Ene
Homilía Santa María, Madre de Dios
“ Dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto ”
Introducción al Evangelio del día
El primer día del año palpita en nosotros el deseo de renovación: nos trazamos propósitos, metas y hacemos listas de buenas intenciones. La liturgia nos invita a comenzar el año contando con la bendición de Dios, para recordarnos que, como creyentes, no bastan la buena intención y nuestras propias fuerzas. La antigua bendición sacerdotal del libro de Números abre nuestro calendario como un abrazo divino: “El Señor te bendiga y te proteja; el Señor haga brillar su rostro sobre ti; el Señor te conceda la paz.” Aquí no hay un simple deseo humano, sino una promesa que Dios mismo pronuncia sobre su pueblo.
El Salmo 66 recoge esta bendición y la convierte en oración: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros.” El salmista reconoce que la bendición no se agota en quien la recibe: está destinada a mostrarse al mundo entero, a revelar la justicia y la salvación de Dios.
La solemnidad de Santa María, Madre de Dios, nos muestra cómo esta bendición se hace carne en Cristo, “nacido de mujer”, según san Pablo. Y el Evangelio presenta a los pastores —los pobres y excluidos— como los primeros en recibirla y en convertirse en mensajeros de alabanza.
Iniciemos, pues, el año desde la certeza de que Dios nos mira, nos bendice, camina con nosotros y nos envía a vivir agradecidos y alegres, como los pastores, anunciando lo que hemos visto y oído.