Dom
4
Mar
2012

Homilía II Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2011 - 2012 - (Ciclo B)

Este es mi Hijo amado; escuchadlo

Pautas para la homilía

  • Dios promete y exige

De Dios depende que se realice la promesa de que Abrahán sea padre de un pueblo numeroso, para lo que Dios había concedido milagrosamente a Abrahán y Sara el hijo Isaac. Éste sería quien realizaría la promesa de que Abrahán sería padre de un gran pueblo, “por Isaac será conocida tu descendencia” Ese mismo Dios exige a Abrahán la vida de ese hijo antes de engendrar descendencia y con ello la imposibilidad de que se cumpla la promesa. Es el modo del autor del relato para mostrar que la paternidad sobre un gran pueblo no depende sólo de la paternidad biológica humana, sino de que Dios sea su Padre. (Pero a la vez el episodio es un alegato en contra de los sacrificios humanos que pueblos contemporáneos de Israel realizaban. El Dios de Israel, aunque sea dueño de toda vida, nunca consentirá que se realicen esos sacrificios. Como dice el texto: la petición de Yahvé es sólo para probar a Abrahán).

  • Esto sólo se puede aceptar desde la fe.

Para aceptar eso es necesario tener una fe, una confianza absoluta en Dios. Poder decir como escuchamos en la segunda lectura: “si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. Por eso Abrahán ha pasado a la historia de la salvación como el hombre de fe profunda, de confianza absoluta en Dios, que le sacó de su fértil tierra, de estar con los suyos; y además, en un momento dado, le pide hasta su mismo hijo y él se lo entrega.

  • El episodio tiene una dimensión profética

El autor humano del texto no lo podía prever, pero existe en una dimensión profética en el relato: en un momento dado Dios Padre ofrecerá a su hijo a los seres humanos, lo pondrá en sus manos. Estos sí acabarán con su vida. Algunos de ellos creyendo que hacían un servicio a Dios. Pero la fidelidad de su Hijo al proyecto del Padre, fidelidad cargada de amor, generará la generación de hijos de Dios.

  • En otro monte la Transfiguración

En otro monte la otra cara de la moneda. La transfiguración. La gloria de Jesús. Jesús no vino a ser glorificado por los seres humanos. Él había superado en el desierto la tentación de hacer de su misión un éxito popular generalizado. No buscaba coronas de gloria. Pero el camino hacia Jerusalén, el proceso de su misión, es duro. Si no él, sí sus allegados más próximos necesitan recobrar fuerzas, mantener la esperanza. Por eso Jesús les ofrece la oportunidad de ver cómo las grandes figuras de su religión, Moisés y Elías, están con él; y sobre todo la de poder escuchar que el Jesús, contestado en diversos lugares de la geografía de su país, tiene de su parte a Dios: “este es mi Hijo muy amado, escuchadlo”.

  • Necesitamos momentos de gloria, pero no abandonarnos a las sensaciones placenteras.

Es necesario ese momento de gloria, para que el camino no sea duro, monótono hasta perder el horizonte hacia donde avanzamos. Momento para recobrar fuerzas. No para asentarnos en la montaña, como que quería Pedro. Es necesario bajar al quehacer diario, a los encuentros diarios, que no son siempre con quien nos aplaude, nos comprende. Es necesario afrontar lo duro del caminar que exige nuestra fe. Siempre con la esperanza de que Dios está de nuestra parte, como estaba de parte de Jesús.

  • Ese es el camino de Jesús

Jesús ha de enfrentarse, no a las grandes figuras de la tradición judía, sino a los responsables de esa religión de su tiempo. Ha de vivir no en la gloria del Tabor, sino pisando los duros y polvorientos caminos de Galilea y Judea. Dios entregó a su hijo a los hombres y mujeres de un momento concreto de la historia. Y Él, que podía librarlo de la muerte, como dice la Escritura, no lo hizo, lo dejos en manos humanas a todos los efectos. Y sabemos que la decisión de éstos no fue la de Dios cuando Abrahán estaba dispuesto a sacrificar a su hijo: ellos, los hombres, culminaron el sacrificio.

Sintamos hoy la gloria de la Transfiguración. Cristo, cuyos pasos debemos seguir, es el Hijo amadísimo de Dios, se expuso, por ser hombre, a las decisiones humanas; pero Dios lo resucitó, y está presente entre nosotros, para animarnos en nuestro caminar. Sobre todo hagamos caso a la voz de lo alto: “escuchémoslo”, a través de la catequesis cuaresmal que domingo a domingo -día a día – nos ofrece la Iglesia.