Dom
1
Abr
2018

Homilía Domingo de Resurrección

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

Sea nuestra alegría y nuestro gozo

Pautas para la homilía

María Magdalena, la amiga de Jesús, se llevó una amarga sorpresa. Cuando de madrugada, todavía estaba oscuro, fue al sepulcro de Jesús, vio abierta la puerta del sepulcro, que estaba vacío. De vuelta a casa, así se lo dijo a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Los tres corrieron hacia el sepulcro para verificar el hecho.

Efectivamente, el cuerpo del Señor no estaba; era un sepulcro vacío. ¿Lo habrán robado? ¿Qué ha pasado? El mismo Juan atestigua que “él vio y creyó”, y aclara “todavía no habían comprendido que, según la escritura, Él debía resucitar de entre los muertos”. 

Muchas gentes sufren hoy la aflicción de María porque no estaba el Señor y por  no saber dónde  lo habían puesto para abrazarle de nuevo, aunque estuviera muerto. Sólo el discípulo querido de Jesús “vio y creyó” que había resucitado. A los discípulos les llevó tiempo reconocer al Señor resucitado. Jesús, a menudo, les reprendió su incredulidad.

Esta es hoy la situación:

  • Gentes convencidas de que “Dios ha muerto” y nada les preocupa dónde esté su sepulcro.
  • Otras que por el contrario, -al hilo de la reflexión de Unamuno acerca del sepulcro de Don Quijote, el Caballero de la Locura - tratan con muchas y estudiadas razones la guardia y custodia del sepulcro. Lo guardan –dice D. Miguel- para que el caballero no resucite. Lo prefieren muerto.
  • Muchos hombres y mujeres que, como los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), se sienten frustrados y desilusionados por la aparente debilidad y ausencia de Dios, pero finalmente, pasado el rato, le reconocen en su corazón y en la fracción del pan.
  • Algunos, en su débil confianza, necesitan, como Tomás, meter sus dedos en las llagas del Resucitado. Pero, a la postre, sin tocarle siquiera, sólo al verle, exclaman: “Señor mío y Dios mío”.
  • Otros muchos, multitudes, –hombres y mujeres- son felices porque han creído en él sin haberle visto.

¿Qué hacer para reconocer al Resucitado y ser sus testigos?

  • Escuchar, en clima de silencio y de sencilla plegaria, como María Magdalena, que el Señor nos llame por nuestro propio nombre, identificándonos como amigos (Jn 20, 11-18). 
  • Escuchar –como hicimos anoche en la Vigilia- los anuncios de los profetas que nos hablan del Mesías que vendrá, de su muerte y resurrección. Esta fue la pedagogía de Jesús con sus discípulos.
  • Reconocerlo con el talante de “la gente sencilla” y no con el temple de ”los sabios y entendidos” porque es a ella a quien el Padre se da a conocer (Lc 10, 21-24). Los sencillos, los pequeños, son quienes mejor nos hablan del Resucitado.
  • Fiarnos de quienes han visto al Resucitado y han comido y bebido con él sin desconfiar de ellos (Lc 24, 22-24) y menos aún de la comunidad como Tomás (Jn 20, 24-25).

Que al felicitar la Pascua en este domingo lo hagamos con la convicción y persuasión del testigo del Resucitado.