Vie
22
Abr
2011

Homilía Viernes Santo

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

He aquí al hombre

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

  • “Kénosis”: en el rastro de la Encarnación.

Siendo de condición divina, Cristo “se despojó de su rango... Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (2 Cor 2,7-8). En la persona de Jesús Dios ha asumido nuestra humanidad sin privilegios ni exoneraciones, con todas sus contingencias. Ni la historia es para Dios un juego ni el niño de Belén escondía ases en la manga.

La Encarnación del Hijo de Dios ha tenido lugar en una historia marcada, de hecho (que no de derecho), por la lógica sacrificial de los poderosos, acostumbrados a no detenerse ante nada ni ante nadie. Solemos referirnos a la pasión y muerte de Jesús en términos de prendimiento, flagelación, coronación de espinas y crucifixión. Quizás fuera mejor que habláramos de búsqueda y captura, de interrogatorio con tortura, de juicio amañado y de ejecución porque estos vocablos habituales podrían ayudarnos a percibir mejor los últimos sucesos de la vida de Jesús en toda su crudeza histórica.
La muerte de Jesús no fue ni natural ni casual. Fue el resultado de la voluntad de los poderosos. No se trató de una muerte sin más, sino de una ejecución y un asesinato, es decir, un homicidio cometido con premeditación y alevosía. Fue la dramática consecuencia histórica de su opción sin fisuras por el Reino, el proyecto de la fraternidad universal soñado por Dios Padre. En una sociedad profundamente incidida por jerarquías, divisiones, conflictos, exclusiones..., dicho proyecto vino a chocar frontalmente con los intereses de los poderosos, que, puestos a ambicionar, hasta pretendían tener a Dios a disposición o, al menos, de su lado. El anuncio por parte de Jesús del futuro del “hombre-hermano porque Dios-Padre” fue percibido por ellos como una amenaza intolerable. Les pareció necesario quitar a Jesús de en medio, y lo quitaron.

  • Dar la vida.

A Jesús, en efecto, le arrancaron la vida. No es menos verdad que se entregó a la muerte libre (Jn 10,17) y amorosamente porque, como él mismo decía, “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Posiblemente no habría sido tan difícil proclamar que el hombre está hecho para el sábado, maldecir a los samaritanos, aplaudir a los ladrones del templo, consentir la lapidación de otra adúltera, dejar de comer con los publicanos, no volver a tocar a un leproso, declarar bienaventurados a los ricos... nadar a favor de la corriente o cambiar de chaqueta a tiempo. Jesús, en cambio, eligió la muerte como el precio que merecía su “tesoro” (Mt 13,44), la consecuencia de una invencible lealtad al Reinado de Dios, el desenlace de su opción radical por la causa de su Padre y de sus hermanos.
Dios no se desdice y Jesús tampoco. Su cruz prolonga su vida o, mejor aún, la extrema o lleva a término. Él es, en efecto, el “Cordero de Dios” (Jn 1,29) –por eso su ejecución es presentada por el evangelista Juan en el momento de la inmolación de los corderos pascuales–, pero el suyo no es un sacrificio ritual, sino existencial; no es el que tiene lugar en el momento último y sobre dos maderos atravesados, sino a lo largo y ancho de sus días y de sus noches, sobre el altar de la vida. La entrega de Jesús culmina y sella el sacrificio de toda su persona, su entera consagración a Dios y a sus hermanos. No es sangre lo que Dios quiere, sino un corazón dispuesto a hacer siempre y en todo su voluntad (Sal 39,7-8; 50,18-19), al precio, si es necesario, de la propia vida. Jesús abrió sus brazos en la cruz como último y definitivo acto de fidelidad. Por eso su muerte es martirio: testimonia acerca de Dios, sí, pero también acerca de la persona humana.

  • “Ecce homo”: la verdad sobre el hombre.

“He aquí al hombre” (Jn 19,5), indicó Pilato a los sumos sacerdotes y guardias en el momento de presentarles a un Jesús ya torturado y poco antes de entregárselo para que lo crucificaran. Es seguro que no vamos a atribuir a aquel funcionario ambicioso ninguna cualidad profética, pero lo cierto es que Pilato tenía razón, aunque fuera en un sentido por él ignorado. “Desfigurado, no parecía hombre, ni tenía aspecto humano” (Is 52,14) y, sin embargo, aquel Jesús era y es el hombre cabal, la humanidad cumplida, la persona plenamente realizada según el proyecto de Dios, cuya medida no es otra que la del amor.

Se ha dicho mil veces que “el hombre es un lobo para el hombre” y es verdad que a menudo nos comportamos como tales, pero en realidad somos otra cosa: somos hermanos. Los cristianos nos sabemos de camino: creemos que la persona humana es una vocación a “crecer en humanidad, valer más, ser más” y de buen grado afirmamos con Pascal que “el hombre supera infinitamente al hombre” (cf. Populorum progressio, 15 y 42). Pues bien, el hombre-hermano que es Jesús define nuestra meta, testimonia la verdad sobre la persona humana, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Lumen gentium, 22). Jesús ha nacido y venido al mundo “para ser testigo de la verdad” (Jn 18,37), la de Dios y la nuestra, la del “hombre-hermano porque Dios-Padre”.
De seguro que a nuestros propios “gentiles” el hombre-hermano crucificado ha de parecerles una enorme “necedad” (1 Cor 1,23). Stigler, uno de los economistas estrella del neoliberalismo, hacía gala de su peculiar sentido de la racionalidad en estos términos: “Creemos que el hombre es un animal maximizador de utilidad –aparentemente también lo son las palomas y las ratas– hasta el presente no hemos encontrado información para descubrir una parte de su vida en la que invoque unos objetivos diferentes de comportamiento”. Valga como ejemplo de una muy influyente visión de la humanidad con la que hemos de habérnoslas. Besar la cruz de Jesús equivale a renegar del hombre-lobo (o paloma o rata) para abrazar con todo el alma al hombre-hermano.

  • Una fidelidad que alienta a la esperanza.

“La copa que me ha dado mi Padre, ¿no la voy a beber?” (Jn 18,10). Semejante fidelidad de Jesús anima nuestra esperanza, que se obstina en seguir pensando que ni siquiera el desierto agota la vida: el Siervo “creció como brote, como raíz en tierra árida” (Is 53,2). Los cristianos sabemos que el desierto es fértil. Nos gloriamos en la cruz de nuestro Señor y sólo en ella reconocemos la fuente de la vida.

Por eso nos acercamos confiadamente a la cruz de Jesús. No tenemos un Señor “incapaz de compadecerse de nuestras debilidades” (Hb 4,15). Ante él llegamos con nuestros propios desiertos de soledad, de cansancio, de frustración, de abatimiento. Ante él llegamos con nuestros desiertos de inhumanidad y de pecado. Y ante él nos atrevemos a susurrar aquella osadía que aprendimos de los antiguos cristianos: “Feliz culpa, que nos mereció este Salvador”.
La liturgia del Viernes Santo termina como en punta, interrumpida en espera de ser reanudada en la Vigilia Pascual y completada por ella: muerte y resurrección son dos aspectos del único Misterio Pascual; la “hora” de Jesús es la de su muerte, pero también la de su glorificación (Jn 12,23). “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muerte, da mucho fruto” (Jn 12,24).