Sáb
21
Feb
2009
Este es mi hijo amado. Escuchadle.

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 11,1-7:

La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. Por su fe, son recordados los antiguos. Por la fe, sabemos que la palabra de Dios configuró el universo, de manera que lo que está a la vista no proviene de nada visible. Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio mejor que Caín; por ella, Dios mismo, al recibir sus dones, lo acreditó como justo; por ella sigue hablando después de muerto. Por fe, fue arrebatado Henoc, sin pasar por la muerte; no lo encontraban, porque Dios lo había arrebatado; en efecto, antes de ser arrebatado se le acreditó que había complacido a Dios, y sin fe es imposible complacerle, pues el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan. Por fe. Noé, advertido por Dios de lo que aún no se veía, tomó precauciones y construyó un arca para salvar a su familia; por la fe, condenó al mundo y consiguió la justicia que viene de la fe.

Salmo

Sal 144,2-3.4-5.10-11 R/. Bendeciré tu nombre; Señor, por siempre

Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza.
Es incalculable su grandeza. R/.

Una generación pondera tus obras a la otra
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendiga tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-13

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».
Le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Ellas?»
Les contestó él: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Ellas ya ha venido, y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito.»

Reflexión del Evangelio de hoy

¡Qué poderoso es el don de la fe! En Dios Padre-Madre, y a través del instrumento de la fe, todo cobra sentido, todo parece tener un orden, un por qué, una razón. La fe es la constancia de las cosas que se esperan y la comprobación de los hechos que no se ven, decía la carta a los hebreos y, después de esto, nos cuenta cómo es posible Fiarse de Él y no salir defraudado a través de la experiencia que de Él han tenido otros seres humanos. Hoy, que entre nosotros todo necesita ser acreditado y comprobado, la fe irrumpe en nuestro día a día para recordarnos que no precisamos de otra garantía para nuestros sueños, que el encuentro con Dios Padre-Madre es la única seguridad a la que podemos –y debemos- aferrarnos para avanzar.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, transfigurarse significa cambiar de aspecto o de figura. Y la verdad es que nuestra humanidad está muy necesitada de transfiguración. Urgimos de una traza nueva, renovada. Una flamante actitud que transforme nuestra confusión ante el inevitable dolor de nuestro mundo –por otro lado muy similar a la de Pedro- en esperanza firme y consciente de la presencia del Dios de Jesús encarnado, caminando junto a nosotros. Tenemos que ser agentes de transfiguración de la realidad para desviarla sin posibilidad de retorno a la esperanza, a la ilusión, una realidad donde todos los seres humanos encuentren su hueco, especialmente los que más sufren, una humanidad que se enriquezca con la diferencia, que luche y viva para la erradicación del dolor.

El episodio de la transfiguración es, ante todo, un momento, que nos puede resultar muy cercano. Con la venida de Dios Padre-Madre a nuestras rutinas, nuestra vida cambia de aspecto. Esa mezcla de euforia y temor al darnos cuenta de que algo se nos escapa, de que algo más grande que nosostros se está haciendo presente se encuentra definido en la actitud de Pedro: “-Maestro, ¡qué bien que estamos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Las opciones, para ser reales, han de penetrar en las estructuras de dolor del mundo para transformarlas, para transfigurarlas.Y es en el momento en que comprendemos eso que hemos de aprender a morir a toda clase de seguridades para quedarnos con la más valiosa de las garantías: la Fe.