Dom
12
Ene
2020

Homilía El Bautismo del Señor

Este es mi Hijo amado, en quien me complazco

Pautas para la homilía

Ponerse en camino. Presentarse a la comunidad. Con humildad.

“Llegó entonces Jesús… y se presentó a Juan para que lo bautizara… Soy yo quien debería ser bautizado por ti, ¿ y tú vienes a mí?”. Mt. 3, 13-14

Jesús se pone en la fila de los que anhelaban respuesta a sus preguntas, al igual que otros tantos que acudían en tropel al encuentro del Bautista, para preguntar qué hacer con la vida en el tiempo presente. Buscaban un modo distinto de vivir.

Comunicar experiencias, caminar juntos en fraternidades verdaderas, otros horizontes más creativos y liberadores, otras realidades, otros modos de vivir. La respuesta a sus desangeladas vidas. Ser más verdad, más libres, más cercanos y por tanto mucho más humano.

Preguntarse y responder con una verdad no solo teórica,  sino enclavada en medio de nuestras historias personales. Sabiendo que el Camino, la Verdad y la Vida dan sentido necesario a otros posibles hermanos cuyas  vidas  quedan anuladas por tantos cantos de sirenas que distraen y enajenan al hombre de hoy y de todos los tiempos.

La respuesta es personal, como lo es  ponerse en camino, y hacerlo en comunidad.  Hay que presentarse en el lugar concreto ante la comunidad. Ella  es la que va a cuidarnos,  es la que debemos cuidar, en el hoy concreto que necesita ser salvado, redimido. La comunidad es la expresión más plena del misterio de Dios. Junto a los hermanos, preguntarnos, orando, buscando la palabra o el gesto,  que dará sentido a todo.

En camino, siempre en camino. Nada de ensoñaciones. La oración nos llevará a materializar la fe, la esperanza y el amor en cada uno de nosotros y en la comunidad. Eso sí, sin destruir a ningún hermano, por más que nos moleste o no comparta.

Es necesario volver a la oración para preguntar y encontrar la respuesta que nos dice si verdaderamente estamos en el lugar apropiado. Confiar.

Aceptar y confiar. Lo que Dios quiere es que vivamos en verdad y libertad

 “Déjalo ahora, dice Jesús. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Mt 3, 15   “Haced lo que él os diga” Jn, 2, 5.

Nuestro bautismo es la primera y gran experiencia creyente que tenemos.

Descubrir el don  de amor que el Padre Dios nos ha entregado en este sacramento primario. Nos ha elegido. Nos pone en camino. Él confía, nos ha entregado su Palabra, es el Hijo, es Jesús, es Dios con nosotros. Nos pone en camino por el Camino.

Escuchar, orar, descubrir en nuestra historia personal y comunitaria el gran don,  su presencia en Jesús, el Hijo amado.

Nos dice que transformar la realidad en que vivimos es nuestra tarea. Liberarnos de aquello que nos impide ser evangelio en nuestras historias personales y fraternas. Es la vocación.

Descubrir, aceptar, libertad

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.” Mt. 3, 16-17

Descubrir  el amor del Padre que nos ama en el Amor al Hijo. El nos ha elegido. El confía. Nos hace hijos en el Hijo, nos entrega y anticipa la resurrección. La gloria, la cristificación. Nos resitúa.

Para los que fuimos bautizados cuando recién nacidos según acostumbran las familias cristianas,  tuvimos necesidad de redescubrir el valor del hecho salvador del bautismo.

Y aquellos que en edad adulta llegan a él, lo experimentan como un hecho liberador, tienen la fuerza del converso.

Han aceptado la fe que por el  encuentro con el que es Hijo de Dios y Cordero sacrificial, les llevará  a vivir con mayor perfección sus carismas en medio de la comunidad como testigos de Evangelio en los distintos ambientes.

En libertad acertaron a compartir en medio de la Iglesia ya bautizada el ser bautizados en las aguas puras, sanadoras y  limpias que dejó Jesús en su bautismo en las alegres aguas del Jordán.

Se abre un camino de salvación para todos los que creen en el  Hijo de Dios, Cordero que quita el pecado de todo el mundo y  que consagra y  vuelve a restaurar la verdadera imagen de Dios que es cada ser humano.

Quedamos consagrados y proclamados por el mismo Dios Padre como hijos en el Hijo. Quedando claro que “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”. Por pura gracia.

Y en pura gracia agradecemos.