Dom
27
Dic
2020

Homilía La Sagrada Familia

El niño iba creciendo y la gracia de Dios estaba con él

Comentario bíblico
de Fr. Gerardo Sánchez Mielgo - Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)



Primera lectura: (Eclesiástico 3,3-7. 14-17a)

Marco: Es la primera parte del Eclesiástico: la naturaleza y beneficios de la sabiduría. La existencia individual y comunitaria del hombre creyente se funda en la confianza divina.

Reflexiones

1ª) ¡Es urgente recuperar el sentido de la honra a los padres!

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre. La Escritura fundamenta las relaciones de los hijos con los padres en una verdad sólida: son los colaboradores inmediatos de Dios en la transmisión de la vida. Y la vida es un bien irrenunciable. Esta proyección de la vida comunitaria que existe en Dios (Uno y Tres) al crear al hombre y a la mujer es el fundamento más sólido de la familia y del matrimonio. Era una concepción primitiva, pero muy sólida (cf. Ef 6,3). Es necesario volver a las raíces de la familia según el proyecto de Dios entendida como una comunidad de vida y de amor. La autoridad de los padres hay que entretejerla con un sincero y generoso diálogo entre todos. Si todos son escuchados y atendidos, la familia crece con fuerza, espe¬cialmente hoy que se anhelan espacios cálidos de intercomu¬nica¬ción.

2ª) ¡Respeto y ternura para con los padres!

El que honra a su padre expía los pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros... Dios ha relaciona¬do su bendición con los grandes momentos de su obra: bendijo a nuestros primeros padres, a Noé, a Abrahán, etc. Esta bendición es eficaz por sí misma. Hoy se diría que es performa¬tiva, es decir, operante, dinámica y eficaz. También a la familia la ha enriquecido con una bendición. La familia es para Dios algo muy entrañable, es el reflejo de su propia vida íntima en la eternidad: tres y uno a la vez. La bendición se vive en la comunión y ternura de unos con otros. La Escritura recuerda una realidad que debió darse entonces con cierta frecuencia: en la antigüedad también llegaban momentos en que los padres eran un obstáculo para el desenvolvi¬miento de ciertos proyectos de los hijos. La autoridad paterna y materna se vuelven ahora como una súplica a los hijos. La Iglesia siempre ha manifestado seria preocupación por esta célula básica de la sociedad y de la propia Iglesia, que es la familia.

Segunda lectura: (Colosenses, 3,12-21)

Marco: El contexto es la vida nueva en Cristo. Es la sección moral en que se recogen las exigen¬cias de la vida cristiana y toda una serie de recomen¬daciones concretas para la conviven¬cia familiar. La fuente de toda moral cristiana es la unión con Cristo resucitado.

Reflexiones

1ª) ¡Una comunidad de vida y de amor animada por la misericor¬dia, la bondad, la dulzura y la comprensión!

Sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Re¬cuerda algunas de las cualidades bajo la imagen del "unifor¬me", es decir, aquello que identifica a una persona como singular y bien definida: la misericordia, la bondad, la dulzura y la compren¬sión. La miseri¬cordia ha sido elevada por Jesús a una de sus más bellas congratulacio¬nes o bienaventuranzas: Dichosos los misericordiosos porque Dios tendrá misericordia de ellos (Mt 5,7). Una bienaventuran¬za se mueve entre la dificultad y la promesa gozosa. La miseri¬cordia es un atributo característico de Dios. Dios es misericor¬dioso perdonando generosamente el pecado del hombre y acogiendo con tiernísimo afecto. Esta realidad hace de la familia una auténtica comunidad de vida y de amor verdadera¬mente feliz. Dios nos quiere felices en la familia. También la dulzura o la no-violencia es objeto de otra bienaventu¬ranza de Jesús: Dichosos los no-violentos porque ellos poseerán la tierra (Mt 5,5). Y lo mismo podría decirse de la bondad y de la compren¬sión. En un mundo agresivo y violento es necesaria la familia animada por estas cualidades. En un hogar moderno, pero auténtico, todos se acogen mutuamente en la dulzura y la misericordia en los gestos y en las palabras.

2ª) ¡El amor, el perdón y la paz, secretos de una familia en comunión!

Perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado haced vosotros lo mismo. El perdón y la reconciliación se encuentran en la entraña misma de la obra de Jesús (Jn 1,36). La historia de la salvación nos recuerda con frecuencia la presencia y las manifestaciones del pecado en el mundo, una realidad nunca querida por Dios que destruye al hombre y lo deshumaniza. El modelo del perdón permanente, que todos los miembros de la familia necesitan conceder y recibir, es el reflejo y el resultado del perdón conseguido a través de Cristo. Los miembros de las familias deben estar muy atentos a sus propias debilidades y a las debilidades de los demás. Por eso necesitan ser muy generosos en ofrecer el perdón (hasta setenta veces siete cada día) y recibirlo son sencillez y sinceridad. Cada vez que cualquiera nos diga "lo siento" hemos de reaccionar con el perdón generoso y gratuito, como lo es el que se nos concede a nosotros.

