Dom
11
Jun
2017

Homilía Santísima Trinidad

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él

Pautas para la homilía

La intimidad comunitaria del Dios cristiano

Es una de las grandes originalidades, peculiaridades de la fe cristiana: en el interior de Dios existen unas relaciones de conocimiento mutuo y de amor mutuo, que son más que relaciones, son personas, según nuestra manera clásica y antigua de expresarlo: tres personas y un solo Dios, una única naturaleza divina. Una comunicación personificada de conocimiento y de amor mutuo, ese es el Dios cristiano, el Dios revelado por Jesús

La pretensión de esa revelación del ser íntimo de Dios

¿Qué pretende Jesús al revelarnos, siempre desde el misterio, el ser del Padre, del Espíritu Santo y de su propio ser? ¿Simplemente saciar nuestra curiosidad sobre cómo es Dios? ¿Ofrecernos una simple aproximación cognoscitiva a su ser?
Creo que no es exactamente esto. La revelación de Dios a lo largo de la historia de la Salvación, y sobre todo con la presencia de Jesús en nuestra historia pretende que descubramos más bien el misterio interior de nuestro ser a los ojos de Dios; qué es lo esencial de nuestra condición humana, la razón de ser de nuestra vida.

El ser humano, hombre y mujer, imagen y semejanza de Dios

Dios, nos dice el primer libro de la Sagrada Escritura, el Génesis, ha hecho al ser humano a su “imagen y semejanza”. Siendo esto así, nos interesa conocer cómo es ese Dios del que somos imagen y semejanza para saber cómo es el nuestro. A lo largo del Antiguo Testamento Dios se presenta como único, frente al politeísmo de las religiones de entonces, y además comprometido amorosamente con su pueblo. Es el Dios de la promesa a la que siempre es fiel a pesar de la infidelidad de su pueblo. Cuando la promesa fundamental se realiza, la del Mesías, la del Salvador, Dios manifiesta la existencia en su seno del Padre, el Hijo, el Espíritu Santo. Es un único Dios, pero en su ser íntimo hay una dimensión comunitaria, de conocimiento y de amor mutuos, que se personifican esas tres personas divinas.

A partir de esa revelación, que la hemos conocido por Jesucristo, los cristianos hemos de entender qué es para nosotros ser imagen y semejanza de Dios es ser imagen y semejanza de la Trinidad. Somos semejantes a Dios en la medida en que generamos una vida comunitaria es decir, de relación de comunicación amorosa entre nosotros. Dicho de otro modo, en la medida en que el amor de la vida íntima de Dios, del que surge su amor a nosotros, que determinó que nos entregara a al Hijo, lo hacemos la realidad más esencial de nuestra vida.

Como conclusión: hemos de vivir al estilo de la Trinidad divina

El misterio de la Trinidad no es, pues, un misterio en el que haya que creer simplemente, sino un misterio que nos está revelando cómo ha de ser nuestro auténtico ser humano; es misterio revelador de la condición humana, creada a imagen y semejanza de Dios.

Desde esa implicación que el misterio de la Trinidad ha de tener en nuestro modo de ser y vivir, y en la medida que respondamos a esa imagen y semejanza del Dios Trinitario, profesamos y celebramos la Trinidad divina. A ello responde el saludo, tomado de san Pablo, -segunda lectura- que el sacerdote dirige a la comunidad al comienzo de cada eucaristía: “La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con vosotros”.