Dom
20
Mar
2016

Homilía Domingo de Ramos

Año litúrgico 2015 - 2016 - (Ciclo C)

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

Pautas para la homilía

  • ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

La procesión de los ramos imita a la que se realizaba en Jerusalén, desplazándose la comunidad desde el monte de los olivos hasta la ciudad santa y cantando: "Bendito el que viene en nombre del Señor".

Eran sobre todo los niños los que llevaban en sus manos las palmas y los ramos de olivo, entonando con júbilo cánticos de alabanza. Así se rememoraba la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

Ese es el aspecto luminoso de la celebración de este domingo. Se aclama a Jesús como el Mesías tanto tiempo esperado, que va a reinar por fin en el mundo. Para los cristianos es ya un vislumbre de la resurrección gloriosa del Señor y justifica la alegría que se desprende de los cantos litúrgicos que acompañan la procesión.

La Iglesia hace suyos, refiriéndolos a Cristo, los cantos que el AT entonaba glorificando a Dios: "Del Señor es la tierra y cuanto la llena; él es el Rey de la gloria" (Sal 23). "¡Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo!" (Sal 46) "Tú eres el Rey, el Señor, el Dios Fuerte, la Vida que renace del fondo de la Muerte" (cántico procesional).

  • ¡Crucifícalo, crucifícalo!

El Domingo de Ramos anuncia también la pasión de Jesús. Las lecturas bíblicas evocan el sufrimiento del Siervo de Yahvé, ese personaje misterioso entrevisto por el profeta Isaías en varios momentos de su libro.

El relato del evangelista Lucas es el que contemplamos este año. Jesús aparece como el siervo sufriente de Is 53; su camino hacia la cruz conduce a la gloria, respondiendo al plan de Dios sobre la salvación, anunciado en los profetas. Su relato tiene afinidad con las tradiciones joánicas. El inocente es fuente de salvación para todos los que le encuentran en el camino de la cruz.

La culpabilidad se desplaza hacia las autoridades judías. Es cierto que el pueblo pide la muerte de Jesús y el indulto de Barrabás, pero Lucas presenta a la multitud, al final, observando pasivamente la escena e incluso golpeándose el pecho arrepentida.

  • Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

En Jesús crucificado se revela la misericordia de Dios hasta el punto de exculpar a los mismos verdugos de su Hijo.

No sólo eso. Uno de los malhechores crucificados con él expresa misteriosamente su confianza en la soberanía de Jesús sobre la muerte, pidiéndole que no le olvide cuando llegue a su reino. Y Jesús le promete que estará junto a él aquel mismo día en ese reino en el que va a entrar triunfante, como lo preludiaba ya su entrada en Jerusalén.

Lucas concluye la narración de la muerte de Jesús en la cruz poniendo en sus labios aquellas palabras de infinita confianza en el que siempre le acompañó, aun en aquel momento de supremo abandono: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu".

  • ¿Cómo predicar esa desconcertante paradoja?

Si nosotros tenemos que hablar, en un mismo día, de esos dos aspectos tan opuestos entre sí, ¿cómo lo haremos? Nuestra predicación tiene que mostrar tanto la ruptura como la continuidad entre esos dos momentos de la vida de Jesús. Y tiene que hacerlo como sólo pueden hacerlo los cristianos: a la luz de la resurrección.

Nuestra predicación habrá de mostrar que aquel pueblo fue parcial en sus criterios y voluble en sus sentimientos, a la vista de lo sucedido en Jerusalén. Y que ese pueblo somos nosotros, capaces de lo mejor y lo peor en el plazo de una sola generación. Y aun, quizá, en un mismo día.

Es necesario poner de manifiesto el sentido auténtico del mesianismo de Jesús. Este mesías será un mesías humilde, sufriente, sometido a la arbitrariedad de los juicios humanos, víctima de una sentencia injusta. Y, sin embargo, capaz de transformar la vida entera de los pueblos por la fuerza del amor. Un amor que acoge la muerte para vencer desde la cruz su poder destructivo y abrir un camino de esperanza a las aspiraciones más profundas de la humanidad.

¿Quién cambió los ramos de olivo jubilosos por el madero ensangrentado del profeta? Un pueblo insensato y vacilante. Pero Dios hizo brotar de él la nueva vida, injertando en su tronco la verdad de su promesa.