Por encima de todo esto, el amor que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón. El amor, motor de toda la historia de la salvación, se manifies¬ta de una forma definitiva y totalmente gratuita en la cruz. San Juan cuando quiso interpre¬tar este aconteci¬miento nos enseñó que nadie tiene amor más grande que el que está dispuesto a dar su vida por sus amigos (Jn 15,12ss). No es posible el amor fraterno sin la experiencia sincera del amor que Dios nos tiene. En ella aprendemos la gratuidad y la felicidad de sentirse amados por Dios. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamen¬te. Sólo si los miembros de la familia se deciden por un amor generoso y universal será posible la verdadera comunión y felicidad de todos y de cada uno.

Evangelio: (Lucas 2,22-40)

Marco: Este relato recoge varias escenas: la decisión de María y de José de llevar al Niño al templo «según la ley de Señor»; Simeón, símbolo del pueblo de la esperanza, movido por el Espíritu; su cántico; sus palabras sobre el futuro de Jesús y sobre el camino de María.

Reflexiones

1ª) ¡Según la Ley de Moisés!

Llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor. María y José se conducen por la Palabra de Dios expresada en su Escritura porque en ella habla Dios, se expresa su voluntad. Por eso se ponen en marcha guiados por la lámpara de la Palabra. Eso entonces. Y ahora la Iglesia es invitada a seguir el mismo camino iluminada por la palabra mientras camina por un lugar tenebroso y sembrado de dificulta¬des. Los creyentes poseen esta Palabra que los ilumina en un mundo en el que reciben las ondas de múltiples mensajes que no aportan la salvación ni la felicidad profunda y duradera. Es la primera lección de este entrañable pero profundo aconteci¬miento.

2ª) ¡Simeón es un modelo de la esperanza del pueblo movido por el Espíritu!

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón... El Segundo Isaías describe la acción salvadora de Dios en favor de su pueblo postrado en el exilio de Babilonia como una consolación: Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios, hablad al corazón de Jerusa-lén... (Is 40,1ss) Es un tema entrañable para Lucas que proyecta y refleja en este relato del justo Simeón: representa la esperanza de un pueblo cumplida en Jesús, en su ministe¬rio y en el misterio pascual, y proyectada a todos los lugares, a todas las gentes y a todos los pueblos por la fuerza del Espíritu. Simeón representa el punto de llegada de un pueblo movido por la esperanza en las promesas de Dios y el punto de partida de un pueblo animado por el cumplimiento de las promesas en Jesús ya aunque todavía no plenamen¬te. El creyente, el discípulo de Jesús, hoy es invitado a ser testigo de esperanza en medio de un mundo necesitado de ella. Hoy es necesaria la experiencia de la fidelidad de un Dios que no falla a sus promesas. Necesita de Jesús, esperanza de la humanidad entera.

3ª) ¡Puedes dejar a tu siervo irse en paz porque ha visto a tu Salvador!

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: Luz para alumbrar a las naciones y Gloria de tu pueblo Israel. Es un apretado himno desbordante de contenido. Simeón, represen¬tante del pueblo que espera la consolación de Dios, expresa gráficamen¬te la plenitud de su espera. No es la etapa final de una vida privada, sino la etapa final de lo que representa: de un pueblo. Por otra parte, al dirigirse al Niño reconoce en él tres grandes realidades atribuidas al Dios de Israel: Salvador, Luz y Gloria que ahora se transfieren a Jesús (que fue revelado a través del aconteci¬miento pascual). Este himno canta al Dios que se ha manifestado Salvador y poderoso en el acontecimiento de Jesús en quien se cumplie¬ron todas las promesas. Los creyentes tienen un punto de referencia para descubrir a Jesús como alguien que salva, libera, ilumina y da sentido a una vida abierta al futuro.

4ª) ¡Bandera discutida y espada que discierne!

Será como una bandera discutida. Esa fue la historia real de Jesús en su ministerio y hasta la muerte. Esta experiencia de la vida de Jesús se retroproyecta* hasta la infancia presentada en forma de profecía y anuncio. La persona y el mensaje de Jesús provocan una «criba», un «discernimiento» entre los hombres: o con él o contra él. Así fue entonces y sigue siendo ahora a través de la Iglesia y de sus discípulos. Somos llamados, a través de nuestra fidelidad al Evangelio, a provocar entre los hombres un discernimiento constante. El secreto está en nuestra fidelidad perseverante al Evangelio. He ahí nuestra vocación, nuestra tarea y nuestro compromi¬so y nuestra felicidad.

Y a ti una espada te traspasará el alma. La Palabra de Dios será durante toda la vida de María una espada de doble filo que la conducía siempre a mayores profundidades en su adhesión a Jesús. El «hágase» de la anunciación fue para ella un faro que dirigió sus pasos toda la vida. Su maduración íntima fue en crecimiento constante, no exento de dificultades, tentaciones y pruebas. Es el modelo ejemplar del pueblo de Dios de antaño y de la Iglesia. Y es un modelo y una maestra en esta tarea para los creyentes de hoy inmersos en un mundo hostil y agresivo contra los valores verdaderamente humanos y éticos. María sigue proclamando que podemos imitarla refiriéndonos siempre a la Palabra de Dios que purifica, ilumina y da plenitud de sentido a nuestra historia.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)