Dom
24
Feb
2013

Homilía II Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

Éste es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.

Pautas para la homilía

  • El escenario: dudas y desconcierto sobre la identidad mesiánica de Jesús

El tetrarca Herodes Antipas se preguntaba perplejo sobre Jesús: “¿Quién es éste de quien oigo tales cosas?” (Lc 9,9). Por otra parte, los discípulos acababan de confesarlo en Cesarea de Filipo como Mesías (9,18-21), si bien el inmediato anuncio de la pasión les desconcertó del todo dejándolos perplejos y sumidos en un mar de dudas. ¿Era realmente el Mesías que cumplimentaría las promesas selladas con la alianza?

Se podía entender que muchos lo abandonaran decepcionados por su mesianismo. Tampoco resultaba extraño el que las autoridades políticas y religiosas lo criticaran, desautorizan y hasta persiguieran. Pero, ¿cómo entender la incertidumbre de los suyos después de su larga y confidencial convivencia? ¿Dónde quedaban el fervor y el entusiasmo con que acogieron la primera llamada del Maestro?

  • Jesús comparte con los suyos la revelación de su destino

Aunque medio adormecidos y cargados de sueño, como les ocurrirá más tarde en Getsemaní (Lc 22,45), Jesús quiere hacerles partícipes de una experiencia personal que marcará y condicionará el resto de su misión. Como era habitual en él, un día más se retira a orar, pero esta vez llevándose consigo a lo alto del monte a sus tres más íntimos. Ensimismado en su mundo interior y ante la presencia testimonial de Moisés y Elías, comparte con ellos la revelación del destino que le espera: su éxodo definitivo al Padre pasando por la muerte en Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas (13,33-34).

Como ocurrió en el pasado con Moisés en la cumbre del Sinaí (Ex 34) y con el profeta Elías en el monte Horeb (1 Re 19,11-13), es Dios mismo quien se revela en la voz celeste bajo la nube protectora de su presencia. Confirmaba de este modo el reciente y sorprendente anuncio premonitorio de su pasión en medio del majestuoso esplendor de su gloria: será rechazado, maltratado y matado, pero resucitará al tercer día. Jesús era plenamente consciente de la suerte que le esperaba, la asumía con serenidad y entereza. No así sus discípulos predilectos, que asisten atónitos y desconcertados a la escena: “callados, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto”.

Si en la petición de Moisés: “muéstrame tu gloria”, Yahvé se le revela solo en parte, de espaldas, en la escena de la transfiguración Dios se nos revela plenamente en su Hijo, el Elegido, apuntando hacia el final de su destino salvífico. No era otro el tema de conversación de los dos testigos proféticos con Jesús. Y es que el hombre está llamado a vivir la permanente paradoja de la muerte en la vida y de la vida en la muerte. Mensaje que entraña lo más nuclear de la sabiduría evangélica a raíz de la profunda experiencia que envuelve la existencia humana y a la que los cristianos nos acogemos por la fe.

  • Muéstranos tu rostro, Señor

La escena evangélica nos invita a contemplar la faz del Transfigurado y a escuchar la voz de lo alto: “Éste es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle”. Ese rostro manifestado en “el resplandor del glorioso evangelio de Cristo, imagen de Dios, quien ha hecho brillar su luz en nuestros corazones” (2 Cor 4, 4-6). Rostro de Jesús manifestado en el evangelio que requiere a su vez ser ubicado e insertado en la propia historia de su pueblo, representada en las figuras de Moisés y Elías.

Si cada cristiano ha de reflejar la luz del rostro de Cristo, es normal que recemos con el salmista: “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. En esta sintonía de sentimientos, nos hemos sumado también en más de una ocasión a la pregunta de Felipe en la última cena: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. La respuesta de Jesús fue clara y contundente: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,8-9).

Pidamos a Dios que nos siga cubriendo la sombra de esa “nube” bienhechora para que vaya destilando, cual lluvia pausada, los secretos de su inagotable misterio. Por la fe en el Transfigurado, no sólo reconocemos su rostro sino que nos adherimos a su persona y seguimos sus pasos en espera de poder disfrutar un día de su encuentro en la atienda definitiva de su Reino.