Dom
7
Abr
2013

Homilía II Domingo de Pascua

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

Dichosos los que crean sin haber visto

Pautas para la homilía

Los apóstoles protagonistas de las lecturas son también los que durante la semana santa han aparecido con más fuerza: Pedro y Juan, al apóstol que negó al Señor pero luego se arrepintió y fue perdonado y el discípulo amado que recostaba su cabeza sobre el hombro de Cristo en la Última Cena.

Un punto importante es ver como se nos describe la actividad de esta primera comunidad de los apóstoles en su andanza postpascual; se nos muestra como una continuidad de la actividad del Jesús hecho hombre: Pedro realiza multitud de milagros y a él le llevan los enfermos, como hacían con Cristo; de la misma manera Juan profetiza, recordándonos la predicación profética de Cristo, la predicación del Reino de Dios. Y es que ambos se han convertido en testimonios del Resucitado, sus vidas y sus actos sólo quieren transmitir esa vivencia. Y sobre esa vivencia se edifica la Iglesia, porque sólo es a través de este testimonio de los apóstoles que podemos llegar al Resucitado.

Es por ello que queremos dedicar estas pautas de la homilía a lo que hemos llamado el testimonio de la Iglesia para la fe del creyente.

No nos puede sorprender que la Iglesia nos proponga la lectura de este Evangelio en el domingo de la Octava de Pascua. En él se nos explica la “relación” entre los discípulos y el Resucitado en dos apariciones. La primera tiene lugar “al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana” (Juan 20, 19) cuando sólo diez de los discípulos, asustados y encerrados, son testigos de la aparición de Cristo y reciben de Él el Espíritu Santo. De la misma manera en el momento de la creación “Yahvé formó al hombre con el polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre tuvo aliento de vida” (Génesis 2,7). El encuentro con el Resucitado es siempre una nueva creación para el hombre por medio del Espíritu Santo. Y es a través de ese Espíritu Santo que la Iglesia recibe el ministerio de perdonar los pecados como nos recuerda el Evangelio de hoy.

La segunda aparición se realiza al cabo de ocho días, una semana más tarde, cuando los discípulos se reúnen de nuevo en el mismo lugar. Entre ellos esta vez también se encuentra Tomás, a diferencia de la vez anterior. Éste había desaparecido en el momento crucial, pero era el mismo que en la pasión de Jesús animaba a los otros discípulos para mostrar su solidaridad con el Maestro: “vayamos también nosotros a morir con Él” (Juan 11, 16). Estos dos días, el primero y el octavo, son el testimonio de que ya desde el principio los cristianos se reunían regularmente para encontrarse con el Señor Resucitado. De hecho el encuentro con el Resucitado no se da fácilmente en la soledad ni un solo día al año adornados con nuestras “mejores galas”. El encuentro con Cristo pasa por el testimonio de los Apóstoles y la comunión con la Iglesia que los tiene como fundamentos. Ni si quiera Tomás, que con tanta radicalidad le siguió en vida, se escapa a esta regla. El gran contacto con Cristo resucitado, incluso el tangible, puede ser experimentado con aquellos que se encuentran “congregados en un mismo Espíritu” (Hechos 5,12). Y no se trata de ningún tipo de “solidaridad de clase”, sino de experiencia de la Iglesia, una Iglesia que no siempre puede ser perfecta pero que hace tangible en ella las llagas del Resucitado para suscitar la fe.

El problema de Tomás no es la duda de si Jesús se apareció o no, sino si sus compañeros apóstoles dicen la vedad o no, si en verdad han visto el Resucitado. El problema es fiarse de los hermanos. Muchas veces nuestro problema es más cercano al de Tomás de lo que podemos pensar; el problema es si reposamos o no nuestra fe sobre el testimonio apostólico de la Iglesia. Porque a través de él se nos ha transmitido el Resucitado. Quizás por esto Jesús hace inmediatamente la afirmación por primera vez en el Evangelio de “Bienaventurados los que creyeron sin ver”.

En la tradición de la Iglesia el octavo día es considerado otra vez como el primero, es como volver al principio, es como volver al paraíso. No sin razón por ello, ya en los tiempos antiguos, los nuevos bautizados en la noche de Pascua que eran revestidos con túnicas blancas las llevaban durante toda la semana, para experimentar en ellos la nueva creación, su nuevo renacer en Cristo por el agua y el Espíritu, su renacer a la verdad que los Apóstoles les habían retransmitido. Por ello este domingo es llamado domingo “in Albis” (en blanco) y es también para nosotros el comienzo de un nuevo viaje al paraíso…