Mié
1
Nov
2017

Homilía Todos los Santos

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Marcados por el sello del Dios vivo

Pautas para la homilía

Marcados por Dios

De unos años a esta parte es muy frecuente encontrarnos con mujeres y hombres que llevan un tatuaje, una marca, en su cuerpo. No es infrecuente que lo luzcan con orgullo. Unos se tatúan como signo de pertenencia a un grupo o comunidad particular, otros por fetichismo, hay quien lo hace por estética y algunos lo son porque lo fueron por sus padres. El tatuaje sobre el cuerpo es tan antiguo como la misma humanidad. Muchas tribus, incluso las que desconocen el vestido, tatúan su cuerpo para no sentirse desnudas ni desprotegidas o para diferenciarse de los animales.

Los cristianos estamos marcados no por un tatuaje, sino por el agua del bautismo y sellados por la fuerza del Espíritu Santo. Si por el Bautismo fuimos incorporados al Pueblo de Dios, hijas e hijos de Dios por adopción y hermanos los unos de los otros, no por la sangre y la carne, sino por voluntad divina, por la Confirmación hemos sido sellados y fortalecidos por el mismo Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) para ser anunciadores y misioneros del Evangelio, de su gracia y su fuerza, a toda la creación. Sobre todo, es en la segunda lectura donde se insiste y abunda en esta idea: somos hijos de Dios no porque lo merezcamos, sino a causa de su amor para con todos nosotros. Dios no nos tiene en el abandono, su amor misericordioso hace que Él esté y permanezca unido a nosotros mismos. Así es nuestro Dios.

¿Cuál es el distintivo, la marca de Dios en nosotros? Las lecturas de este día lo apuntan: la inocencia, la pureza de corazón, el gozo, la alegría, la dicha y la certeza en la esperanza de un futuro donde han de reinar la paz, la justicia, el amor, el consuelo y la felicidad. Las cristianas y cristianos no somos seres ingenuos ni angelicales, somos gente de esperanza que aguardamos, preparamos y esperamos las promesas que el Señor nos ha hecho. Sabemos que el paso por este mundo que pasa es transitorio y relativo, que los sentidos nos engañan, que estamos sometidos a múltiples y diversas corrupciones, que estamos amenazados por el sufrimiento, el dolor o el desaliento y que solemos caminar en las sombras más de lo que estamos dispuestos a admitir; pero aunque todo eso lo sabemos, nuestra fe hace que no podamos evadirnos de la realidad que nos circunda ni del tiempo ni del momento presente, antes, al contrario, estamos siempre impelidos a contemplar y transformar esta realidad desde los criterios del Evangelio teniendo siempre como telón de fondo las actitudes y sentimientos de Jesús. Para nosotros este mundo es el lugar donde ya empieza a manifestarse el Reino de Dios. Somos los seguidores de Jesús los que con el testimonio de toda nuestra vida estamos llamados a convertirnos en la sal de la vida y en la antorcha que ha de iluminar el nuevo mundo. Para esto fuimos marcados.

Jesús nos enseña

En este ser sal de la tierra y antorcha que ha de iluminar al mundo tenemos un modelo, un prototipo único: Jesús de Nazaret. Para nosotros, Jesús no es sólo una figura excepcional, es el Hijo de Dios, confesado como Señor. Jesús es el revelador auténtico de Dios. Sin la profunda convicción que Jesús es el Hijo de Dios y Dios mismo, nuestra fe cristiana no sería del todo auténtica. La vida de Jesús, sus dimensiones, sus actitudes, sus pasiones, sus opciones… no son indiferentes para nosotros. Como nos recuerda San Pablo en varios de sus escritos, cada uno tiene que llegar a ser ‘otro Cristo’, un revelador auténtico de Dios. El Dios creído y confesado por los cristianos no es un ser divino metafísico, una abstracción, es un Dios Encarnado, un Dios que por puro amor y misericordia hacia el género humano se ha hecho uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado.

Jesús pasó por este mundo haciendo el bien, curando a los enfermos, sanando a los pecadores, consolando a los tristes, abatidos y afligidos, expulsando demonios, resucitando muerto y, sobre todo, llevando a los pobres la alegría y el gozo del Evangelio. La vida de Jesús no es indiferente para nosotros. Su misma vida, toda ella, se ha convertido en motivo de salvación. El Evangelio de esta solemnidad de todos los Santos es una muestra de ello. Quienes son los dichosos y los bienaventurados para Dios: los pobres, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por ser justos, los que son insultados y vilipendiados por querer vivir con coherencia la fuerza del Evangelio. La lógica de Dios y del Reino de los cielos no es la lógica de los principios que rigen nuestro mundo donde son admirados y seguidos los triunfadores, los maestros, las estrellas, los exitosos, los ricos… Bien dice San Pablo que Dios ha escogido en este mundo a los que no cuentan, a los marginados, a los débiles, para confundir a los sabios, poderosos y entendidos. Dios nos quiere a todos por igual, pero al mismo tiempo nos quiere en la diversidad y en la diferencia. Esa es la verdadera alteridad.

