Dom
29
Abr
2018

Homilía V Domingo de Pascua

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

Sin mí no podéis hacer nada

Pautas para la homilía

La primera referencia a la «viña» se encuentra en un texto del profeta Oseas (10,1) y en otro del profeta Isaías (5,1-7), ambos del siglo VIII a.C. Después aparece sucesivamente en Jeremías (2,21; 5,10; 6,9; 12,10), Ezequiel (15,1-8; 17,3-10; 19,10,14), en el Salmo 80,9-19 y en el Cantar de los Cantares (2,5; 7,13). Los evangelios sinópticos cuentan como parábola el relato de Jesús (Mc 12,1-12; Mt 21,33-46; Lc 20,9-19), modificando el canto de Isaías: Israel no aparece como la viña imagen del pueblo, como la esposa, sino que se trata del propietario que reclama a los labradores el fruto que le corresponde. Los profetas han sido los encargados de recoger el fruto, pero los profetas han sido maltratados e incluso asesinados por los labradores. Ante esta situación el dueño de la viña envía a su «hijo predilecto», a quien los labradores eliminan pensando quedarse con la viña en propiedad.

La pregunta de Jesús a sus interlocutores es la siguiente: «¿Qué hará el dueño de la viña?» (Mt 12,9). Conocemos la respuesta: «Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros» (Mc 12,9). Todos los que escuchan a Jesús «comprendieron que había dicho la parábola por ellos» (Mc 12,12).

¿Cómo reaccionamos nosotros ante lo que cuenta Jesús? ¿Consideramos la parábola como algo limitado al tiempo de Jesús con sus interlocutores o más bien la entendemos como algo en lo que estamos implicados directamente? A través de la parábola el Señor trata de establecer un diálogo personal con cada uno de nosotros, de manera que lo que dice el Señor no queda relegado al pasado, pues la Palabra de Dios es «viva y eficaz» (Hb 4,12) y nos interpela personalmente.

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador” (Jn 15,1) 

Este modo de hablar de Jesús indica que él se identifica con la viña, él mismo es la viña, que no es una simple criatura de Dios, sino que en Jesús-viña, Dios mismo se hace viña y es Dios mismo quien vive en la viña.

Así es como queda superada la forma del relato evangélico, primero la parábola y después la alegoría. La realidad deja de ser forma literaria para llegar a la identificación, primero con la persona de Jesús, que es viña, y después, mediante Jesús, es el mismo Dios-Padre que se identifica con la viña.

El fruto que Dios espera de nosotros es el amor, manifestado ya en Jesucristo hasta el punto de subir a la cruz y de entregarse a la muerte por nosotros, a quienes llama «amigos» (Jn 15,15). Jesús, amigo nuestro, garantiza su presencia en medio de nosotros, más aún, «en nosotros» hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). 

“Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4)

La relación de amistad que el Señor establece con nosotros implica por nuestra parte «permanecer en él». Esta realidad se expresa de diferentes maneras, insistiendo en el mismo hecho: «el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5);  «al que no permanece en mí lo tiran fuera…» (Jn 15,6); «si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 15,7); «si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10).

Que no se nos escape la insistencia del verbo «permanecer» que, a lo largo del relato, se repite diez veces, indicando la perseverancia para vivir en comunión de vida con el Señor mediante la fe, la esperanza y el amor, afrontando todas las dificultades que encontramos a lo largo del camino de nuestra vida.

En el mismo tema abunda la segunda lectura: «Quien guarda sus mandamientos (los de Jesucristo) permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio» (1 Jn 3,24). Guardar los mandamientos de Dios quiere decir no amar solo de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

Obras son también las que sirvieron para que san Pablo fuese admitido en la comunidad de los discípulos, gracias al buen hacer de su amigo Bernabé. La primera lectura propone este episodio, muy real, primero de  desconfianza en la persona del perseguidor Saulo de Tarso y, sucesivamente, de acogido en la comunidad cristiana, una vez que Pablo  «contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había actuado valientemente en el nombre de Jesús» (Hch 9,27).

Este es el desafío que el Señor nos presenta: ser testigos creíbles de su resurrección, no en teoría sino con el testimonio de nuestra vida, una vida que queda totalmente transformada en la medida en que vivamos nuestra unión con Jesucristo, que nos repite: «Sin mí no podéis hacer nada».