Dom
2
Dic
2018

Homilía I Domingo de Adviento

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación

Pautas para la homilía

En el sinsentido humano, una presencia salvadora

«Suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra». Es la primera venida del Señor, anunciada por Jeremías. El anuncio de Jesús es muy distinto: la destrucción de Jerusalén y los signos que precederán al fin de los tiempos. Son señales que condensan la ruina del mundo.

Para el pueblo judío, viendo la vieja tierra de las promesas en ruinas, el aviso era claro: el tiempo de la tierra se terminaba y sobre su ruina se perfilaba el fin del cosmos. Todo giraba sobre el trasfondo amenazante de la muerte y cabía todo menos la esperanza.

Para nosotros, cristianos, esas situaciones ofrecen una enseñanza. En el corazón de los fracasos humanos estamos llamados a descubrir una palabra de vida, una presencia salvadora que nos llama. El Hijo del Hombre se acerca a donde el cosmos y la humanidad naufragan en la muerte. La invitación resulta sorprendente: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

«Levantaos»: Es un llamado a cada uno y también a animarse unos a otros. «Alzad la cabeza», como quienes recuperan la confianza y miran al futuro no solo desde sus propios cálculos y previsiones. «Se acerca vuestra liberación», se abre la posibilidad de que un día dejéis de vivir oprimidos, tentados por el desaliento. Jesucristo es vuestro Liberador.

Pero cuidado. Hay maneras de vivir que no permiten caminar con la cabeza levantada confiando en una liberación definitiva. «Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida». Es real el peligro de acostumbrarnos a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar la vida de bienestar y placer, de espaldas al Padre del Cielo y a sus hijos que sufren en la tierra. Un estilo de vida que nos hace cada vez menos humanos.

«Estad, pues, despiertos en todo tiempo». Despertad la fe. Estad más atentos a mi Evangelio. Cuidad mejor mi presencia en medio de vosotros. Una forma concreta: La Iglesia hace tiempo viene proponiendo iniciación cristiana, reiniciación, nueva evangelización… como encuentro personal con Jesucristo.

En él –no en los fracasos históricos, no en un futuro lejano– está el sentido de la historia, sembrado como germen de muerte y salvación en nuestra tierra. Vino, vendrá, y también viene, en tiempo presente. Viene en nuestros sufrimientos y fracasos. En la falta de sentido de realidades en las que se deteriora cada día la vida física y la vida moral de las personas. Aunque sea difícil creerlo, hoy también está viniendo Jesucristo. La victoria no es del mal ni de la muerte; es de quien venció a la muerte y nos llama a mantener su testimonio y a seguirle en el camino que ha trazado.

La importancia de vigilar

Confiar en las promesas de Dios exige dejarnos guiar por Él, y también reconocer que muchos de nuestros caminos no han sido los suyos. Nos conviene estar atentos y vigilantes.

En el Adviento convergen tres realidades de Cristo: vino en Belén, vendrá en los últimos tiempos, viene hoy en la historia. Vigilancia y esperanza son importantes en cada una de esas dimensiones. Los profetas supieron mantener esas actitudes en el pueblo de Israel. La plenitud de Jesucristo se realizará en un mañana de muerte y resurrección universal.

Pero las palabras de Jesús son también para nosotros hoy. Vivimos con angustias y miedos, como los que Jesús mencionó al hablar del cosmos con un lenguaje adaptado a la cultura de su tiempo. Las angustias e inseguri­dades de hoy las causan crisis económicas, conflictos sociales, carencias en las necesidades básicas, frustración, diversas formas de delincuencia, pérdida de valores morales, corrupción administra­tiva, etc.

Las palabras de Jesús no nos evitan los problemas y la inseguridad, pero nos dan una luz para afrontarlos. Las causas de angustia lo son para todos. Pero los cristianos deberíamos tener actitudes y reaccio­nes distintas de quienes no viven cristianamente. La esperanza nos permite confiar en las promesas de Dios y descubrir su paso en el drama de la historia.

Se nos hace difícil reconocer nuestras debilidades, miedos e incertidumbres, tanto como descubrir las señales de la presencia de Jesús en las realidades que vivimos. Pero eso no debe paralizarnos como cristianos en el mundo, ni dejarnos en una espera pasiva. La salvación es fruto de la gracia de Dios, pero empieza a realizarse ahora como fruto también del esfuerzo humano, de trabajar para que las promesas que creemos se hagan realidad ya en nuestras vidas.

Seamos justos, alegres y solidarios. Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento. Seamos hombres y mujeres esperanzados y esperanzadores. Creamos realmente que el amor trasciende toda frontera, trabajemos para que se cumplan las promesas de Dios y vivamos así nuestra espera en el Adviento.