Los Evangelios no son una biografía de Jesús. Son relatos, narraciones, de las primeras comunidades cristianas con el fin de ser ratificadas y fortalecidas en su fe en Cristo Jesús gracias al testimonio de los apóstoles y evangelizadores. En los Evangelios se nos conserva la memoria de Jesús, del Jesús recordado. El principal tesoro que las primitivas comunidades conservaban y transmitían era, justamente, la memoria de Jesús, muerto y resucitado, la memoria de su Espíritu que era quien edificaba la comunidad y quien la ponía en situación de misión. Ellas han sido las que nos han transmitidos las opciones fundamentales de Jesús, sus parábolas y milagros, su sensibilidad hacia los más indefensos y desprotegidos, al tiempo que fueron portavoces de sus enseñanzas fundamentales. Jesús, el Hijo de Dios, no fue indiferente al dolor ni al sufrimiento humano, Dios, a quien llamaba Abba, Padre, también tiene predilecciones, como la tienen las madres solícitas y misericordiosas por sus hijos e hijas más desvalidos. El cuidado de Dios alcanza a todos, pero en particular a los más pobres y desfavorecidos, hacia aquellos que se encuentran en estado de mayor vulnerabilidad, hacia los que, por distintas situaciones, son explotados o cuya dignidad se encuentra cuestionada. Dios no es un ser indiferente ni pasivo, es un sujeto activo que tiene sus predilectos en los que son pobres, sencillos e inocentes. Jesús es para nosotros referente y modelo de conducta. 

Lo veremos tal cual es

Nuestra vida cristiana tiene un objetivo: ser santos; es decir, llegar a contemplar el rostro de Dios, verlo cara a cara. No sabemos cómo será, pero nuestra esperanza, alimentada por nuestra liturgia, es lo que sostiene. En el Salmo se expresa poéticamente como el deseo de habitar en el recinto sagrado. La persona religiosa, es decir, la persona que cree en la Trascendencia, la que sabe que hay un mundo superior y distinto a este que lo rodea, sólo desea habitar en el mundo donde Dios lo es y lo llena todo. La persona religiosa vive en este mundo, pero sabe que no es de este mundo, que es ciudadano del cielo, del lugar donde sólo Dios habita y basta. El santo, el bienaventurado, sólo vive de y para Dios, todo lo demás es secundario y relativo. El santo es aquel que está adornado de los atributos con los que sólo es posible estar ante Dios: los atributos de la santidad. Y, ¿cuáles son esos atributos, esos adornos, que hacen al creyente cristiano merecedor de la presencia y compañía de Dios? Las lecturas de hoy señalan los siguientes: la inocencia, la pureza de corazón, la constante acción de gracias, los que viven en esperanza en la alegría y gozo evangélico. Santos son los que ponen su total confianza en el Señor de la vida.

Uno de los misterios más íntimos y profundos de nuestra fe es el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, la humanización de Dios. Por este Misterio, la vida del creyente queda, toda ella, injertada en la trama de la existencia humana. Una existencia no pocas veces precaria. Es en la vivencia de lo cotidiano donde se verifica nuestra adhesión al camino de seguimiento de Jesús. Los santos, la santidad, nos recuerdan que nuestros pensamientos, palabras y obras no son indiferentes en la vivencia de la fe, que en este caminar no estamos solos, que el camino cristiano ha sido recorrido por otras mujeres y hombres apasionados por Dios, que formamos parte de un pueblo que no conoce fronteras ni discriminaciones, que somos solidarios con toda la humanidad y con todos la creación, pues todo ha salido de las manos de Dios, que somos, por encima de todo, creación de Dios. Santo es aquel que, como Abraham, sale de la tierra de su mismidad y se pone en camino para el encuentro con el otro; santo es aquel que es capaz de despojarse de la túnica del yo egoísta y se agacha con actitud humilde a servir a Dios en las víctimas de la historia y de los sistemas injustos. Santos son los que están dispuestos a obedecer a Dios antes que a los hombres.

El santo, los santos, no trabajan de manera gratuita, esperan una recompensa: la de gozar de la dicha de la presencia del Señor por toda la eternidad. Nuestro mundo, al menos las grandes mayorías, cree poco o nada en la eternidad, se conforma y vive de lo efímero, del instante, de lo inmediato. Incluso muchos bautizados, y aún entre algunos ordenados y consagrados, se sonríen con incredulidad cuando oyen hablar que nuestra verdadera alegría está en la esperanza de ver y estar con el Señor en la eternidad, que es por ello por lo que trabajamos y nos afanamos cada día, que nuestra recompensa definitiva no está en este mundo ni en lo que los hombres, siempre pecadores, pueden ofrecernos como garantía de felicidad. No llegan a entender que la verdadera felicidad del creyente consiste en servir a Dios en este mundo por medio de sus criaturas y que en este servicio se produce la verdadera y auténtica alabanza. Porque está destinado a ver a Dios, para el santo nada de lo humano le es ajeno.

Roguemos a Dios en esta solemnidad de todos los Santos que cada uno de nosotros seamos fortalecidos por la Palabra de Dios, que a ejemplo de todos aquellos que hicieron de su vida ícono del Dios vivo y verdadero, también nosotros, en el momento presente, sigamos sus huellas en la firme esperanza de poder descansar con Él por toda la eternidad. ¡Alabemos al Señor!