Sáb
11
Abr
2020

Homilía Vigilia Pascual

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

No está aquí: ¡ha resucitado!

Pautas para la homilía

Estas últimas y difíciles semanas, nos sentimos acompañados por el amor solidario de Dios, expresado en la Pasión del Señor Jesús que celebramos ayer, Viernes Santo. No obstante, llevamos tiempo repitiendo que nuestro horizonte es y será el del domingo, la mañana de  Pascua. La que ahora cantamos y saludamos porque nos trae la noticia de la Resurrección, del triunfo del amor y la vida sobre el dolor y la muerte.

La Iglesia como el mundo, incluso en su decadencia, jamás es abandonada por su Señor y Maestro. El pueblo de Dios está siendo “testigo fiel” en medio de una gran prueba de consecuencias impredecibles. Nunca habíamos vivido un Triduo pascual confinados, en diferido…pero el dolor de la ausencia nos ha traído un sentido de presencia más fuerte. Esta noche celebramos esa presencia del Espíritu que reconduce la historia y nuestras biografías siempre hacia su destino final, y renueva sus mediaciones a la luz del crucificado y del Evangelio, aunque a menudo de modo desconcertante.

Por oscura que aparezca la noche del dolor en el mundo, su Creador no lo abandona jamás, el amor de una madre tendrá la última palabra, como quedó atestiguado en la Cruz de Jesús que nos alumbró a una vida nueva y en la acción del Padre levantando al Hijo Jesús del sepulcro, al Primero de una serie de hermanos que como en la cordada de montañeros tirará de nosotros hacia la gloria.

Esta noche reivindica para Jesús y todas las víctimas inocentes de la historia, su nombre como  “patrimonio de la humanidad”. Al mismo tiempo, todo el drama vivido nos ayuda a tomar conciencia de que “la humanidad” , la fe en la humanidad y la fe en el Dios que ha creado y redimido a la humanidad, son el mejor patrimonio.  El fruto de la Pascua este año llevará el nombre de “fiesta del reencuentro” en los abrazos y el deseo de retomar lo cotidiano, que ahora saborearemos de otra manera. Tras el ayuno forzoso, el desierto florecerá y nos habrá enseñado algo, espero que  a cuidar mejor del jardín de nuestras relaciones humanas y sus vínculos, en todos los sentidos. A cuidar mejor nuestra relación también con la Naturaleza y sus habitantes. Sin dejar a nadie atrás. Porque nadie queda fuera de la esfera de influencia del Amor Resucitado y resucitador.

Jesús ha desenmascarado el pecado que está en el origen de todos los males y nos ha mostrado el camino para vencerlo. El camino de la fe, la entrega, la misericordia, el perdón, la justicia, la paciencia y la esperanza: la belleza de la cruz, de una vida entregada.  Cuántos profesionales estas semanas han puesto rostro a esta belleza.

Esta noche,  madre de todos los domingos, es el día primero, la nueva creación ha comenzado en el Resucitado y nosotros somos sus beneficiarios. Hemos de celebrar la capacidad humana de resistir y de resurgir, de superarnos tras la adversidad, hemos de pasar de beneficiarios a benefactores, proactivos a favor del bien, constructores de la cultura de la vida, la civilización del amor. Pascua significa paso, el paso de Dios que libera, sana, redime, resucita. Pasemos por el mundo dejando una huella de esperanza capaz de no sucumbir a la incertidumbre; no sólo por empeño de una voluntad humana; sino acogiendo la intervención divina que cada día nos ancla en un futuro mejor y nos dice: ¡levantaos!  Este es el día en que actuó el Señor sea nuestra alegría y nuestro gozo…porque es eterno su amor y todo terminará bien.

Esta es una noche para hacer memoria de la mano de la Escritura, el Dios que liberó a Israel de la esclavitud, es el Dios que ha creado el universo; el que se hace presente en la historia humana llevándola hacia su máximo punto de evolución en la persona de Jesús, allá donde lo humano y lo divino se han unido para siempre. Esta es la noche en que la muerte de un hombre fue vencida con efecto retroactivo y proactivo. Esta es la victoria del amor y de la vida, de la belleza sobre el sinsentido, de la reconciliación sobre la injusticia. La procesión menos espectacular  y la peregrinación más  importante de la historia tuvieron lugar al alba de esta noche. Unas mujeres asustadas en duelo caminando hacia un sepulcro y regresando con la noticia de haberlo encontrado vacío. María Magdalena trayendo la noticia más desconcertante: Jesús ha resucitado. Jesús vive. Su amor y su esperanza estaban vivas para siempre. A la luz del Resucitado esta noche renovamos el bautismo, nos dejaremos levantar por el brazo del Resucitado. Ha vencido el león de Judá y en el agua hemos renacido y hemos sido marcados para la vida eterna. Una vida eterna que sólo tiene sentido si es una vida para el amor, si empezamos ya a comprometernos con el amor y la misericordia en lo cotidiano. La esperanza puede habitar y desarmar la incertidumbre; no es sólo una voluntad humana; es una intervención divina la que nos ancla en la esperanza y nos dice: ¡levántate! ¡hay un futuro feliz que ya ha comenzado!

Nuestra contingencia está sometida a la limitación del tiempo y del espacio. En la eternidad de Dios no hay tiempo; la eternidad existe y el infinito también, como corrobora la ciencia. Pero nuestro destino no es un agujero negro en medio de una galaxia. Sino aquello que llamamos cielo porque no lo sabemos expresar mejor. Cielo como sinónimo del Dios Amor, el Dios de Jesús. El que nos ha creado, nos ha liberado de la muerte y del pecado pero sin obligarnos, porque el amor no se obliga…se ofrece en gratuidad…¿nos comprometeremos a amar y por tanto, a vivir en una libertad liberada? ¿aceptaremos la amistad incondicional del Resucitado que es el Crucificado? Intentémoslo y vivamos en consecuencia…en El nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Que toda lágrima sirva para regar resurrección y vida, amor eterno junto a quienes hemos amado en la tierra. Evolución para seguir aprendiendo a amar y consolar, resistir y resucitar.