Dom
6
May
2012

Homilía V Domingo de Pascua

Año litúrgico 2011 - 2012 - (Ciclo B)

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos

Pautas para la homilía

Hemos celebrado cuatro semanas de Pascua y nos quedan tres para celebrar Pentecostés, por eso la iglesia pide hoy al Padre: “que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna”. En la celebración de este domingo aparece un aspecto nuevo de la Pascua. En las tres lecturas se hace presente la necesidad de estar unidos a Cristo “vid verdadera”. Esta unidad será posible por la fuerza del Espíritu, que es el que da la vida a la comunidad. Por él se sigue obrando en la iglesia “las maravillas del Señor”, que nos hacen vivir la “libertad verdadera” y nos hace desear la “herencia eterna”

  • “Les contó cómo había visto al Señor en el camino” (1ª Lectura)

La unión a Cristo ha de partir de una auténtica experiencia del Señor Resucitado. Pablo la tuvo mientra iba de camino. Pasa de ser perseguidor a ser propagador, pero la comunidad de Jerusalén, la iglesia madre, no se fía. Es necesario que Bernabé lo presente a los apóstoles, para que cuente su experiencia de cómo se había encontrado con el Señor y cómo había ya predicado públicamente en el nombre del Señor en Damasco. Esta vinculación de Pablo a Jesús Resucitado es la que hace de él sarmiento podado para que de mucho fruto. Da el fruto de su testimonio poniendo al servicio del Evangelio todas sus capacidades humanas. Así se convierte en apóstol de la gentilidad.

  • Creer y amarnos (2ª Lectura)

En la segunda lectura que proclamamos en esta celebración, San Juan nos dice que somos de la Verdad, modo muy peculiar suyo, para hablarnos de Dios y de Cristo. Pertenecemos y estamos unidos a ellos.

Evidentemente si tenemos buenas relaciones con Dios, podemos estar plenamente tranquilos y confiados, tener paz y ser felices. Así fundamentada,”nuestra conciencia no nos condena”.No se trata de animar a la despreocupación o a la indiferencia. Se nos presenta a Dios como alguien que está incondicionalmente a favor del ser humano y no dependiente de los merecimientos nuestros para otorgarnos su favor. Esta imagen que nos presenta San Juan en esta lectura, está muy lejos de la imagen que con gran frecuencia tenemos de Dios y su actuar en nosotros, que es pagana en el fondo, que premia a los buenos y castiga a los malos sin más.

La vida del ser humano vivida en intimidad con Dios, nos obliga necesaria mente a que no “amemos de palabra ni de boca, sino con obras”. Por eso su mandamiento es:”que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó”

  • «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Evangelio)

Momento importante en la vida de Jesús: discurso de despedida. Es un momento de confidencias, de hablar de lo esencial. No hay tiempo para cosas superficiales. ¿Qué es lo esencial? Para entrar en el círculo de amor que el Padre y el Hijo mantienen entre sí, se precisa una condición: Permanecer estrechamente unidos a Jesús, como lo están el sarmiento y la cepa. No hay fruto sin unidad a la cepa.

La vid y los sarmientos constituyen la misma planta, viven y fructifican unidos, siempre que el viento o la mano del hombre no los separe. «El que permanece en mí y yo en él» es un pensamiento frecuente en los diálogos de Jesús con sus discípulos en la Última Cena.

Este mensaje estuvo muy gravado en los primeros seguidores de Jesús. Los evangelios sabemos que son escritos en clave catequética y que en cierto modo dan respuesta a dificultades que se daban en las comunidades cristianas para las que se escribieron. En los tiempos que se escribió el evangelio de San Juan ya habían dado comienzo las persecuciones que hacían tambalearse la fe de esa segunda generación de cristianos. Cuando se escribe el evangelio de este domingo, parece que la comunidad está pasando por persecuciones y penalidades. Al decir que Jesús es como la vid a la que han de estar unidos los sarmientos para dar fruto, se dice que “a todo sarmiento que no da fruto, lo poda para que dé más fruto”. Esa poda puede significar algo doloroso que ocurrió, y que ocurrió por voluntad de Dios con la intención de que esa comunidad dé más fruto. Nosotros no sabemos en qué consistió esa poda.

Por otro lado, en este evangelio se insiste en un verbo: “permanecer”. El mensaje es bien sencillo: hay que permanecer unidos al Señor para poder dar frutos de vida cristiana. ¿Por qué se insiste tanto en permanecer unidos al Señor?

Puede ser que se diera una circunstancia muy parecida a la que estamos viviendo nosotros. Hay mucho cansancio, estamos muy dispersos, estamos como agotados de tantas divisiones, estamos desorientados…Las ideologías están haciendo mella en nuestro sistema de valores. La vieja cristiandad de Europa se resiente con el secularismo y agnosticismo. Con frecuencia no sabemos que camino tomar para ser fieles a nuestra fe. Ante este panorama se nos recuerda de una manera insistente que permanezcamos unidos a la “Vid verdadera”, porque separarse de ella es ir a la ruina.

El “sin mi no podéis hacer nada” y el “permaneced en mi”, con estas dos expresiones, el autor sagrado no se está refiriendo al concepto teológico, elaborado posteriormente, de permanecer unidos a Cristo por la gracia. Para conseguir esto es necesario antes mantenerse firmes y con consistencia en lo que han aprendido y vivido junto a él. Se trata de tener una experiencia de fe similar a la de San Pablo. El sí que se encontró con el Señor y a partir de esa experiencia personal, fue injertado en la vid y podado por el Padre, que es el viñador, y así dio mucho fruto.

Ahora que se va a celebrar en octubre un Sínodo sobre “La Nueva Evangelización” y ante la experiencia de lo que algunos se lamentan de trabajar mucho y tener pocos frutos, ¿no sería conveniente preguntarnos si no estamos lamentándonos, echando la culpa del fracaso a otras personas o al ambiente? ¿No será más bien que andamos separados del Señor, actuando por nuestra cuenta y riesgo, y así somos como los sarmientos secos que no producen fruto?

Todos hemos visto salir adelante cosas imposibles, verdaderos milagros en los que unas pobres gentes, sin recursos, sin preparación especial, unidos al Señor, sacaban adelante empeños imposibles. Santa Teresa de Calcuta es un buen ejemplo de cómo unidos íntimamente al Señor, la Vid verdadera, y dejándonos podar por el Padre, el dueño de la viña, se puede dar fruto en abundancia.

Creo que esto tan sencillo era lo que nos quería enseñar Jesús hoy.