Dom
22
Mar
2020

Homilía IV Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Él fue, se lavó, y volvió con vista

Pautas para la homilía

La ceguera como incapacidad visual

La ceguera biológica, si bien es una incapacidad para ver, mirar o contemplar, no es una incapacidad para vivir, sentir o pensar. Integrada positivamente en el marco de la propia existencia, la ceguera podría ayudar a desarrollar los otros sentidos, a través de los cuales se podrían tender puentes hacia la vida y hacia las personas. Al mismo tiempo, se puede decir que una incapacidad visual no impide desarrollar el sentido moral, el juicio crítico o la búsqueda de Dios.

“Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento” (Jn 9,1), pero sus discípulos sólo pueden ver a un pecador. Los vecinos del hombre ciego sólo ven a un mendigo que pide limosnas y los fariseos “no ven” al ciego, sino que centran la mirada en aquel que le devuelve la vista transgrediendo el sábado. Cada uno puede ver de acuerdo con las claves de lectura que lleva en el corazón. Cada uno puede ver de acuerdo con la imagen de Dios que sostiene su fe.

Sólo Jesús reconoce en el ciego una persona. Sólo Jesús ve en el ciego a alguien en quien se pueden manifestar “las obras de Dios” (cf. Jn 9, 3b). A través de la humanidad de su mirada, Jesús revela la mirada de un Dios que “ve el corazón” (1Sam 16,7).

La ceguera como incredulidad

La ceguera de fe o incredulidad nace de la propia libertad: se elige y se decide no querer creer. Se elige y se decide cerrar el corazón y la inteligencia al misterio.

Creer exige animarse a desinstalar determinados esquemas, arquetipos o ideas que pueden cerrar el corazón y la inteligencia convirtiendo a una persona buena en un fundamentalista. Los fariseos eligen no creer en el signo realizado por Jesús, porque eso los llevaría a creer en la persona y en la palabra de Jesús. En consecuencia, se cierran en un juicio superficial que los hace desviar la mirada de lo que Jesús hace en el ciego de nacimiento para centrar la mirada en la transgresión a la Ley. Un agravante a esta situación será buscar justificar su posición religiosa y moral en el testimonio de la familia del hombre ciego.

La cerrazón libre y consciente (del corazón y de la inteligencia) a la fe constituye un pecado grave que revela una obstinación narcisista y un hermetismo espiritual, teologal y moral, ya que cerrarse a la fe implica cerrarse a la misericordia y a la comunión.

La ceguera como camino hacia Jesús

Para el ciego de nacimiento, la ceguera no fue un obstáculo. Tampoco fue una fuente de resignación. Mucho menos fue un impedimento para creer. Su ceguera atrajo la mirada de Jesús. Algo en su corazón lo hizo confiar en Aquel a quien no veía. “El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía” (Jn 9,7).

Jesús realiza un signo que cambiará radicalmente la vida del hombre ciego. Todo signo en el contexto joánico tiene una función reveladora y pedagógica. Jesús se revela como “luz del mundo” (cf. Jn 9,5), una luz que ayuda a ver, mirar y contemplar como lo hace Dios: en clave esperanza y en clave de reconciliación. La pedagogía de la verdad implicará, en términos paulinos, “vivir como hijos de la luz”, lo cual se traducirá en una búsqueda de “la bondad, la justicia y la verdad”

La fe ayuda a ver más allá de lo evidente, de lo inmediato y de lo superficial. La fe ilumina la inteligencia y los sentidos para descubrir y reconocer lo bueno, lo bello y lo verdadero que hay en las personas y en los acontecimientos. La fe le permite al ciego de nacimiento reconocer que Jesús viene de Dios y puede realizar sus obras. Pero también le permite, junto con la capacidad biológica de ver, contemplar el rostro de Jesús y confesar: “Creo, Señor” (cf. Jn 9,38).