Dom
17
Feb
2019

Homilía VI Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Dichoso el que ha puesto su confianza en el Señor

Comentario bíblico
de Fr. Gerardo Sánchez Mielgo - Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)



Primera lectura: (Jeremías 17,5-8)

Marco: Es un oráculo de carácter sapiencial. Sólo en Dios hay fuerza y garantía de conseguir el fruto y el resultado adecuado para los hombres.

Reflexiones

1ª) ¡Confiar exclusivamente en el hombre conduce al fracaso!

Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un árbol en la estepa. Es frecuente encontrar en la Escritura y, por tanto, en la historia de la salvación, un contraste entre la bendición* y la maldición. Por tanto, maldición y bendición alcanzan la intimidad del hombre, allí donde se decide su destino. El estilo sapiencial de enseñar gusta de contraponer conceptos, situaciones, actitudes, para mostrar las dos caras de la realidad. Jeremías participa, en este texto, de esa misma corriente. Cuando el Segundo Isaías (Is 40-55) quiere describir el resultado de la liberación del exilio de Babilonia (entendido como nuevo Éxodo) lo describe con las mismas imágenes: el desierto se transformará en un vergel abundante en agua, frutos y vegetación exuberante. Jeremías advierte que quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando el corazón de su Dios, tiene cerrado el camino de la esperanza. Utiliza el recurso del paralelismo sinonímico según el cual hombre y carne* (basar) tienen el mismo sentido. Todas estas imágenes nos advierten de la fragilidad del hombre y, por tanto, de la debilidad de sus esperanzas cuando se cierra en sí mismo. El hombre y la historia humana no tiene la razón de su sentido en sí mismos sino en la apertura al Otro de quien procede.

Segunda lectura: (1 Corintios 15,12.16-20)

Marco:continúa la lectura del domingo anterior.

Reflexiones

1ª) ¡Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado!

Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. No solo en el mundo griego, sino en toda la humanidad, se plantea el mismo interrogante a partir de la misma experiencia. Que la muerte es una realidad tangible y trágica no es una cuestión de grandes reflexiones, basta con observar atentamente la experiencia humana que nos rodea. En los círculos más íntimos, como la propia familia, la muerte es una realidad que desgarra, que desmonta nuestra vida. Los griegos de Corinto plantean un problema serio y grave a la fe: vosotros decís que Cristo, el que proclamáis como Salvador definitivo de la humanidad, ha muerto. Nosotros sabemos por experiencia que la muerte es el final, bien es verdad que aceptamos el mundo feliz de las ideas. Pero la realidad humana tangible desaparece para siempre. Por lo tanto, si Cristo ha muerto realmente no ha podido resucitar. Su razonamiento se puede expresar así: los muertos no resucitan (dato universal deducido de la experiencia); Jesús ha muerto (es lo que nos decís vosotros); por tanto, la lógica consecuencia es que Jesús no ha resucitado. Pablo cambia la lógica humana, por la lógica de Dios o del Espíritu, que podríamos llamar analógica o lógica superior. Y lo presenta así: Cristo, modelo para el destino de la humanidad, ha muerto realmente; pero ha resucitado realmente y para siempre y ha abierto las puertas de la eternidad como oferta definitiva de vida; por tanto, la consecuencia es que existe la resurrección de los muertos (venturosamente para los hombres). El problema surge de la experiencia trágica; la respuesta arranca de un acontecimiento que, ocurrido realmente, trasciende el ámbito de la historia y de la experiencia humana. Pero esta oferta se asienta sobre otra actitud del hombre: la apertura al Dios de la vida que se ha hecho presente en Jesús en medio de la humanidad. Sigue teniendo vigencia, porque la muerte es el enigma inexplicable que atenaza la vida del hombre.

Evangelio: (Lucas 6,17.20-26)

Marco: El contexto es la versión lucana del sermón de la montaña. En concreto es la proclamación de las bienaventuranzas. Lucas recoge solo cuatro bienaventuranzas, mientras Mateo refiere ocho. Las bienaventuranzas son congratulaciones de Jesús que han de ser interpretadas dirigiendo la mirada en tres direcciones: al presente (situación en que se encuentran los hombres); al pasado (quién las proclama y quién sale garante de su eficacia); al futuro (sólo las pueden vivir los que son movidos por una gran esperanza que se recibe como don gratuito de Dios).

