Dom
24
Ene
2010

Homilía Tercer Domingo del Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Pautas para la homilía

  • En aquellos días, Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea

El autor de la carta a los corintios nos habla de una de las metáforas más sencillas que nos aporta la lectura del Testamento Cristiano. Formamos parte de un todo, somos partes diferenciadas de un mismo cuerpo, elementos de una misma realidad, hermanos y hermanas, al fin, de una misma humanidad. Y eso, nos parezca mejor o no, es, también para el caso de nuestra sociedad, la Iglesia, nuestra Familia Dominicana, los sindicatos o empresas y hasta las comunidades de vecinos. Estamos todos subidos a una misma barca, unos con una función, otros con cierta responsabilidad, unos dejándose llevar, unos aquí y otros allá. Pero todos igualmente con la misma dignidad y por supuesto, igual de necesarios.

El problema surge cuando no logramos desembarazarnos de la idea romántica de que todos y todas hemos de coincidir en una única forma de vida. Nos cuesta aceptar que existe una amplia diversidad de modos distintos a través de los cuales los humanos podemos vivir.

La bella imagen de la asamblea de Israel que estaba compuesta por gentes diversas nos recuerda de nuevo esta realidad. En ella estaba Nehemías, el gobernador, sacerdotes, escribas y levitas y también las mujeres y hombres junto con todos aquellos que “tenían uso de razón”. Se trata de un conjunto de gentes distintas que se reúnen, escuchan atentamente y dialogan durante todo el día aquello que la Palabra quiere decirles. Es de ese modo asambleario como lo aprendido en un texto se convierte en algo vitalizador capaz de movilizar. Únicamente así, estudiando la Palabra, reuniéndonos asambleariamente y no como lo hacemos en nuestras “caducas” formas litúrgicas en las que continuamos utilizando vetustos esquemas jerárquicos que solo marcan abismales distancias entre creyentes y clero, disfrutaremos de una Palabra conmovedora. Esa es la fuerza del lenguaje de la Escritura, pero para ello hemos de crear espacios y tiempos que se parezcan a las condiciones logradas en aquella asamblea de la plaza de la Puerta del Agua en donde su tristeza fue calmada.

  • "Volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu"

Como Jesús, nosotros también volvemos a nuestras galileas, es decir, a las raíces, a aquello que nos permite definirnos y reconocer en qué nos estamos convirtiendo individualmente, dominicanamente y socialmente. Gracias a estos contrastes reconocemos, como se les decía a los corintios, nuestra gran diversidad de formas de vida. Tenemos esquemas de valores diferentes y ni siquiera en aquello que llamamos el «bien humano» conseguimos estar de acuerdo. Por ello, nos vemos obligados a ensayar formas de convivencia en la que poder reconciliarnos. Ayuda mucho saber que todos formamos parte de ese cuerpo y que nadie sobra en él. Quizá este es un buen modo de comprender cómo podrían ser las instituciones de las que formamos parte tales como ayuntamientos, colegios o parroquias.

  • “Hoy se cumple”

Pero no se trata únicamente se saber que formamos todos parte de algo más amplio sino también de que puede ser mejorado. Jesús intervino en algunas de las instituciones de su tiempo, hoy lo hace en la sinagoga de su tierra, pero su actuación le da un calado revolucionario. Otros leyeron y escucharon mucho antes que él los textos del profeta Isaías, también hablarían de salvación, de nuevas posibilidades, seguro. Pero Jesús activó esa palabra y la tradujo en un “hoy”. La novedad no reside en la potente garra del texto, en el deseo de liberación para los cautivos, en la recuperación de la vista, ni si quiera en el año de gracia anunciado. Lo grandioso es que, a través de él, se abre la posibilidad de que todo lo que anuncia comience a ser realidad. En sus palabras de “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” Jesús engarza esa posibilidad con nuestra capacidad de escucha, de transformación y de compasión hacia los otros.

    De nuevo se repite el modelo. Es la asamblea la que tiene la posibilidad de escuchar junta, de establecer un diálogo los unos con otros, de dejarse interpelar por la Palabra y desde ahí, crear caminos liberadores. Quizá esto exija profundos cambios en nuestras mentes, comunidades e iglesias. Pero también quizá sea esto aquello que permita dejar espacio en medio de nuestras vidas para que sea la fuerza de la Palabra la que anide en ellas. Así quizá, podamos comprender que hay muchos y muchas que siguen necesitando liberación, salir de sus cautiverios injustos, o ver perspectivas menos dolientes en su día a día. Sin duda son ellos y ellas los que nos reclaman que tenemos que hacer posible ese “hoy” del anuncio, necesariamente asambleario, del evangelio.