«La amada: ¡Desfallezco de amor! Ponme la mano izquierda sobre la cabeza y abrázame con la derecha. El Amado: ¡Muchachas de Jerusalén, por la ciervas y gacelas de los campos, os conjuro, que no vayáis a molestar, que no despertéis al amor, hasta que él quiera!» (Can 2,6-7)
Una monja en su lecho de muerte recuerda un momento de su juventud en que vivió una experiencia de fe que la reafirmó en su vocación y por la que se entregó completamente al Señor
Unos monjes son expulsados de su Monasterios y comienzan a trabajar en parroquias, pero siguen sintiendo la necesidad de recuperar la vida contemplativa, su verdadera vocación