Reflexiones

1ª) ¡La fuente y el programa de la verdadera dicha del hombre!

Las bienaventuranzas evangélicas son una bendición* de Dios en Cristo. En segundo lugar, las bienaventuranzas evangélicas las proclamó Jesús para vivirlas en este mundo. Es necesario proclamar, oportuna e inoportunamente, esta verdad consoladora: las bienaventuranzas son para aquí y ahora. En tercer lugar, las bienaventuranzas, si nos atenemos a la terminología de la Escritura y, especialmente, al talante de la predicación de Jesús, habría que definirlas como congratulaciones suyas: Os declaro felices a todos y me congratulo con todos vosotros (pobres, afligidos, hambrientos, perseguidos), porque yo sé muy bien cómo os mira mi Padre celestial. Unas congratulaciones que os desbordan por todas partes. No es la persecución ni la pobreza el motivo de vuestra felicidad, sino el lugar que ocupáis en el corazón de mi Padre celestial amoroso, generoso y bondadoso. Sólo desde esta utopía* se pueden entender las bienaventuranzas que yo os proclamo. En cuarto lugar, Jesús quiso que fueran respuestas concretas para el hombre concreto. Se congratula con todos los pobres del mundo, con todos los afligidos y con todos los que padecen el hambre, la marginación, la segregación. Las bienaventuranzas de Jesús alcanzan el corazón de los problemas humanos. Y quiere ofrecerles una respuesta que sólo él puede dar. No son las bienaventuranzas de Jesús ni una panacea estéril, ni una huida de la tragedia que sufre la humanidad. Son una respuesta que sale al encuentro del hombre real, en su experiencia real y variada. Sólo así será un mensaje creíble y asumible por el hombre de hoy. Dios no quiere el sufrimiento, pero ama a los que sufren y les prepara un verdadero y definitivo consuelo. Dios no quiere la persecución por la justicia, por la verdad, por Jesús en definitiva, pero ama, protege y asiste a los perseguidos. Y así con el resto de bienaventuranzas. Dios responde, a través de Jesús, del Espíritu y de la Iglesia ahora, a los hombres que caminan por el mundo.

2ª) ¡Espejismo y fragilidad de los motivos de dicha elegidos por los hombres!

¡Ay de vosotros los ricos... En el relato de Lucas, y sólo en el relato de Lucas, encontramos este desconcertante contrapunto. Jesús sabía muy bien que era desconcertante en su entorno (como lo es siempre). Jesús sabe que los hombres buscan ansiosamente su felicidad en los bienes, en el prestigio, en el poder. Por eso su advertencia a los hombres llega a la intimidad de su corazón. A lo largo de su relato evangélico, Lucas vuelve una y otra vez sobre este asunto resumido en estas cuatro malaventuranzas o contra-congratulaciones de Jesús. No es un mensaje aislado. Así como con las congratulaciones descubrimos que Jesús llega a los anhelos del hombre y a sus más profundas necesidades, con las malaventuranzas denuncia el falso asentamiento ofrecido por el hombre como fuente de felicidad. Hay que notar cuidadosamente el juego que Lucas busca muy conscientemente entre el ahora y el después, tanto en las congratulaciones como en las malaventuranzas. Ese es el secreto: buscar el sentido de la vida en la realidad intrahistórica sin utopía*, o buscarlo en la utopía de Jesús. Jesús anuncia y es, definitivamente, el otro lugar ofrecido a la humanidad como clave de interpretación de la historia humana. Desde ese otro lugar, que su Persona y su obra (en cuanto concreción y personificación del reino), todo tiene otro sentido. Como sucedió con el mensaje de los profetas, también Jesús encontró (y encuentra) la incomprensión y el rechazo. Los discípulos de Jesús de hoy son invitados a creerse esta palabra, aceptarla con apertura de fe, vivirla paso a paso en el transcurrir cotidiano de sus vidas inmersas en el mundo y proclamarlo con el testimonio y con la vida. El programa de las bienaventuranzas es posible y la única respuesta para que los hombres puedan ser realmente felices, ya aquí y ahora, en cualquier situación en que se encuentren. Pero alentados por una sólida y consoladora esperanza.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)