Vie
6
Mar
2009

Evangelio del día

Primera Semana de Cuaresma

Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos

Primera lectura

Libro de Ezequiel 18,21-28

“Así dice el Señor Dios: Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva? Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió, morirá.
Comentáis: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”.

Salmo

Sal 129,1-2.3-4.5-7a.7bc-8 R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?


Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuenta de los delitos,
Señor, ¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R/.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5,20-26

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama renegado, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto”.

Reflexión del Evangelio de hoy

“Se dijo a los antiguos…pero yo os digo”.  “Según este pasaje evangélico, Cristo es más que un Profeta, más que un nuevo Moisés. Para «ver» este anuncio del Evangelio debemos concentrar en su lectura toda nuestra atención. La antítesis no es «Moisés dijo», «yo digo»; la antítesis es «se dijo», «Yo digo». Esta pasiva «se dijo» es la forma hebraica de velar el nombre de Dios. Para evitar el santo nombre y también la palabra «Dios» se usa la voz pasiva, y todos saben que el sujeto que no se nombra es Dios. En nuestra lengua, pues, la antítesis debe traducirse así: «Dios dijo a los antiguos, pero yo os digo». Esta afirmación corresponde exactamente a la realidad histórica y teológica, porque el Decálogo no fue palabra de Moisés, sino palabra de Dios, de quien Moisés fue únicamente mediador. Si meditamos en este resultado descubrimos algo inaudito: la antítesis es «Dios dijo». «Yo digo»; en otras palabras: Jesús habla al mismo nivel de Dios; no solamente como un nuevo Moisés, sino con la misma autoridad de Dios. Este «Yo» es un Yo divino.  Dios dijo a los antiguos; el mismo Dios no nos dice algo distinto en el Yo de Cristo, sino algo nuevo: «Lo viejo pasó, se ha hecho nuevo» (2 Cor 5,17) “(JOSEPH RATZINGER, siendo todavía Cardenal).

  • La conversión que Dios quiere

Las mediaciones, en principio, pueden servir tanto para el bien como el mal. De hecho, es frecuente que echemos la culpa de nuestros males a nuestra forma de ser, a los otros, a la sociedad, etc. Hoy se nos recuerda que este mecanismo de defensa no es válido espiritualmente hablando. Dios no nos va a juzgar por los pecados de los demás, pero tampoco nos podremos excusar en éstos para justificar los nuestros. El Profeta Ezequiel insiste hoy en que tanto el pecado como la conversión es un asunto personal.

La conversión siempre es un tarea de dos: mía y de Dios. La voluntad de Dios siempre ha estado y sigue estando muy clara. Quiere la conversión del pecador: ”que se convierta y viva”. Y siempre está dispuesto a perdonar, incluso cuando lo que se va buscando ante él es sólo la curación corporal. Jesús no hizo otra cosa en su vida más que liberar, curar, humanizar, perdonar. Y tenemos motivos para pensar que, en su nueva presencia de resucitado, sigue haciendo lo mismo.

En la conversión que Dios quiere juega un papel importante la sinceridad, la coherencia, la integridad. “Si no sois mejores que los letrados y fariseos…” Y Jesús no les reprocha su cumplimiento. Lo que no tolera en ellos es su hipocresía, su falsedad, su sola apariencia, su superficialidad.  

  • A quién buscamos y de quién huimos

“Oísteis… pero yo os digo”. Aquello estuvo bien, supuso un logro importante de mínimos, pero, una vez hecho el rodaje correspondiente, ha llegado el momento de la plena humanización, la realidad del Reino de Dios. Y este Reino exige actitudes nuevas, donde lo importante no está tanto en lo exterior cuanto en el interior de la persona, en sus intenciones, en la limpieza de su corazón. Ya no basta “no matar”, tenemos que estar reconciliados unos con otros, no podemos estar peleados, aunque sólo sea interiormente, con nadie. Moisés quedó atrás y, con él, el Sinaí. Hay que situarse en el monte de las Bienaventuranzas y en el mensaje de Jesús.

Cuando al comenzar la eucaristía pedimos perdón, lo más importante es solicitar el de Dios, sin olvidar nunca ofrecer el nuestro a nuestros hermanos, implorando el suyo. Con seguridad que nuestra celebración será más digna, estaremos mejor dispuestos y preparados.

Si de verdad sentimos y tenemos a Dios como Padre; si auténticamente nos dirigimos a él sintiéndonos hijos en el Hijo y si, como consecuencia, todos los demás son nuestros hermanos, y así oramos diciendo: “Padre nuestro”, el “no matar” queda totalmente obsoleto ante los requisitos inherentes a nuestra fraternidad universal. Ya sólo cuenta el “amarás al otro como a ti mismo” como garantía y validación de nuestro amor a Dios.