Sun
27
Jun
2010

Homilía XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado

Pautas para la homilía

Las lecturas de hoy rebelan los dos elementos constitutivos de la Iglesia y del ser cristiano: la comunión entre hermanos de que habla Pablo fundada en la ley fundamental del amor al prójimo como uno mismo, y la misión por el Reino que define el ser misional del cristiano. En estos dos elementos, la clave es la libertad. En efecto, nadie puede amar al prójimo como a sí mismo si no es radicalmente libre; del mismo modo, la misión del Reino exige plena libertad. Y para ambas condiciones del ser cristiano (siendo, en el fondo, un misma y única condición) Cristo nos liberó. El secreto de esta libertad es el Espíritu Santo, al que Cristo envía en Pentecostés.

A fin de advertir estos rasgos de nuestra identidad, resulta interesante provocar el contraste entre la primera lectura y el evangelio, un contraste que, en este caso, nos viene dado. Las dos lecturas refieren una clara invitación a la tarea profética, al trabajo encomendado por Dios. En ambas lecturas, se exige una ruptura con la vida anterior. Sin embargo, el contraste entre los nos lo marca la sorprendente dureza de Jesús en relación a la compresión de Elías. En ambas lecturas hay una pregunta formulada, ¿quién te lo impide?, que, en el caso del evangelio, no está explícita, pero aún con todo es evidente. Sin embargo, el sentido de esta pregunta en cada texto es completamente diferente. En el caso de Eliseo, ¿quién te impide despedirte de tu familia y tu vida previa?; en el caso del evangelio, ¿quién te impide ponerte inmediatamente a disposición de la misión?

Es interesante notar a quién está dirigida la invitación. En el caso de la primera lectura, aquel llamado a la misión profética es alguien claramente identificado, con nombre: Eliseo, hijo de Safar. En el evangelio, no hay nadie identificado, sino que habla de “uno y otro en el camino”, cuyo anonimato los identifica como representantes simbólicos de los miembros de la Iglesia (“el camino”). Esto es, mientras que en el Antiguo Testamento, personas concretas son elegidas para la misión, en el Nuevo Testamento, todo el pueblo, todo discípulo, es por definición misionero, profeta del Reino de Dios. ¿Qué explica este cambio? Sencillamente, que la promesa de Dios de que todo el pueblo profetizaría se ha cumplido. La promesa del Espíritu derramado sobre todo el pueblo se ha cumplido en Pentecostés: sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños (Hch 2,17). En el caso de Eliseo, esta posesión del Espíritu queda simbolizada en el gesto del manto con que Elías le cubre.

Es esta posesión del Espíritu la que hace al cristiano libre, libre para amar al prójimo, libre para la misión del Reino. Radicalmente libre. El fuego del Espíritu, fuerza arrebatadora, es puro movimiento hacia delante, pura proyección hacia el frente, pura corriente de novedad sin límite. El cristiano tiene su referencia en el futuro, no el pasado; en lo desconocido, no en lo seguro. El cristiano tiene su referencia fuera de sí, porque tiene el motor de su existencia dentro de sí. El pueblo judío, sin la donación del Espíritu de Jesús se movía a ciegas siguiendo una Ley externa; el cristiano tiene su dinamismo en una Ley interna. El judío, doblegaba la carne para cumplir la Ley; en el cristiano, la posesión del Espíritu potencia su condición terrena. El judío se encuentra con el límite de su condición carnal; en el cristiano, el Espíritu rompe todo límite y plenifica la condición humana.

En varios pasajes, los evangelios hacen referencia a estos límites de la carne: Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt 5, 46-48). Asimismo, en numerosas ocasiones se pone en boca de Jesús expresiones del tipo: Habéis oído que se dijo:... Pues yo os digo; o: dice la Ley de Moisés:… Pues yo os digo. En todas ellas, Jesús ofrece una interpretación en el sentido de la radicalidad. En efecto, todas estas antítesis sirven no como contraposición a la Ley o la Tradición sino para denotar una plenitud de la que la Ley de la que habla Pablo no es sino un sustituto externo, provisional y condicionado a la espera de la venida del Espíritu. Si nosotros, cristianos, no asumimos la radicalidad de la propuesta, estamos negando el Espíritu que se nos ha dado y rechazando la libertad radical que nos da. En el fondo, tenderemos a vivir un cristianismo limitado, acotado y condicionado, un cristianismo de cumplimiento, no el verdadero cristianismo. Un cristianismo carnal en el sentido paulino, pero no encarnado; un cristianismo que busca espiritualidad, no un cristianismo desde el Espíritu. Pero, ¿cuál es esa radicalidad que se nos pide y que al evangelio de hoy nos remite? Sencillo: la hermenéutica que sostiene el evangelio de hoy es el Sermón de la montaña en Mt 5-7. Si no se asimilan estos tres capítulos, difícilmente podrán comprenderse el evangelio de hoy. Si no se vive el contenido de estos tres capítulos, difícilmente se podrá contribuir a la misión por el Reino. Vivir este mensaje sólo es posible por la posesión del Espíritu, sólo es posible en la radical libertad que el Espíritu nos da. Pero siempre queda la posibilidad de renunciar a esta libertad. En este caso, el evangelio nos recuerda que quien a esta libertad renuncia no vale para el Reino. Entonces, viene la pregunta ¿a ti quién te impide ser radicalmente libre? Si esa libertad está comprometida, también lo estará la propia identidad cristiana.

Ahora bien, una cuestión final aquí se suscita: si Eliseo estaba en posesión del Espíritu, ¿por qué se detiene a hacer el sacrificio y compartirlo con su gente antes de ponerse a la misión? Podemos entender aquí un gesto simbólico: Eliseo está ofreciendo en el sacrificio lo que han sido los elementos de su antigua vida, esto es, los bueyes y el arado. El cristiano ya no ofrece sacrificios cruentos: Jesús fue la definitiva ofrenda. Pero el gesto de comensalidad de Eliseo con los suyos antes de partir a la misión nos recuerda que nosotros, cristianos, también partimos a la misión tras un momento de comensalidad común con la comunidad. El gesto de Eliseo tiene profundos rasgos eucarísticos. En este caso, detenerse para esta comensalidad no es impedimento, sino posibilidad, refuerzo; pero también reconocimiento de una misión común, pues como dice Jesús: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mt 12, 48-50).

Esta es la identidad del cristiano liberado por Cristo para ser libre, plenamente libre.