Mar
4
Feb
2014
¡Señor, escucha mi oración!

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3

En aquellos días, Absalón se encontró frente a los hombres de David. Montaba un mulo y, al pasar el mulo bajo el ramaje de una gran encina, la cabeza se enganchó en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que montaba siguió adelante.
Alguien lo vio y avisó a Joab:
«He visto a Absalón colgado de una encina».
Joab cogiendo tres venablos en la mano, los clavó en el corazón de Absalón, que estaba aún vivo colgado de la encina.
David estaba sentado entre las dos puertas.
El vigía subió a la terraza del portón, sobre la muralla. Alzó los ojos y vio que un hombre venía corriendo en solitario.
El vigía gritó para anunciárselo al rey. El rey dijo:
«Retírate y quédate ahí.»
Se retiró y se quedó allí. Cuando llegó el cusita, dijo:
«Reciba una buena noticia el rey, mi señor: el Señor te ha hecho justicia hoy, librándote de la mano de todos los que se levantaron contra ti».
El rey preguntó:
«¿Se encuentra bien el muchacho Absalón?»
El cusita respondió:
«Que a los enemigos de mi señor, el rey, y a todos los que se han levantado contra ti para hacerte mal les ocurra como al muchacho».
Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir:
«¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quien me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!»
Avisaron a Joab:
«El rey llora y hace duelo por Absalón.»
Así, la victoria de aquel día se convirtió en duelo para todo el pueblo, al oír decir que el rey estaba apenado por su hijo.
El ejército entró aquel día a escondidas en la ciudad, como se esconde el ejército avergonzado que ha huido de la batalla.

Salmo

Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6 R/. Inclina tu oído, Señor, escúchame

Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. R/.

Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R/.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"»
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentran el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Reflexión del Evangelio de hoy

Los relatos narrados por Mateo -la hemorroísa y la resucitación de la hija de Jairo- ocuparán la reflexión. La estructura del texto es en bocadillo: comienza el relato de Jairo, se intercala la hemorroísa y finaliza de nuevo con Jairo. Al leerlos por separado -autónomos-, he visto su paralelo con el sacramento de la reconciliación.

  • “Tu fe te ha curado”

Cuando nos hacemos una herida y nos sale sangre -y más si es abundante-, nos alarmamos y procuramos frenarla y, después, curar la herida. Perder sangre conlleva perder vida. Esto mismo es lo que haría la mujer que padecía abundantes hemorragias. Ella, alarmada por la sangre, procuró siempre cortar las hemorragias; pero, ¿curó la herida? Obviamente no. ¿A qué esperó para curar su herida? A ser elegida. Sí. El número doce en la biblia significa «elección»: las tribus de Israel, los profetas menores, los apóstoles, las legiones de ángeles, las estrellas que coronan a la Mujer del Apocalipsis… Entre tanta gente que rodeaba a Jesús apretujándolo, el texto evangélico nos dice que es la mujer enferma quien, por detrás, le toca el manto. Ni siquiera lo toca a él, sino a su manto. Al punto, es normal que los discípulos le dijeran: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”» Jesús sabía quién le había tocado porque la mujer había sido elegida por él para ser curada su herida. Ella se acerca asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado. Ella comprendió que Jesús la había elegido y que estaba esperándola entre el bullicio. Igualmente, Jesús nos ha elegido y nos espera en el sacramento de la reconciliación. A través de éste es como Él, hoy, cura nuestras heridas. Sin embargo, si nos acercamos al sacramento quizá vayamos asustados y temblorosos -hasta recelosos-, pero ¿llegamos a comprender lo que pasa? La mujer lo hizo y, por su fe, se marchó con paz y salud.

  • “No temas; basta que tengas fe”

Jairo, cuando ve a Jesús se echa a sus pies -igual que la mujer con hemorragias-, pues lo reconoce como señor y comprende cuál es el poder de salvación que trae; mas, en este relato, no hay elección, sino búsqueda. El Jefe de la Sinagoga es quien busca a Jesús y no para él, sino para su hija. Aquí se me hacen presentes las palabras de Sto. Domingo de Guzmán cuando en sus oraciones clamaba a Dios diciendo «¿Qué será de los pobres pecadores?». La reconciliación no sólo es para uno mismo, sino también para acercarla a aquellos que están lejos. Por eso también debemos buscar a Jesús para acercarlo a aquellos enfermos alejados de la curación hablando a Dios de los demás y a los demás hablando de Dios. Volviendo sobre el texto evangélico, cuando Jesús llega a la casa de Jairo hay llantos y gritos de dolor porque la niña está muerta. Sin embargo, él dice: «no está muerta, está dormida». Y es cierto, uno no le habla a un muerto, pues sabe que no puede recibir respuesta; pero sí le habla al dormido porque puede hacerle reaccionar. Por eso que las palabras que recoge Mateo cuando Jesús toma a la niña de la mano -de nuevo el contacto físico como en el relato anterior- son: «Talitha qumi» (contigo hablo, levántate). La gracia de Dios pone en pie y asombra. El sanado por el sacramento se levanta resucitado mientras que el que observa no da crédito de lo que ve. La fe nos hace escuchar y es el medio de la curación: en el primer texto con la propia confesión; y, en el segundo con la oración por un tercero.