Lun
24
Dic
2012

Homilía Natividad del Señor

Os traigo la buena noticia, la gran alegría

Introducción

En esta noche buena y santa predomina la imagen de un Niño y la estampa de un pesebre. Son los soportes que utiliza el evangelista Lucas para indicar que la “Palabra se hace carne”. Mañana intentaremos profundizar en la Palabra, en la Encarnación, en el misterio de Dios hecho hombre. Eso mañana. Esta noche prevalece el NIÑO en un PESEBRE.

Y, en esta noche buena y santa, celebramos el nacimiento del Niño, su cumpleaños. Y recordamos a María, su madre, y a José, del cual dirá unos doce años más tarde María a Jesús: “Tu padre y yo te buscábamos desconsolados” (Lc 2,48). Hubo otros testigos del misterio: ángeles, pastores y, según la tradición, algunos animales. Todo muy familiar y sencillo, porque aquel Niño, “Dios con nosotros” (Mt 1,23), todavía era más de María y José que de todos los que, con su nacimiento, venía a salvar.

Dos mil doce años han pasado, dos mil doce navidades. Mucho tiempo, demasiado, para que podamos ceñirnos con exactitud a lo que aquella noche sucedió. Pero, aparte los detalles, lo fundamental es lo mismo. Nosotros lo adornamos lo mejor que podemos, haciendo más caso al corazón que a la historia, pero es porque lo queremos agradecer y rememorar como se agradecen y recuerdan los dones y gracias de un Niño.

En esta noche santa todos los caminos conducen a Belén. Todos somos peregrinos –viatores- que, cansados y agobiados de tanto invierno y tanta oscuridad, vamos en busca de este Niño, de su cercanía y su ternura. Al fin y al cabo, es sólo un Niño. “Un Niño nos ha nacido; un Hijo se nos ha dado” (Is 9,5). Si nos dejamos sorprender por esta estampa y esta imagen como los pastores, con seguridad que será el Niño quien coordine nuestros cantos –esta noche, villancicos- y nuestro corazón se irá llenando de una alegría similar a la que ellos sintieron en Belén.