Dom
23
Dic
2012

Homilía IV Domingo de Adviento

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

¡Dichosa tú que has creído!

Pautas para la homilía

  • “¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”

Como hombres y mujeres de nuestro tiempo y nuestra cultura estamos acostumbrados a valorar los acontecimientos como manifestación de nuestros deseos, nuestra creatividad y nuestro poder. Y desde ahí determinamos qué es lo pequeño y lo grande, quiénes son los pequeños y los grandes.

La Palabra de Dios nos trasmite otra posible forma de pensar, de valorar, y de situarnos ante los hechos que llenan la experiencia de cada día y las aspiraciones para el futuro.

El gran protagonista de la historia que rememoran el Adviento y la Navidad es Dios mismo. No se conformó con crear el mundo y a los hombres para después mantenerse al margen, Es él quien toma la iniciativa, quien lanza metas y propone caminos, quien nos acoge en nuestros quebrantos y quien tercamente nos insiste en que, más allá de lo circunstancial y pasajero, sigue habiendo un margen para la esperanza.

Esa convicción tan cristiana no está reñida con nuestra responsabilidad. Y nos interpela a una sencilla y productiva colaboración con Él.

Claro que esto tiene sus consecuencias en nuestro modo de ver la vida y situarnos ante ella.

Una primera consecuencia es la valoración de lo pequeño. Belén de Judá es un buen ejemplo. El Mesías no llegará a nosotros desde lo deslumbrante de una gran ciudad, sino desde una pequeña aldea. Los ojos de los que esperaban algo grande sólo lo descubrirán si se fijan en lo pequeño, si no desprecian lo que fácilmente pudiera pasar desapercibido.

Una segunda consecuencia es el enaltecimiento de lo cotidiano. Cristo cuando entra en el mundo no ofrece al Padre holocaustos o víctimas costosas. Ofrece su propio cuerpo: lo que le hace vulnerable al cansancio, la enfermedad, el dolor y la muerte. También a los sencillos gozos de la vida y la amistad. El que “pasó por uno de tantos” lleva en la sencillez de su persona la salvación de todos.

Otro tanto hizo María al llegar a la casa de Isabel en la montaña. No viene cargada de ricos regalos, trae su presencia, su cercanía, su solidaridad.

Isabel pone palabra a la actitud de fondo: María es feliz porque ha creído. La fe no es una experiencia que atormente o eche pesados fardos sobre nuestras espaldas. Tampoco es una ideología que encubra nuestras frustraciones. Ni el opio que nos haga olvidar a las personas y a los pueblos los dramas y las injusticias de la historia. La mejor historia de los creyentes es también la de los más lúcidos y esforzados compromisos con los más pequeños de la Tierra.

Pero María no es feliz por cualquier cosa. Es feliz porque confía en que lo que le ha dicho el Señor se cumplirá.

¿Es así nuestra fe? ¿Va más allá de la memoria de algunas doctrinas, el cumplimiento de unas normas y el servicio del culto? ¿Nos lleva a valorar lo pequeño a los ojos del mundo como lo grande a los ojos de Dios? ¿Nos pone, tal como somos, al servicio del Reino y al de los demás humanos? ¿Nos mantiene en esta historia compleja con la alegría de saber que lo que Dios nos promete se cumplirá?