Dom
14
Mar
2010

Homilía Cuarto Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Tu hermano estaba muerto y ha revivido

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Caminos del desamor

El evangelio del día describe el desamor vivido por aquellos hijos: Uno que se marcha de casa, y  otro que no quiere nada con quien ha vuelto. El relato por la huida del joven de la casa paterna, el despilfarro, con la valentía del retorno y la acogida del padre lo tenemos ampliamente meditado. El hermano mayor, por su parte, no quería entrar al banquete: no entendía la bondad del padre, que incluso había salido a hablar con él y rogarle la entrada. El egoísmo le hace celoso, endurece su corazón; lo ciega y cierra a los demás y al mismo Dios.

En la actitud del padre aparecen los anhelos de Dios-Amor: Desea el regreso del hijo; adereza la mesa y festeja la reconciliación con el mejor de los banquetes a su vuelta. La misma misericordia le lleva a salir también al encuentro del mayor, cuando se considera superior que el hermano por su rectitud; es el signo que se destaca: el gran don del Padre celestial, que siempre está dispuesto a perdonar.

  • El retorno de los hijos

No hablemos de parábola “del hijo pródigo” sino del “padre misericordioso”. Jesús no dirige la parábola a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. En la manera de actuar con los dos hijos el padre hace presente a Dios, de la misma manera que Jesús lo realiza al acoger a los pecadores.

Al hablar del hijo pródigo nos identificamos fácilmente con él, porque sus desaciertos le llevaron a reflexionar y cambiar de vida; todos tendremos mucho que corregir, como el hijo malo, y también deseamos que tal cambio se verifique en nuestro futuro. Con frecuencia no entendemos del todo, en el realismo de la vida familiar, el perdón que conceden los padres a sus hijos pródigos, o que puedan ser tan queridos como los “buenos de la casa”.

El hermano mayor tampoco queda bien parado; inconscientemente nos resulta costosa la identificación con él. Subrayemos el desconcierto que suscita en los “hijos buenos”, la actuación de cualquier padre misericordioso: Se resisten a participar en la fiesta preparada porque ha vuelto a casa el jovencito díscolo y descarriado. Pudiera suceder que en el fondo al rechazar al hermano mayor rechazamos al Padre, porque quisiéramos que pensara como nosotros dándonos la razón.

Queda sin aclarar si el hijo mayor participó en la fiesta ofrecida en honor del hermano menor recuperado, pero podríamos intuir que mientras los dos hermanos no se encuentren en la casa paterna, -reconciliados con el padre común, convertidos y en sincera fraternidad- no comenzará el banquete, que es la fiesta del hallazgo y del encuentro comunitario.

  • Nuestro interior

La libertad humana persiste, incluso con las distorsiones que reflejan la vida de ambos hermanos. Cada persona, familia, pueblo, asociación, grupo de barrio e incluso apostólico estamos amorosamente invitados a reflexionar y secundar el ejemplo de amor paterno.

El hombre moderno, lleno de cosas se encuentra muy solo y falto de comunión; necesita escuchar que Dios es amor, y siempre está ahí. La bondad, que restaura, es propia de Dios; la libertad, mal usada y capaz de disgregar, pertenece a los hombres; la autosuficiencia está en el núcleo que impide acercarse a otros, al considerarlos débiles para brindarles ayuda.

Con la fuerza de la gracia, cabe retornar al Padre misericordioso, que invita a unos y otros a convivir en la misma comunidad de redimidos, de los hijos amados, en la Iglesia cuerpo místico de Cristo. Urge fomentar la acogida incondicional al que se ha alejado, a tantos como caminan separados, rotos, sin esperanza, a quienes buscan apoyo para reconducir sus vidas o no tienen capacidad para descubrir los caminos del retorno.

  • Para la reflexión:

La maduración personal ha de encaminarnos a reproducir la figura del Padre (sed misericordiosos) hasta llegar a las auténticas relaciones amorosas de hijos de Dios con el Padre celestial y con nuestros hermanos los hombres, identificándonos con su voluntad.

El descubrimiento de que llevamos dentro a los dos hermanos (menor y mayor) debe orientarnos hacia objetivos más profundos de la parábola, como es descubrir también al Padre-Dios en nuestro interior. El Reino de Dios está dentro de vosotros, decía Jesús. Estamos llamados a identificarnos con él, como Jesús nos manda (perfectos como el Padre celestial) superando tantas etapas de fricción fraternal y miradas de reojo que siempre resultan empequeñecedoras.

Queda pendiente en el fuero interno descubrir noblemente, con la ayuda del Espíritu, qué manifestaciones de ambos hermanos existan en nuestra vida para si escuchamos “la voz del Señor …  no endurecer el corazón”.