Ago
Homilía XX Domingo del tiempo ordinario
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)
“ Ten compasión de mí, Señor ”
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Reflexión del Evangelio de hoy
Mi salvación está por llegar
El pueblo de Israel, que se consideró el elegido por Dios para manifestar las maravillas de la salvación, siempre tuvo miedo a los extranjeros. Tal vez por su situación geográfica, por sus problemas reales con otros pueblos o las maneras de entender la realidad se fue encerrando en sí mismo. Hasta el punto de considerar como peligroso todo lo que viniera de fuera. “Los paganos”, quienes no tenían acceso a Dios, porque ellos mismos se lo negaban eran, siempre, “los enemigos”. Sin embargo, una de las experiencias históricas más dolorosas, el exilio a Babilonia, se convirtió en una oportunidad para intentar comprender a Dios de otra manera. Fue ciertamente una minoría la que se empezó a cuestionar que tal vez los “no judíos” también podrían ser invitados al plan de salvación. Por encima de la procedencia, la cultura o la raza.
Fue el tercer Isaías (capítulos 56 a 66 del libro) una de las figuras más señeras en defender una salvación universal para todos los pueblos y criaturas. Bastaba con vivir rectamente y buscar a Dios con sinceridad a través de la Ley y el cumplimiento del Sábado. La salvación que Él ofrece no es real, ni tampoco completa, cuando separa o excluye, sino cuando hermana, acerca y facilita el encuentro. ¡Seguimos buscando esa salvación para “todos, todos, todos”!
Mi casa es casa de oración para todos los pueblos
Las ideas de Isaías convivían con los planteamientos exclusivistas más radicales que se arrastraban del pasado. El profeta era una voz discordante que apuntaba a un futuro diferente, como Dios lo soñaba. El texto de hoy utiliza la imagen del Templo: el lugar de los sacrificios para las personas puras está llamado a ser, en la mente de Isaías, el espacio de la oración universal para las gentes de buen corazón. De la religión del cumplimiento y el exclusivismo se debe pasar a la fe que se centra en el encuentro, la fraternidad, la rectitud, la dignidad humana. ¡Así lo aprendemos de Jesús! Porque según entendamos nuestras prácticas religiosas, así entenderemos a Dios y también a los hermanos.
Para tener misericordia de todos
Pablo expresa en este texto a los Romanos su propia confesión: su predicación misionera ha sido, en general, un fracaso entre los israelitas y ha recibido aceptación en los ambientes paganos. ¡Lo que él, judío de vocación y educación, nunca hubiera imaginado! La salvación de Dios, su amor, su llamada a la vida plena, no se encierra en culturas, tradiciones o instituciones. Todos están llamados a alcanzar misericordia. Porque la iniciativa de la gracia no viene de las personas o de nuestros planes humanos: es don del Señor; o mejor dicho, es el corazón de su proyecto, que todos se salven, que nadie se quede fuera… Nuestros grupos pueden crear barreras o separar, tristemente. Pero Dios desborda lo que nosotros creamos, y tiene el empeño de que su bondad alcance a todos. ¡Y no parará hasta conseguirlo, incluso a pesar de nuestra propia cerrazón!
Ten compasión de mí, Señor
Es curioso el encuentro de Jesús con la mujer cananea que se acerca a Jesús, gritando de dolor, pidiendo la curación para su hija. Estamos en territorio pagano, en la zona de Tiro y Sidón. Allí no hay judíos, y según la mentalidad de los discípulos, nadie va a pedir a Jesús nada: no tienen acceso a las cosas de Dios. Por eso sorprende el encuentro y la ironía que Jesús utiliza. Una mujer pagana, que pide salud para otra persona, grita y entra en un diálogo profundo con el Maestro. Se mueven en las claves del judaísmo más intransigente, que -seguro- ninguno de los dos comparte. Jesús se niega a sanar a alguien que no sea de las “ovejas” de Israel; ese era el lenguaje tierno de los profetas para hablar del pueblo elegido. La mujer se reconoce como pagana, “perro”: ¡utiliza un insulto horrible entre los judíos para sí misma! Esa confrontación es alimentada por los discípulos: “Atiéndela, que viene detrás gritando”, “haz que se calle y nos deje en paz”.
Una expresión de la mujer hace girar por completo la actitud de Jesús: “los perritos también tienen derecho”. ¡No puede ser más sincera! Esa simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos. Lo mismo que quien pone la mesa desea alimentar a todos los que se sientan en ella, y que sus sobras lleguen a los hambrientos, las cosas de Dios, por designio suyo, no son propiedad únicamente de un pueblo.
Grande es tu fe
Su hija quedó curada, aunque eso fuese lo de menos. Su confesión de fe hizo de ella torrente, acequia, de la vida y sanación de Dios para su hija. Solo su palabra. Solo la certeza que había en su mente (Dios es para todos). Solo el amor que movía su corazón. Y eso es lo importante del relato: hay muchos que tienen sed de Dios, de vida plena, de gracia y salvación. Que lo sienten y anhelan, aunque no entiendan nuestras categorías religiosas a veces tan estrictas. Nadie con sed puede quedar seco junto a la fuente; nadie, hambriento, puede quedar sin alimentarse de la mesa que se pone para todos.
“Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”
El Papa León XIV pronunciaba esa frase el 11 de junio de 2026. Lo hacía en el Puerto de Arguineguín, Gran Canaria. Allí donde el mar y las injusticias humanas traen miles de migrantes con hambre de una mesa de fraternidad que se pone para todos, no para una minoría exclusiva. El mundo en el que vivimos tiene muchos “Tiro y Sidón”, muchas “mujeres cananeas” que gritan desesperadas por su hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que nos empuja a amar. Aquí, en esta mesa que se ensancha y que alcanza la Eucaristía, Jesús rompe nuestros prejuicios y nos insinúa una vez más su proyecto: que todos tengan vida, que todos se salven, que todos se llamen y se sientan hermanos.