Dom
11
Oct
2020

Homilía XXVIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Tengo preparado el banquete

Pautas para la homilía

“El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los invitados” (Mt 22,2-3)

La liturgia de la Palabra, con tono alegre y festivo, nos invita a vivir la experiencia personal y comunitaria que tiene lugar cuando llevamos a cabo lo que el Padre del cielo prepara para toda la humanidad, dado que la invitación, en principio dirigida a los “invitados”, se extiende en realidad “a todo el mundo”, incluyendo a “buenos y malos”.

Esta simple constatación, que se desprende de la página evangélica, reclama una toma de posición por nuestra parte, pues todos, “buenos y malos”, estamos invitados al mismo banquete, sin distinción alguna. Esta invitación general hace recordar las palabras del mismo Jesucristo cuando, dirigiéndose a todos, a la gente y a sus discípulos, decía: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8,34; Lc 9,23; cf., sin embargo, Mt 16,24).

De esta manera es posible explicitar lo que todos sabemos muy bien, es decir, que la invitación que el Señor dirige a todo el mundo, tras el «niégate a ti mismo», pasa por «tomar la cruz» para así poder ser compañero de viaje del mismo Jesucristo. Considerando la página del Evangelio descubrimos que el viaje que nos ve «compañeros» de Jesucristo, siguiendo sus pasos, nos conduce a todos, buenos y malos, hacia el banquete del reino celestial, del que nos hablan claramente la página del Evangelio y, en perspectiva de futuro, también la primera lectura, que afirma que «el Señor del universo preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados».

Es cierto que el texto de Isaías localiza tal acontecimiento en el «monte Sión», en la ciudad santa de Jerusalén. Ahora bien, al lector de Isaías le resulta fácil comprender que se trata de un lenguaje metafórico y que tal «monte Sión» se entiende como la «Jerusalén celestial», que es donde la página del Evangelio concentra nuestra atención, explicitando que se trata del «reino de los cielos».

Las dos etapas, la del seguimiento de Jesucristo después de haber superado la fase del «yo», y la celebración del banquete en el «reino de los cielos», quedan reflejadas muy certeramente en la segunda lectura, tal como nos ofrece el testimonio de san Pablo, escribiendo desde la cárcel, donde carecía de cualquier tipo de comodidad, pero exclamando con sincero convencimiento: «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación». Así es como el Apóstol proclama con sincero convencimiento su grito de victoria: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».

La carta de san Pablo a los Filipenses fue escrita hacia los años 56-57 mientras que la primera lectura de este domingo podría ser fechada en el siglo VI a.C. Unos seiscientos años separan los dos textos: el de Isaías habla de un tiempo futuro, cuando Dios preparará para todos los pueblos «un festín de manjares suculentos»; por su parte, san Pablo ya ha vivido la experiencia de Jesucristo, ha dado el paso del judaísmo al cristianismo, se encuentra encarcelado por su predicación del Evangelio, ha adherido a Jesucristo de manera incondicional y decisiva, pues «sabe de quién se ha fiado» (2 Tm 1,12).

Tengamos en cuenta los pasos que se requieren para llegar al banquete del reino de los cielos. Notemos en primer lugar que la iniciativa no es cosa nuestra sino que proviene de Dios, que es quien anuncia el banquete, el mismo que invita a todos a participar en él. Ante tal invitación ninguna persona debiera sentirse excluida, pues la invitación es incondicional, para “buenos y malos”, es decir, para todos.

Ahora bien, en la página del Evangelio se dice que los convidados no quisieron ir al banquete, alegando “razones personales”, esas que tienen que ver con el propio “yo”. Esta consideración nos permite considerar la posibilidad de comportarnos personalmente como los convidados que rechazaron la invitación, puesto que también nosotros somos muy amigos de sacar a relucir nuestro “yo”, como si fuera el criterio último para decidir nuestro modo de actuar. El ejemplo de san Pablo pone de manifiesto que el Apóstol deja de lado su “yo” para adherir incondicionalmente a Jesucristo, dando la razón de su modo de actuar, sencillamente «porque sabe de quién se ha fiado».

El desaire de los convidados no ha sido razón suficiente para suspender el banquete, y la parábola evangélica cuenta que Dios se sale siempre con la suya, puesto que «la sala se llenó de comensales». Esta es la conclusión de la primera parábola propuesta en la página del Evangelio (Mt 22,1-10).

Como bien sabemos el texto de Mateo relata otra escena que parece continuación de la primera, cuando en realidad, según el criterio de los estudiosos, los versículos 11-14 tendríamos que interpretarlos como otra parábola, tal como afirma la traducción oficial de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española (Madrid 2010), que explica en la nota correspondiente: «Se reúnen aquí dos parábolas: la de la invitación a la boda (22,1-10), que contempla el destino del pueblo judío y la del hombre vestido indignamente (22,11-14), dirigida a la comunidad cristiana».

El traje de fiesta y el vestido de boda

Bien se puede preguntar en qué consista «el traje de fiesta» (v. 11) y «el vestido de boda» (v. 12), dicho todo esto desde la perspectiva cristiana, que habitualmente identifica el banquete celestial con la Eucaristía. Así es como «el traje de fiesta» y «el vestido de boda» se suelen identificar con las virtudes propias de la vida cristiana, comenzando por la fe y concluyendo con la caridad, el amor.

Santo Tomás de Aquino falleció el 7 de marzo de 1274. El año anterior, encontrándose en Nápoles, había predicado el contenido del Credo. En dicho comentario se ponen de manifiesto los cuatro bienes que produce la fe, a saber: por la fe se une el alma a Dios (cf. Os 2,20), de manera que «todo lo que no proceda de la fe es pecado» (Rm 14,23). En segundo lugar, por la fe comienza en nosotros la vida eterna (cf. Jn 17,3). En tercer lugar, la fe dirige la vida presente (cf. Hb 2,4, citado en Rm 1,17 y en Gal 3,11). En cuarto lugar, por la fe vencemos las tentaciones (cf. Hb 11,13; 1 P 5,8).

La fe es la puerta de la vida cristiana y la caridad es su culmen, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16). Pues bien, san Pablo ha sintetizado maravillosamente en qué consista la vida cristiana, con otras palabras, cuál sea «el traje de fiesta» y «el vestido de boda». Todo esto se concretiza en el amor, porque, si no tengo amor no soy nada (cf. 1 Cor 13). La caridad consiste en avanzar por el camino trazado por la fe, que se manifiesta concreta y operante mediante la caridad.

En el tiempo que nos toca vivir hemos de echar mano tanto de la fe como de la caridad, aunando en nuestra vida personal estas dos dimensiones, que son las que nos relacionan decisivamente tanto con Dios-Trinidad como con nuestro prójimo, de manera que todos seamos capaces de vivir la experiencia del «banquete de bodas», al que el Padre del cielo nos invita para celebrar la presencia salvadora de su Hijo Jesucristo, presente realmente en la Eucaristía.