Dom
14
May
2017

Homilía V Domingo de Pascua

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Yo soy el camino y la verdad y la vida

Pautas para la homilía

Yo soy el camino y la verdad y la vida (Jn 14,6)

La primera y la segunda lectura dan cuenta de situaciones vividas en la comunidad cristiana. La elección de los siete diáconos fue consecuencia de la jerarquía de valores que invocan los Doce. Hay que atender a las necesidades de los miembros de la comunidad, pero sin descuidar la centralidad de la Palabra de Dios, porque es la Palabra de Dios, cuyo nombre es Jesucristo, la que nos convoca a todos para ser seguidores del Señor. Tenemos, pues, un criterio de discernimiento a partir precisamente de la Palabra de Dios, criterio que debiéramos usar continuamente.

De discernimiento se ocupa también la segunda lectura. La piedra rechazada por los hombres es piedra elegida y preciosa para Dios. El contraste es total. Necesitamos optar por el criterio de Dios sin dejarnos arrastrar por las voces de quienes pretenden engañarnos con sus irrealizables promesas. Jesucristo dirime las cosas: con él o contra él (cf. Mt 12,30). Hemos sido llamados por Dios, he aquí nuestra vocación cristiana, para que anunciemos las proezas de quien nos sacó “de las tinieblas y nos condujo a su luz maravillosa”.

Señor, no sabemos adónde vas

El apóstol Tomás se expresa con sinceridad: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. La respuesta de Jesús es directa y determinante: “Yo soy el camino… Nadie va al Padre sino por mí”. Y el Señor añade: “Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre”. ¡Cuántas veces hemos repetido estas palabras, tratando de penetrar en su significado! Tenemos la impresión de haber logrado nuestro propósito colocando nuestro interés en el ámbito del conocimiento, cuando en realidad se trata de experiencia de vida, de amor interpersonal. Algo así como si Jesucristo dijera: Si me amarais a mí, amaríais también a mi Padre. Nosotros somos capaces de distinguir estas dos operaciones, conocer y amar, pero para el Señor se trata de la misma realidad. Cuando nos detenemos a contemplar estas cosas es posible que vislumbremos la unidad que existe entre las dos cosas, conocer y amar, como el fundamento para una verdadera relación interpersonal, la persona de cada uno de nosotros con la del Señor.

Señor, muéstranos al Padre y nos basta

La petición del apóstol Felipe prolonga el diálogo iniciado por Jesús, respondiendo a Tomás. Las palabras del Señor dejan entrever un cierto desencanto sino reproche: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. La cuestión de la identidad de Jesús con el Padre es fundamental, pero no como algo teórico, sino como la realidad en la que estamos implicados todos nosotros, dado que lo que el Señor busca es hacernos caer en la cuenta de que nuestra vida no sigue un camino paralelo a la suya, sino que se trata del mismo camino, porque no hay otro camino más que Jesús, que asegura: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”.

El Señor se sincera con sus apóstoles, les abre el corazón. El texto que comentamos es el comienzo del capítulo 14 del Evangelio de san Juan. El evangelista escribió los doce primeros capítulos de su Evangelio contando muchas cosas hechas por el Señor, a las que llama “signos”, pero solo al comienzo del capítulo decimotercero nos ha revelado la clave de la vida del Señor, gracias a la cual podremos adentrarnos en el corazón de Jesús. El texto es bien conocido: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

No debiéramos dar por descontadas estas cosas, sencillamente porque aquí está la clave de la vida y de la obra del Señor, desde su encarnación hasta su ascensión a los cielos, pasando por su infancia y por su vida pública, hasta subir a la cruz y entregar su vida por amor, amor hasta el extremo, un amor que no muere jamás, como queda demostrado por el hecho de la resurrección del Señor.

Así tenemos que volver a escuchar las palabras que Jesús dirigió a Felipe y que han llegado hasta nosotros: “¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí… Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí”. El Señor apela a la fe de sus discípulos, pero no se trata de una fe etérea, sino de algo concreto, porque el Señor insiste, diciendo: “Creed a las obras”.

El tema de la fe se convierte en algo fundamental, sin lo que no podremos adentrarnos en la vida de Jesucristo. El evangelista san Juan afirma que “muchos otros signos”, y los que han sido escritos lo fueron para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengamos vida en su nombre. La fe es totalmente necesaria para celebrar la Eucaristía y acercarnos a recibir la comunión de vida y de amor con el Señor. Ante esta sublime realidad no queda otra actitud que la que nos ofrece la Sma. Virgen María, que declara su total disponibilidad para asumir la obra de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”. La Palabra del Señor nos asegura: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”.