Mié
7
Ene
2015

Evangelio del día

Creamos en el nombre del Hijo, Jesucristo

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3,22–4,6:

Queridos hermanos:
Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
Y este es su mandamiento; que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros por el Espíritu que nos dio.
Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo.
Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en la carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo.
Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo les escucha.
Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha.
En esto conocemos el espíritu de la verdad y el Espíritu del error.

Salmo

Sal 2,7-8.10-12a R/. Te daré en herencia las naciones

Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra.» R/.

Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4,12-17.23-25

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
“País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles, El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, una luz les brilló.”
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
“convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.”
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.
Su fama se extendido por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba.
Y le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.

Reflexión del Evangelio de hoy

En muchos hogares todavía se vive la alegría de la Navidad. Ayer fue el día de los Reyes Magos y aún hoy hay niños y mayores abriendo sus regalos. Pero, la Navidad es mucho más que comidas de familia, cotillones y regalos. Navidad es tener entre nosotros a Dios encarnado, Jesús, que es amor y luz.

  • «Este es su mandamiento: que nos amemos unos a otros»

El amor es el mandamiento único. Un amor que crea, salva, redime y vivifica. Un amor que se encarna en cada persona que deja convertir su corazón en la habitación de Dios. Consecuencia de ello, quien guarda este mandamiento -quien ama- permanece en Dios y Dios en él. En esta «co-habitación» es cuando somos de Dios.

Esto no se debería quedar en palabras bonitas ni buenos sentimientos, sino que tiene que traducirse en acciones. Sin embargo, no creamos que debemos hacer grandes acciones. Acabamos de ver que Dios Hijo no nació en un palacio y, a lo largo del año, veremos que no vivirá rodeado de grandes lujos. Nada más nacer tendrá que emigrar. Las acciones que Dios nos pide son sencillas; Dios es «sencillo». Lo que tenemos que hacer para amar como Dios es dejar que primero se encarne en nosotros -que se geste dentro y nos transforme- y, después, darlo a luz con la ayuda del Espíritu. Pues aunque no lo creamos, si la pequeña llama de una vela puede iluminar una habitación, ¡cuánto no más, aún pequeña, la Luz del Amor de Dios!

  • «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz»

El nacimiento de Jesús es Luz. No en vano se celebra su nacimiento en el día del sol invictus, de origen romano. En esos días de diciembre el día comienza a ganar tiempo a la noche. Los días comienzan a ser más largos y las noches más cortas. Un buen paralelo con el nacimiento de Jesús. Él, el Hijo de Dios, el Mesías, es Luz que ilumina pueblos y tierras y aleja las tinieblas. Quizá precisamente también por esto -permítanme que me tome esta licencia-, como preámbulo de la Luz que viene, en Navidad adornamos las calles con mucha luz y de diversos colores, intensidades y movimientos. Ahora bien, el brillo de las luces de Navidad no nos debe confundir con la luz de Jesús. La luz que emana del Hijo de Dios no se limita a brillar para indicar una posición, sino que ilumina el camino disipando las tinieblas. El brillo de Jesús nos atrae a Él e ilumina nuestras vidas.

Cuando amamos tanto a Dios que somos capaces de sentirlo vivo dentro de nosotros, nuestra vida, a través de pequeñas cosas, brilla y es capaz de iluminar la vida de los demás amándolos. Este amor y esta luz -vivir en Cristo- traen consigo un mundo más justo. Un mundo donde la Justicia y el Derecho están al servicio de la vida y la dignidad de la persona. Y así lo vivió también S. Raimundo de Peñafort (dominico y patrón de los juristas), cuya día celebramos hoy, y a quien le pedimos que interceda por nosotros para que nuestra vida sea ejemplo del amor y la luz de Dios y, así, procuremos un mundo más justo, reflejo de la predicación viva del Reino de Dios.

Preguntas:
- ¿Cómo es «nuestro» amor por los demás y nosotros mismos? ¿Descubrimos a Dios en él?
- En nuestro día a día, ¿apagamos o avivamos la Luz de Jesús?
- ¿Qué objetivos me propongo conseguir para: amar e iluminar como Jesús nos enseña?