Sáb
5
Oct
2013
Pedid y recibiréis

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio 8, 7-18

Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas y de cuyos montes sacarás cobre, entonces comerás hasta saciarte y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado. Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy.
No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo, se engría tu corazón y olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con su maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final. Y no pienses: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas”.
Acuérdate del Señor, tu Dios: que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy».

Salmo

Sal 1 Crón 29, 10bc. 11abc. 11d-12a. 12bcd R/. Tú eres Señor del universo.

Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos. R/.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad
porque tuyo es cuanto hay en el cielo y tierra. R/.

Tú eres rey y soberano de todo
de ti viene la riqueza y la gloria. R/.

Tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos:
Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.
Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargo el ministerio de la reconciliación.
Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 7-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • No te olvides del Señor tu Dios

Llega el momento de agradecer al Señor, todos los dones con que nos regala, y pedirle por nuestras necesidades.

En la primera lectura, Moisés, viendo próximo el fin de la peregrinación por el desierto, exhorta a los israelitas diciéndoles: cuando llegues a la tierra prometida, donde son abundantes las fuentes y los veneros, donde hay abundancia de trigo, cebada, viñas, higueras, etc., donde no tendrás que racionarte el pan, donde el ganado pastará con abundancia, donde los montes son ricos en metales y en materias valiosas; no pienses que todo esto los has conseguido tu con tu trabajo. No olvides al Señor tu Dios.

Recuerda el tiempo en que anduviste por el desierto maldito, donde no había ni gota de agua, y el Señor te la facilitó, que te alimentó con el maná, que no conocían tus padres, para afligirte y probarte y hacerte el bien al final.

Acuérdate siempre del Señor, que es quien te da la fuerza y los medios para crear la riqueza, y se siempre agradecido con el Señor.

No debemos jamás arrogarnos la causa del éxito o de las riquezas, pensemos, como el salmista, que: “Tuyos son Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. De ti viene la riqueza y la gloria”.

Por eso, reconociendo que no tenemos ningún mérito propio, San Pablo, en la 2ª carta a los Corintios, nos dice que con Cristo, todo lo antiguo ha pasado, somos criaturas nuevas y que todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo, nos reconcilió consigo y nos encarga el ministerio de la reconciliación. Pues el que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestros pecados.

  • Pedid y recibiréis

En el evangelio de Mateo, nos relata el momento que Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, los incita a orar y pedir al Padre por sus necesidades.

Jesús lo explica de forma diáfana: “Pedid y se os dará, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá” y les asegura que “el que pide recibe, el que busca, encuentra, y al que llama se le abre”.

Después, Jesús, para que lo entiendan bien, les pone ejemplos de la vida corriente.

¿Cómo nosotros, a nuestros hijos, vamos a darles algo malo, si nos piden comida y está a nuestro alcance?

Pues si nosotros, que no somos perfectos, sabemos dar a nuestros hijos lo que es bueno y necesario, cuanto más nuestro Padre Celestial, que es perfecto y bueno, nos favorecerá con lo que necesitemos, si es bueno para nosotros.

Debemos, pues, agradecer a Dios, todos aquellos dones, con que nos beneficia. Nosotros el único mérito que tenemos y sabemos completar, con nuestro esfuerzo, todas las cosas buenas y necesarias con que Dios nos favorece y nos bendice.

Como dice el refrán castellano “es de bien nacidos ser agradecidos”, como no vamos a agradecer a Dios nuestra vida, nuestro ser y sentir y todo aquello que nos rodea.