Abr
Homilía Viernes Santo
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)
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Reflexión del Evangelio de hoy
Una mirada diferente sobre la pasión
Hay relatos que nos cuentan lo que pasó. Y hay relatos que, además, nos cambian la manera de mirar lo que pasó. En todo su evangelio Juan nos hace ver los acontecimientos casi como un director de cine que coloca la cámara de manera novedosa y estratégica para ofrecernos otra perspectiva del mismo acontecimiento. Hace algo parecido a lo que realiza el director Alejandro González Iñárritu. En películas como Babel o Amores perros, la historia no se cuenta desde una sola mirada. Las escenas se entrelazan, las vidas se cruzan, y el espectador descubre que lo que parecía una historia trágica también puede ser una historia de revelación y transformación.
Juan hace algo parecido con la pasión. No cambia los hechos fundamentales, pero cambia la mirada. Y al cambiar la mirada, cambia también el significado.
El arresto: Jesús se entrega libremente
La primera escena ya lo sugiere. Cuando vienen a arrestarlo, Jesús no huye ni se esconde. Sale al encuentro de quienes lo buscan y pregunta: “¿A quién buscáis?”. Cuando responden: “A Jesús de Nazaret”, él dice simplemente: “Yo soy”.
No es solo una forma de identificarse. Es una expresión que remite al nombre mismo de Dios. Y el evangelista añade un detalle sorprendente: cuando Jesús pronuncia esas palabras, los soldados retroceden y caen al suelo.
Es como si, por un instante, el relato nos dejara ver lo que normalmente permanece oculto: el hombre que van a arrestar no es una víctima indefensa. Es el Hijo que se entrega libremente.
Por eso, a lo largo de todo el relato, la cruz aparece bajo una luz inesperada. Lo que para el mundo es derrota, Juan lo contempla como glorificación. La crucifixión no es solo una ejecución: es también revelación, manifestación de quién es realmente Jesús.
En la cruz se revela un amor que no se impone, sino que se entrega.
De la muerte brota vida
Esa mirada alcanza su punto culminante en el momento de la muerte. Juan escribe que Jesús, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
No dice simplemente que murió. Usa una expresión que sugiere también otra realidad: Jesús comunica el Espíritu. En el instante de su muerte comienza una vida nueva para los demás. Donde parecía haber solo final, hay también comienzo. La cruz se convierte así en fuente de vida.
Y el relato termina con un detalle lleno de esperanza. Aparecen dos hombres que hasta entonces habían permanecido en la sombra: José de Arimatea y Nicodemo. Eran discípulos en secreto. Habían seguido a Jesús con discreción, quizá con miedo. Pero cuando todo parece perdido, cuando el maestro ha muerto y la historia parece terminada, ellos dan un paso al frente. Piden el cuerpo, lo bajan de la cruz y lo sepultan con honor.
La muerte de Jesús hace visible lo que estaba oculto. La fe que permanecía escondida encuentra el valor para manifestarse.
Mirar la cruz hoy
También nosotros vivimos en un mundo donde la fe muchas veces permanece en silencio. En una sociedad secularizada, la cruz puede parecer simplemente un símbolo religioso del pasado o una historia de fracaso. Pero el evangelio nos invita a mirarla de otra manera.
Cuando contemplamos la cruz con la mirada del Evangelio de Juan, descubrimos que allí no hay solo dolor, sino amor que se entrega; no solo derrota, sino gloria escondida; no solo final, sino vida que comienza. Esa mirada transforma también nuestra vida. Nos da la valentía para no vivir la fe escondidos, para ser testigos discretos pero reales, como José de Arimatea y Nicodemo.
Y quizá aquí se esconde una clave importante del relato. Todo comienza con aquella palabra que Jesús pronuncia en el momento del arresto: “Yo soy”. Esa afirmación resuena al inicio de la pasión como una luz que acompaña todo el camino hasta la cruz. El que es detenido, juzgado y crucificado no es simplemente un hombre derrotado por la violencia del mundo: es aquel en quien Dios mismo se hace presente. Por eso la cruz, contemplada desde esta perspectiva, deja de ser solo un signo de fracaso para convertirse en un lugar de revelación.
Quizá el mundo no siempre comprenda la lógica de la cruz. Pero precisamente en esa lógica —la del amor que se entrega— se revela la verdadera fuerza de Dios.
¿Desde qué mirada suelo contemplar la cruz: desde el sufrimiento y el fracaso, o desde el amor que se entrega? ¿Hay aspectos de mi fe que todavía vivo “en secreto”, como Nicodemo o José de Arimatea?
En una sociedad donde la fe no siempre es comprendida, ¿qué me ayudaría a ser testigo con mayor libertad y serenidad? ¿Qué cambia en mi vida cuando descubro que incluso en los momentos de oscuridad Dios puede estar revelando su gloria?