Jue
15
Ago
2013

Homilía La Asunción de la Virgen María

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

Acordándose de Su misericordia

Comentario bíblico
de Fr. Gerardo Sánchez Mielgo - Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)



Sugiero que la predicación en esa fiesta se hiciera en tres direcciones que intentan recoger el mensaje de la misma: en primer lugar, dirigir la mirada a Dios que concede a María este don de su asunción en cuerpo y alma a los cielos y que es una verdad firme de la Iglesia; en segundo lugar, una mirada a María misma contemplando su fidelidad hasta el final, sería un canto a la gloria y fidelidad de María; en tercer lugar, una mirada a la Iglesia y a la humanidad porque es un motivo de firme esperanza contemplar una pura criatura venciendo a la muerte y elevada a la gloria.

Primera lectura: (Apocalipsis 11,19a; 12,1-6a.10ab)

Marco: El capítulo 12 se integra en un contexto más amplio: las visiones proféticas. Y dentro de la sección de las visiones proféticas en un bloque que tiene como tema los preliminares del «gran día» de Dios. Este capítulo se compone de dos visiones distintas: el combate de la Serpiente contra la Mujer y su descendencia (1-6 y 13-17), y el combate de Miguel contra la Serpiente.

Reflexiones

1ª) ¡Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas!

Después apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. La interpretación de la figura de la Mujer es muy rica y unifica diversas significaciones. La Mujer simboliza al Pueblo de Dios, cuyo principio fue Eva y da a luz, con dolor, a los tiempos mesiánicos, como leemos en Miqueas 4,9-10 e Isaías 66,7. La última visión del Apocalipsis representará al Pueblo de Dios puesto de nuevo en posesión del árbol de la vida y del paraíso terrestre. ¿Quiso el autor simbolizar también a la Virgen, nueva Eva, con la imagen de la mujer? Es muy probable, y no pocos intérpretes entre los Padres y posteriores así lo piensan, lo creen y lo expresan. Es muy probable por la conexión que establece la teología joánica, como la de san Lucas, entre María, la Mujer dolorosa del calvario, y la Hija de Sión, representación eminente del Pueblo de Dios. La representación que hace de esta mujer, expresa la plena victoria de la Mujer (Pueblo de Dios y María) sobre el tentador y causante de la muerte. Esta Mujer disfruta ahora de la gloria y participa en el reino glorioso del Hijo. La Iglesia confiesa que María fue asunta al cielo en cuerpo y alma. La reflexión de la Palabra de Dios puede afirmar que así como el Hijo de María murió y resucitó, así también la madre ha vencido la muerte en la resurrección gloriosa como primer fruto en una pura criatura de la resurrección del Hijo. La Iglesia se alegra del triunfo de la Madre sobre la muerte y del enemigo del hombre que causa la muerte.

2ª) ¡La victoria es de nuestro Dios!

La victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías. La lectura de hoy termina con un cántico que celebra las maravillas de Dios venciendo la muerte. El autor del Apocalipsis introduce con frecuencia cánticos en su relato. Es muy probable que estos cánticos sean anteriores a él mismo y sean fruto de la liturgia de la Iglesia. En su mayoría son himnos cristológicos que tienen como destinatario final a Dios y al Cordero sacrificado y vuelto a la vida. Son una expresión de la gloria de Cristo resucitado. El fragmento que proclamamos hoy termina también así: Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías. Ha sido perseguido por la Serpiente, pero ha salido vencedor en la resurrección. Y esta realidad se traslada también a su madre, cuya victoria sobre la muerte celebramos hoy como fruto primero de la muerte y resurrección de su Hijo. Por eso la Iglesia se alegra con la victoria del Hijo y de la madre. Y se abre un camino de esperanza para la misma Iglesia y para el mundo: esa es la meta a que conduce la fe en Jesús. Los hombres de nuestro tiempo necesitan este mensaje de victoria sobre la muerte porque esta es el gran enigma que atenaza a los hombres.

Segunda lectura: (1Corintios 15,20-26)

Marco: La resurrección de Cristo, cuyos testigos fueron los apóstoles (vv.2-8), es la prueba decisiva (vv.12-28) de la resurrección universal futura. La resurrección de Cristo es el fundamento mismo de la fe. La resurrección de Cristo, primicia de entre los muertos, no es sólo anuncia la resurrección de los cristianos, sino que es su principio eficaz (vv.20-28). Este es el fragmento que hoy proclamamos.

Reflexiones

1ª) ¡Todos volverán a la vida!

Si por un hombre ha venido la muerte, por un hombre ha venido la resurrección... Por Cristo todos volverán a la vida... Primero Cristo como primicia. Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto. Esta gran realidad de la vuelta a la vida de todos en Cristo Jesús es una afirmación firme el Nuevo Testamento. La experiencia humana es la de la muerte como una herencia del pecado de Adán (no es el momento de entrar en la discusión sobre el pecado original). El apóstol subraya el paralelismo entre Adán y Cristo, entre la obra de Adán y la de Cristo. Sobre este paralelismo descansa la experiencia de la muerte y de la vida. La herencia recibida de Adán, el pecado y la muerte, alcanza a todos los hombres. Por tanto, la herencia victoriosa de Cristo, causa y origen de la vida que no terminará jamás, alcanzará también a todos los hombres. Este es el gran consuelo que la resurrección aporta a la humanidad. Y la primera pura criatura que participó en esta nueva herencia fue María. Participó en las dos, aunque de la primera sólo en el resultado del pecado, es decir, en la muerte. Pero también ha participado de la victoria de la vida sobre la muerte que consiguió su Hijo y que se aplica a todos los hombres. Es posible la esperanza firme porque ha sido posible la victoria de la vida sobre la muerte.

