibimos en el bautismo.
¿Cómo tenemos que hacerlo, entonces? Se trata de buscar, desear, estar despiertos, muy atentos. No caer en la desidia, el abandono y el sueño. No podemos vivir como dormidos o anestesiados. Hemos de ser conscientes de las posibilidades que tenemos de estar despiertos o ardiendo; o bien, de vivir como dormidos y apagados. Nos puede pasar como a las doncellas de la parábola: que el esposo tarda en llegar y a todas les entra el sueño y se duermen.
La llamada que se nos hace es a estar bien despiertos y alertas, pero no por temor o miedo. No tiene ningún sentido meter miedo. Dios no se dedica a sorprendernos, a asustarnos, a amenazarnos. No viene como un ladrón, ni siquiera como alguien inoportuno. Lo sabemos bien, aunque quizá no siempre lo creamos y vivamos de verdad.
Por otra parte, vivimos tiempos en la sociedad y en la Iglesia en que es fácil relajarse, caer en el escepticismo e ir tirando por los caminos seguros de siempre, sin adherirnos verdaderamente y de forma responsable, al proyecto de Dios.
Jesús en una nueva parábola del Reino, nos enseña, nos ofrece claves y pistas válidas para nosotros. Se habla de lámparas y de aceite. La metáfora o imagen que aparece es muy acertada. Pero no deja de ser un símbolo. Toda la fuerza de la parábola está en la luz. Es necesaria la lámpara, y también muy necesario el aceite, y la reserva de aceite.
¿Cuál debe ser nuestro aceite? El aceite en la vida del cristiano, de todo ser humano en realidad, es el amor. Sin el amor nuestra vida está como a oscuras. El aceite solo da luz cuando se consume. Si queremos dar luz sin entrega a los demás, no será posible; estaremos dormidos o apagados.
El mensaje parece claro y urgente. Sería insensato seguir escuchando el evangelio sin hacer un esfuerzo mayor para traducirlo en nuestra vida. Y sería una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es como esperar a Jesús con las lámparas apagadas. El Reino definitivo puede tardar, pero nosotros no podemos retrasar más nuestra implicación decidida.
No podemos olvidar que Dios nos creó para ser felices y amarnos unos a otros. El amor es lo que definitivamente nos hace felices en la vida, y nos hace estar alegres. Cuando nos falta el aceite del amor, se nos va apagando la lámpara, dejamos de dar luz. Que no se nos apague el amor, que no se nos acaben las reservas y las ganas de amar más cada día.
Que no dejemos de abrirnos cada día al amor de Dios, a la invitación constante que nos hace a participar en su banquete. Y que vivir esta experiencia nos lleve a dar gracias y alimentar así nuestra propia capacidad de amar.
Vivir en la luz es participar ya en la vida del Reino de Dios. ¿Vivimos ardiendo, con luz… o apagados? ¿Cuál es el “aceite” de nuestra vida?