Dom
9
Nov
2014

Homilía Dedicación de la Basílica de Letrán

Año litúrgico 2013 - 2014 - (Ciclo A)

El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Pautas para la homilía

  • El templo de Jerusalén, morada de Dios entre los hombres

Para los judíos, Yahvé era el tres veces Santo: “Santo, santo, santo; llena está toda la tierra de su gloria” (Is 6,3). Así lo recordamos en el Sanctus de la celebración eucarística. Pero era sobre todo en el templo de Jerusalén donde el único Santo posaba su Gloria. Su santidad era el adorno de la casa. Santo y seña de la ciudad, el templo constituía el orgullo de todo el pueblo.

Esa es la Gloria que contempla el profeta Ezequiel en la primera lectura bajo la imagen del torrente de agua “que bajaba de debajo del lado derecho del templo, al sur del altar”. La corriente de agua, símbolo de la vida, se había convertido en un torrente, símbolo de la abundancia de todo tipo de bienes. Por eso la ciudad se llamará “Yahvé está allí” (48, 35) como fuente de gracia y de bendición para todos sus habitantes. Y es que en el templo moraba la Gloria de Yahvé, deseoso de habitar en medio de su pueblo para siempre (43,7).

Ahora bien, en la mentalidad primitiva de la tradición israelita estaban bien definidas las fronteras entre las dos esferas de lo santo y de lo profano. De acuerdo con la constitución fundamental del código de santidad que había de regir la alianza espiritual de Dios con su pueblo (Lv 17-26), era necesaria la purificación ritual de todo cuanto concernía a las celebraciones litúrgicas del templo a fin de que el pueblo pudiera congraciarse con su Dios. Pureza ritual que, en el devenir del mensaje profético, dará paso más tarde a un proceso de interiorización religiosa en el ámbito de la conciencia moral y del cambio de actitudes como anticipo de la enseñanza de Jesús (Mt 15,10-20).

  •  Jesús hablaba del templo de su cuerpo

Dentro del contexto religioso que acabamos de esbozar cobra todo su relieve el relato evangélico de la purificación del templo, en el que Jesús hablaba del templo de su propia persona. Su cuerpo, muerto y resucitado, es ahora el nuevo templo anunciado por los profetas, la morada de Dios entre los hombres, el nuevo lugar de culto en espíritu y en verdad “por el que podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu” (Ef 2,18).

Es el mismo evangelista quien, en el relato de la samaritana, personaliza en Jesús la atrevida imagen del templo evocada por el profeta Ezequiel: “el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14). Jesús es el pozo inagotable del que brotan las aguas vivificantes del Espíritu (7,37-39) y en el que pueden saciar su sed cuantos anhelan y buscan el encuentro con Dios. Será también la imagen evocada por el autor del Apocalipsis al final de su libro, cuando contempla “el río de agua de vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero (Apc 22,1). Se cumplen así las palabras proféticas: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador” (Is 12,3).
En la revelación cristiana, el acceso a Dios pasa siempre por la aceptación del misterio de Cristo en su muerte y resurrección. Por eso el pueblo cristiano, reunido en torno a Cristo, se identifica con su misterioso camino de abajamiento y exaltación. Por eso mismo responde y acoge con un sincero y rotundo “amén” la solemne proclamación del sacerdote en la eucaristía: “por Cristo, con él y en él…”. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.

  •  Somos templo de Dios

Por la fe bautismal, el cristiano se incorpora a la Iglesia del Señor, templo de Dios y morada del Espíritu en Cristo Jesús. Es esta dimensión eclesial la que configura su identidad como miembro del Cuerpo de Cristo, el Señor de la gloria. Somos templo de Dios en el seno de la Iglesia del Señor.

Desde esa perspectiva podemos decir que el bautizado participa del mismo Espíritu del Señor con el que fue ungido Jesús, vocacionado “para hacer el bien y curar a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38). Es así como el bautizado responde a su verdadera condición cristiana de templo de Dios en la medida en que oficia su liturgia diaria acompañando y atendiendo a cuantos encuentra en su camino, hijos de Dios y hermanos en Cristo Jesús.

Como nos recuerda el Apóstol, todos somos colaboradores en la edificación del templo de Dios. Ahora bien, su advertencia es clara: “Mire cada cual cómo construye (si con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja), pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo”. Como piedras vivas y espirituales del templo de Dios (1 Pe 2,5), somos llamados a ejercer con responsabilidad el sacerdocio del pueblo santo, a ofrendar una vida cargada de frutos de buenas obras. Ese es el verdadero culto espiritual, el sacrificio vivo, santo y agradable a Dios en Cristo Jesús (Rm 12,1).