Mié
10
Abr
2013

Evangelio del día

Segunda Semana de Pascua

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 17-26

En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles:
«Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida».
Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo:
«Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro».
Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:
«Mirad, los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».
Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R/. El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles
y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-21

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Los apóstoles son los mismos pero distintos

Los apóstoles no cambiaron su código genético después de la resurrección de Jesús. Seguían siendo los mismos, con sus mismas cualidades y sus mismas limitaciones. Pero la experiencia de encontrarse de nuevo con Jesús vivo, después de su muerte, les cambió. De ser aquellos hombres que huyeron despavoridos y desconcertados ante la crucifixión de su Maestro, pasaron ahora a hablar de él y de su buena noticia con una valentía y una libertad desconocida para ellos mismos. No podían callar lo que habían visto. Algo que provocó el enfado del “sumo sacerdote y los de su partido”, que mandaron meterlos en la cárcel. Allí siguieron contando con la presencia del Resucitado que, en esta ocasión, les liberó de manera milagrosa.

  • El misterio del amor: “Tanto amó Dios al mundo”

San Juan es bien claro, la única pretensión que tiene Dios con nosotros es la de darnos vida y vida en abundancia y no tristeza y tristeza en abundancia. Para ello, Dios, en un derroche de amor, nos envió a su propio Hijo a nuestra tierra, para que en vivencia y lenguaje humanos nos señalase el camino que lleva a la vida, al sentido, a la esperanza, a la resurrección. Sólo pensando en nosotros, como el que ha venido a servir y no a ser servido, Jesús nació, vivió, murió y resucitó. Dios nos lo entregó “para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

  • El misterio del rechazo

San Juan, que nos habla tantas veces y con tanta intensidad del desbordante amor de Dios y de Jesús hacia nosotros, es tajante con la suerte de los que voluntariamente rechazan a Jesús: “ya están condenados”. En más de una ocasión en su “amoroso” evangelio nos habla de ellos. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. “La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la abrazaron”. “No queréis venir a mí para tener vida”. Y en el evangelio de hoy nos dice: “Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”. Esta situación parte el corazón a Jesús y le hace llorar: “¡Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise arroparte como la gallina a sus polluelos y no quisiste!”, porque él ha venido a salvar al mundo y sus habitante y no a condenar al mundo y sus habitantes.