Sáb
8
Ago
2026

Homilía Santo Domingo de Guzmán

Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Brille vuestra luz ante los hombres

Pautas para la homilía de hoy

Evangelio de hoy en vídeo

Reciba el Evangelio con el comentario de cada día en su WhatsApp

Haga click en "Suscribirme" desde su móvil y luego pulse el botón "Seguir" en su WhatsApp.

Active el icono de la campana para que su teléfono le avise de las novedades.

Reflexión del Evangelio de hoy

¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la buena noticia!

En todos los niveles de nuestro contexto, mundial, nacional, local, comunitario, o familiar… palabras como “paz”, “buena noticia”, “justicia”, “consuelo”, “rescate”, “salvación”… resuenan como un anhelo y una esperanza urgentes.

Para el profeta Isaías, el anuncio de estas realidades es una noticia tan buena que tiñe y envuelve de hermosura el camino del mensajero. ¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la buena noticia! Anuncio que es ya un anticipo, una prenda de la realidad anunciada y, por eso, es motivo de gran alegría para el Pueblo, que ve ya cercana la bienaventuranza que tanto ha esperado.

En el contexto de santo Domingo de Guzmán, en los siglos XII y XIII, la predicación del Evangelio estaba muy ausente o se presentaba de forma deformada o mutilada. Nuestro Padre ve cómo este desconocimiento de Dios y de la Verdad estaba entristeciendo el mundo, y se siente llamado a «la evangelización íntegra de la palabra de Dios». Descubre que, si la Palabra creó el mundo, solamente la entrega del Evangelio íntegro podrá devolver a la sociedad en ruinas su esplendor vocacional.

¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la buena noticia! Esto es verdad especialmente en nuestro Padre Domingo, pues su presencia y su predicación, ciertamente traían alegría y paz. Quienes lo conocieron señalan que él trabajaba intensamente en la promoción de la causa de la «fe y de la paz» y que por ello se exponía a múltiples peligros: estaba convencido de que la unión en la fe ayudaba a la cohesión y a la convivencia social y daba la vida por ello. Además, otros muchos testimonios destacan cómo la palabra de Domingo consolaba entrañablemente a quienes la oían: lo llamaban «consolador de los hermanos en sumo grado», «más que cualquier otro que conociera jamás», «consolador de los frailes enfermos y de los que se encontraban atribulados».

Ahora bien, ¿por qué la palabra de Domingo generaba estos efectos tan saludables? ¿Qué fuerza interior escondía y trasmitía?

Brille así vuestra luz ante los hombres

Es bien sabido que Santo Domingo predicaba no solo mediante su palabra sino también con el ejemplo. La consigna verbo et exemplo que él insistía a los demás, era vivida por él mismo en primer lugar.

Sor Cecilia Romana describiendo el rostro del Santo relata que «de su frente y entrecejo irradiaba un cierto resplandor, que atraía a todos a la reverencia y al amor». ¿De dónde venía ese resplandor sino de esa luz que habitaba en él, la luz de la Palabra acogida e interiorizada, que configuraba su identidad y se exteriorizaba en palabras y obras?

Jordán de Sajonia, su primer biógrafo y sucesor, afirma que Domingo escuchaba tanto la Palabra que su memoria se volvía «como un prontuario de la verdad de Dios», una verdad que no quedaba encerrada allí porque «sus costumbres y obras traslucían con toda claridad hacia fuera cuanto guardaba en el santuario del corazón». Y que, como «bebía de manera tan incesante y con tanta avidez en los arroyos de la Sagrada Escritura», Dios le había concedido comprender profundamente la Palabra y «penetrar en las cuestiones más difíciles con la humildad de su inteligencia y corazón».

¿Cómo no iba Domingo a ser luz con su palabra y su ejemplo si la Palabra de Dios había hecho en él un camino que iba desde el oído hacia las manos –las obras–, pasando por la profundidad de su mente y de los afectos de su corazón?

¿Cómo no iba Domingo a ser ese predicador que proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina… si esa Palabra se había hecho como su identidad más profunda, su modo de ser más verdadero?

O ¿qué elogio mayor se puede decir de santo Domingo que el expresado en el Diálogo de Santa Catalina por boca del mismo Dios, diciendo que nuestro Santo «tomó el oficio de mi Hijo unigénito, el Verbo… y que esparcía mis enseñanzas con tanta verdad y luz, que disipaba las tinieblas y hacía que brillara la luz»?

Tanta luz irradiaba que su figura ha quedado muchas veces en las sombras, y por eso, algunos lo llaman “el santo detrás de la luz”. En verdad, Domingo no fue lámpara escondida debajo del celemín. Ya como Padre de predicadores, cuentan sus socios compañeros que, recorriendo varias veces los caminos de España a Francia, de Francia a Italia, él iba por el camino enseñando, orando, cantando, visitando conventos, explicando las Palabra, realizando los gestos y las obras del Reino. 

¿Nos sentimos entusiasmados por imitar a este grande de la historia, “Luz de la Iglesia”?

Seguir sus huellas…

Aunque en un primer momento, el Maestro Jordán se preguntaba: «¿Quién será capaz de imitar en todo la virtud de este hombre?», después, insistía: «Sigamos hermanos, en la medida de nuestras posibilidades, las huellas paternas y a la vez demos gracias al Redentor que nos ha dado a sus siervos en este camino por el que vamos un semejante jefe».

Con todo, no se trata de ser “otros Domingos”, sino de ser “otros nosotros mismos”; eso sí, aprendiendo del camino por el que Domingo fue santo Domingo, es decir: dejando que la Palabra haga el camino dentro de nosotros como lo hizo en él –desde el oído a las manos, pasando por la mente y el corazón– para que nos renueve y su verdad llegue a su plenitud en nosotros, y nuestra vida toda sea predicación, sal y luz del mundo.

Creo que en este día deberíamos preguntarnos: ¿en qué más se puede ocupar nuestra voz sino en hablar de Dios o con Dios? Pero creo que también deberíamos cuestionarnos más a fondo: ¿cómo vivir de modo que toda nuestra vida hable de Dios a este mundo que clama y espera? Pidamos saber responder a nuestra misión: «Cumple oh, Padre, lo que prometiste, socorriéndonos con tus plegarias».

Fray Germán Pravia O.P.

Fray Germán Pravia O.P.
Real Convento de Predicadores (Valencia)

Nací en Montevideo en 1968 y fui ordenado sacerdote en Argentina en 1993, tras una etapa misionera en barrios populares de la periferia de Buenos Aires. Desde 2011 viví en Paraguay, y conocí a los dominicos en el trabajo pastoral de sus barrios inundables, ingresando en la Orden de Predicadores en 2018. Tras el noviciado me licencié en Teología Espiritual en Comillas y me doctoré en Teología en San Esteban de Salamanca. Por cuatro años residí en la comunidad de Montevideo, combinando la docencia académica con la pastoral parroquial y el acompañamiento espiritual. Actualmente resido en el Real Convento de Predicadores de Valencia, como Maestro de Estudiantes. Me apasionan la música, la lectura y el servicio desde el acompañamiento personal.

Enviar comentario al autor/a

Evangelio de hoy en audio