Sun
16
Jan
2011

Homilía II Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

Éste es el Cordero de Dios, que quita los sufrimientos del mundo

Introducción

El que Jesús recibiera de Juan el bautismo para el perdón de los pecados representó un problema para los cristianos en los momentos en los que empezaban a escribir la historia de Jesús; un problema demasiado conocido para ser orillado o negado, y que cada evangelista tuvo que afrontar como mejor pudo. Por eso en los cuatro Evangelios hay una diversidad –por no decir conflicto– de interpretaciones acerca de la figura del Bautista.

En los tres primeros evangelios, el bautismo de Juan está claramente definido (Mc 1,4 paral.) como un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. Pero el cuarto evangelio –que es el que nos corresponde hoy–, la principal función que asigna a Juan no es la de bautizar (de hecho, ni siquiera se dice que bautice a Jesús) ni la de predicar el cambio de orientación a la vida, sino la de dar testimonio de Jesús; el Bautista es la primera persona que el cuarto Evangelio presenta como testigo (1,7-8,19). Y da testimonio de Jesús definiéndolo como la luz (1,7), el Señor (1,23), el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (1,29), el Elegido (o el Hijo) de Dios (1,34), el Mesías prometido (1, 32.33). Todos estos títulos de Jesús de los que da testimonio Juan son títulos salvadores. En definitiva, Jesús es nuestro salvador.

Los cristianos estamos llamados a dar testimonio de que Jesús es el Mesías, el profeta de la salvación, llevando la ayuda allá donde la gente esté padeciendo cualquier tipo de esclavitud, de carencia o de sufrimiento.