2ª) ¡También vencedor de la muerte!

El último enemigo aniquilado será la muerte. Esta página de la carta y su realidad en Cristo Jesús y en María, son la respuesta al gran enigma de la muerte que pesa sobre la humanidad. Desde la perspectiva del anuncio de la resurrección todo tiene remedio, incluso la muerte. Pablo responde al problema acuciante que pesa sobre los corintios. Los que introdujeron la duda en la resurrección en la comunidad corintia afirmaban: los muertos no resucitan ni es necesario; por tanto, tampoco Cristo resucitó ni es una realidad importante. Pablo contesta con la experiencia kerigmática: Cristo ha resucitado, por tanto resucitarán los muertos. La lógica del proyecto de Dios rebasa ampliamente la lógica de la experiencia humana. Esta es la gran afirmación: la muerte será vencida en todos porque ha sido ya vencida en Cristo Jesús. Y en su madre, como primera criatura que la participa, al volver a la vida ya para siempre y ser asunta al cielo. El último enemigo aniquilado será la muerte: Dios ha sometido todo bajo sus pies. De nuevo se abre el camino a la firme esperanza para la humanidad: cierta es la muerte y más cierta es la vida para todos. Es necesario insistir en nuestro mundo en esta gran verdad realizada ya en Jesús y en María. Un porcentaje significativo de creyentes de nuestro propio país, dicen no creer en la resurrección de los muertos. Esta solemnidad es un motivo especial para insistir en la verdad consoladora de la victoria definitiva de la vida sobre la muerte. La Iglesia ofrece una respuesta real a una necesidad real.

Evangelio: (Lucas 1,39-56)

Marco: la visitación de María a Isabel y el canto del Magnificat.

Reflexiones

1ª) Bendita tú y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?... ¡Dichosa tú que has creído!. Isabel, iluminada y movida por el Espíritu Santo, proclama que María es bendita y es Bendito* el fruto de su vientre. La bendición es la quintaesencia de lo que Dios ofrece al hombre para su salvación y para que sea feliz. Una bendición no es un deseo ni una palabra de ánimo, es una realidad que Dios deposita en manos de sus instrumentos de salvación para que se convierta en una herencia preciada futura y permanente. Este es el sentido de las bendiciones que encontramos en los relatos de los patriarcas. De esta manera la bendición y el Bendito por antonomasia se convierten en una promesa y un motivo de esperanza en el desarrollo de la historia de la salvación. Esta exclamación de Isabel contiene una consoladora experiencia pascual que se retrotrae* hasta el relato de la infancia. Cristo glorioso y exaltado es el Bendito para siempre. Y esta realidad aparece ya, como un anticipo y primicia, desde la infancia y relacionada con María que participa muy estrechamente de esta bendición que culmina en su propia resurrección y asunción. Cristo es nuestra Bendición y María es la primera que participa de ella. Por eso es motivo de esperanza para la Iglesia, enviada a proclamar y hacer presente en el mundo esta bendición definitiva. Hoy también proclamamos, porque lo necesitamos, que es una bendición eficaz por sí misma y que alcanza a todos los hombres que se abren al Evangelio y lo viven en la esperanza, en el amor y en el compromiso entre los hombres.

2ª) ¡Desde ahora me felicitarán todas las generaciones!

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Todas estas maravillas de la intervención de Dios por medio de su Hijo en la muerte y en la resurrección liberadoras, aunque dieron comienzo en la concepción virginal, son cantadas y proclamadas en el Magnificat. Que es un canto cristológico y muy relacionado con María, porque ambas misiones estuvieron siempre una al servicio de la otra: Jesús en el centro y María estrecha colaboradora desde su sí. Jesús y María llevaron el proyecto hasta el final movidos por una gran fidelidad. En el Magnificat los primeros cristiano cantan el poder, la misericordia, la santidad y la fidelidad de Dios manifestados en plenitud en la muerte y resurrección de Jesús. Lucas coloca este canto en labio de María porque estimó que era la mejor cantora para hacerlo y para ello realiza una prolepsis*. Estos cuatro atributos consolidan la fe y aseguran firmemente la esperanza del creyente en la realización de ese plan y en la aplicación actual del mismo. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones. Desde la encarnación, desde su participación junto a Jesús en llevar adelante el proyecto de Dios y ahora en su exaltación y glorificación. En la asunción de María se nos invita a cantar de forma singular el Magnificat porque exalta esos atributos de Dios presentes, principalmente, en la muerte y resurrección de Jesús y en la glorificación de su madre. La Iglesia tiene motivos para cantar con los primeros cristianos y con María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)