Dom
12
Abr
2020

Homilía Domingo de Resurrección

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Vio y creyó

Pautas para la homilía

El verbo consolar en hebreo tiene un sentido mucho más fuerte que en castellano; expresa, más que dar ánimo a alguien abatido, la acción eficaz de conseguir que desaparezcan los motivos de su abatimiento. La Pascua de Jesús es acción eficaz que ha vencido a lo que nos mantenía abatidos. La muerte y el pecado han sido vencidos. Venció el León de Judá. Y aunque todavía lo vivamos en precario, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva. Somos ya ciudadanos del cielo y nuestro futuro está en Dios. Estas semanas hemos sido más conscientes de nuestra fragilidad. Como discípulos de Jesús, hemos podio recordar que nuestro paso por esta hermosa tierra es parte de una peregrinación que tiene su meta en la eternidad junto al Creador, al Dios tres veces santo.

La vida cotidiana con sus tensiones continuará donde la dejamos antes de toda esta crisis cuyos efectos aún permanecen. Aunque el poso que deja en nosotros condiciona el modo que ahora tenemos para situarnos en la vida. En medio del sufrimiento que nos ha golpeado, tampoco podemos seguir siendo los mismos creyentes. La fe no nos amortigua el dolor, pero en la Resurrección de Jesús, nos dejamos salvar, confirmamos la esperanza y nos comprometemos con la caridad. Sea abril, mayo, septiembre o enero esta fortaleza no debe decaer ni flaquear. Cristo es el Señor del tiempo y en El, cada día es una Pascua, con Jesús cada día estamos pasando de la muerte a la vida. El Espíritu consolador es derramado en todas las almas que lo esperan. El “vía crucis” del viernes es ahora el “vía lucis”. Y nuestra vida está llamada a llevar luz allí donde encontramos una cruz, personal o colectiva.

Esta domingo podemos recorrer con Jesús resucitado los lugares de su pasión y muerte y lo mismo que las mujeres, aquellas que permanecieron con él al pie de la cruz, escucharon del ángel “Mirad el sitio donde lo pusieron…no está aquí”, escuchamos a Jesús decir en cada uno de esos lugares: “Aquí en Getsemaní dije sí al Padre”; “Aquí me dejé atar y detener por tus pecados”, “Aquí me coronaron rey con espinas”, “Aquí extendí mis manos para ser crucificado por amor a ti”. Reconozcamos al crucificado en el Resucitado dándole gracias por todo lo que hizo, hace y hará por nosotros.

Cuando termine nuestra celebración tratemos de convertir lo cotidiano y sus espacios, en un  “vía lucis”. Saliendo como pueblo de Dios a recorrer los lugares donde podamos recrear la alegría pascual, el amor fraterno, las bienaventuranzas y el martirio: donde los pobres sean atendidos, los tristes y enfermos visitados y confortados; donde se construya resistencia y creatividad frente a las crisis. Vamos con la Iglesia llevando el cielo a la tierra de los vivos.

¿Quién quiere seguir a María Magdalena predicando la buena noticia de que Jesús vive y que “lo hemos visto”? ¿Quién será Tomás, invitado a tocar las heridas del Resucitado y reconocerlas en tantos hermanos heridos de hoy? ¿Imitaremos en el camino de la vida cotidiana a Pedro y Juan tras ver y creer?, ¿o a los dos discípulos de Emaús, con el corazón ardiente y la fe recuperada, sabiendo que Cristo nos espera partiendo el pan de la eucaristía en cualquier iglesia o parroquia? Cuando pasemos cerca del cementerio ¿haremos como las mujeres que fueron al sepulcro con perfumes, capaces de ver más allá de una tumba vacía y diremos: “¡Está vivo!” ¡están vivos con El!?

Aparentemente nada ha cambiado, pero todo es nuevo, todo está lleno de una energía  vital de la fuerza deificante del Resucitado. Seguimos al Maestro y cargaremos las cruces de cada día, pero con la certeza de que El está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, en Pascua, su amor encendido nos mantiene en ascuas. Que el tiempo y la rutina no apeguen ese fuego.