Sáb
21
Ago
2010
El primero entre vosotros será vuestro servidor.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 43, 1-7a

El ángel me condujo al pórtico oriental.
Vi la Gloria del Dios de Israel que venía de Oriente, con un estruendo de aguas caudalosas. La tierra se iluminó con su Gloria. Esta visión fue como la visión que había contemplado cuando
vino a destruir la ciudad, y como la visión que había contemplado a orillas del río Quebar.
Caí rostro en tierra.
La Gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental.
Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior.
La Gloria del Señor llenaba el templo.
Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo, mientras aquel hombre seguía de pie a mi lado, y me decía:
«Hijo de hombre, este es el sitio de mi trono, el sitio donde apoyo mis pies, y donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel».

Salmo

Sal 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14 R/. La gloria del Señor habitará en nuestra tierra

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo:
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Reflexión del Evangelio de hoy

Os invitamos a mirar hacia abajo, a las plantas de nuestros pies en un instante de silencio. Es posible que no sea un ejercicio corporal que hacemos frecuentemente, más son las veces que en un suspiro de cansancio, de alegría o de dolor alzamos nuestro rostro en un anhelo de unión con Dios Padre-Madre, que desde pequeños nos lo anunciaron residente del arriba en el cielo. Quizá por eso, con el ánimo de acercarnos más a su supuesta morada, construimos en el pasado grandes torres, altares y retablos apuntando a lo alto, sin darnos cuenta de que lo separábamos del suelo llano, del mismo que sus hijos e hijas pisamos cada día. Pero en el texto de hoy Ezequiel nos anima a recordar que el trono de Dios es la firmeza de la planta donde se posan nuestros pies. El profeta nos recuerda que la gloria de Dios se cuela en nuestras vidas cuando volvemos la mirada a los de abajo, a los seres humanos humillados, a las personas que no se enaltecen, que no se sitúan por encima de nada ni de nadie, que repelen erigirse maestros de nada. Nuestro paso seguro es habitar en su presencia desde lo pequeño, desde cada gesto, desde cada opción por insignificante que nos parezca, desde lo que somos servidores de otros... y la gloria de Yahveh llenará nuestra casa.

Es una llamada también a revisar el grado de coherencia que hay entre nuestro discurso y nuestras actitudes “haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que hacen…”. Hay demasiado sufrimiento en este nuestro mundo globalizante de miseria y desconsuelo, de exclusión y paro, de inmigración, exilio…y, ante este dolor, no podemos permitirnos el lujo de mantener un discurso solidario muy grandilocuente, y que nos granjea una muy buena imagen en nuestra sociedad, en nuestra iglesia, pero vacío de talante y ausente de entrega.

Jesús nos ofrece vivir en la autenticidad y la gracia de la libertad para optar por ella. Podemos darnos en cualquier momento y vivir desde esa generosidad alegre que no busca primeros puestos. Es la alegría de sabernos con las plantas de nuestros pies en su presencia, con sentimientos de encuentro con otros que tienen cuerpo, brillan y nos hacen FELICES. ¡Ánimo!