Dom
6
Dic
2009

Homilía Segundo Domingo de Adviento

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos

Pautas para la homilía

  • Viste las galas perpetuas de la gloria que Dios te da

El profeta Baruc invita a Jerusalén a olvidar sus quebrantos y lamentos y a revestirse con vestidos y adornos de fiesta.
Quien tiene esperanza no puede perder de vista el horizonte último de la historia, que se manifiesta también en los acontecimientos penúltimos: los que nos indican el sentido de todo lo que vivimos. Es un horizonte de luz y de gracia, de vida en plenitud, de salvación. En el horizonte no estamos solos, ni está la oscuridad de la nada. En el horizonte está Dios.

Y eso supone sacar lo mejor de nosotros, apreciar lo mejor de nosotros mismos y de los demás. El profeta nos convoca a vivir con autoestima, que no es desconocer lo menos amable de todos, sino percibirlo en la perspectiva de la misericordia divina que hace nuevas todas las cosas. Y que nos hará nuevos a nosotros.

Al adviento no es un tiempo que tenga sentido en sí mismo. Es preparación para algo grande que nos va ocurrir. En realidad, para lo más grande que nos puede ocurrir: ser alcanzados por Dios que nos viste de galas perpetuas, que nos lleva a vivir en plenitud.

  • Que vuestra comunidad de amor os lleve a apreciar los valores

Hay galas, y galones, en la vida que además de ser efímeros no siempre revisten y resaltan nuestra verdad. Fue la tentación del mundo fariseo que cubría con ostentación su vacío y sus contradicciones. Sepulcros blanqueados, les llamó Jesús.

Las galas que el Señor regala son las de la autenticidad y la misericordia. Que no en vano cualquier autenticidad no deja ver necesariamente virtud. Nuestra verdad personal requiere miradas y actitudes de misericordia para perder sus toques amargos y sus ángulos oscuros. ¿Qué otra cosa puede ser entre humanos la comunidad de amor?

Pero el amor que Pablo desea a los fieles de Filipo no es mero contento y adulación recíproca. Es un amor que mutuamente se obsequia el discernimiento y el aprecio de los valores. Decía Scheler que sólo el amor nos da visión de los valores. El que no ama, o sólo se ama a sí mismo, permanece ciego ante los valores. El amor desvela lo que hay de valioso en los seres y en los acontecimientos, lo que en último extremo hace valiosa nuestra vida.

Es lo que nos permitirá cargarnos de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús. No es nuestra justicia, siempre parcial, a veces glacial, sino la suya: una justicia bañada de comprensión, de compasión, de misericordia, de amor.

  • Preparad el camino del Señor

Preparar “el camino del Señor” no fue sólo la vocación de Juan el Bautista. En realidad es lo que nos toca hacer a cuantos creemos y esperamos que Él se acerque a nosotros.

Es bonita la idea de “preparar el camino”. Una hermosa alegoría de ese ir tomando opciones en la vida que la aproximen a la venida, al paso del Señor.

Los caminos son muchos y no siempre conducen a lugar seguro. Hay caminos imaginados, pero no reales por los que podamos transitar. Hay caminos tortuosos donde los caminantes se fatigan en exceso o resultan heridos. Hay caminos que se pierden y nos dejan solos y desorientados. Hay que caminos que se desdibujan y no llevan a parte alguna.

Y lo que es más importante: hay personas que pueden hacer confiadamente su camino, personas que no encuentran su camino, personas que se quedan en el camino.

El camino del Señor es un camino que conduce a la salvación, un camino que podemos y debemos hacer juntos y en el que debemos hacer un sitio a los que se pierden y a los que excluimos. Jesús dijo de sí mismo que Él era el camino. Y la verdad y la vida: la luz del camino y su espléndido final.

¿Cómo hacer hoy para preparar ese camino del Señor? Cada momento de la historia tiene sus propias demandas y posibilidades. Pero en el oráculo del viejo Isaías se nos siguen dando pistas para nuestra creatividad: allanar los senderos: facilitar el fatigoso peregrinar de los humanos; elevar los valles: confortar a quien se siente deprimido y necesitado de horizontes en la vida; hacer descender los montes y colinas: porque sólo se puede caminar juntos si somos iguales y pacientes con los más lentos, y agradecidos a los más veloces; que lo torcido se enderece: porque no todo es recto en nuestro mundo y no podemos callar ante lo que causa sufrimiento y desesperanza ; que lo escabroso se iguale: porque todo lo que es abrupto y violento exaspera a los otros, está reñido con el amor.

Con ese empeño cotidiano, en la vida y personal y social, se irá haciendo ver la salvación de Dios. Así el adviento nos preparará a algo más que a un rito repetido, a la compulsión del consumo o a las nostalgias de la niñez y la juventud. Nos preparará a comprometernos en desbrozar los caminos del Señor en esta vieja tierra.