Dom
25
Oct
2020

Homilía XXX Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón

Pautas para la homilía

Dios es el valedor y el fiador de los que nada tienen

Se suele decir que alguien es un indigente, un desheredado, cuando una persona que vive en una situación vital de extrema precariedad y vulnerabilidad, por los motivos que sean, depende para su supervivencia de la ayuda y el socorro de los demás. Se trata de personas necesitadas, vulnerables, y que, por lo mismo, están expuestas a peligros que pueden poner en riesgo su dignidad personal. Está situación es más frecuente en sociedades en las que las distancias entre grupos sociales y las diferencias económicas están acentuadas. La indigencia, con frecuencia, es el resultado de injusticias sociales, organizativas, económicas y culturales. Los ejemplos abundan por toda parte.

El pueblo de Israel, el pueblo de la Alianza, no fue una excepción. Lo que hacía distinto este pueblo a los de su entorno era la peculiaridad de su visión de Dios, de su creencia religiosa. En Egipto todos los israelitas compartían algo determinante: la esclavitud. Ya en el camino hacia la libertad, en el desierto, en el Éxodo (que también puede significar caminar hacia la libertad y la liberación), aparecieron las primeras divisiones y fracturas sociales que pusieron en peligro la marcha hacia la libertad. La decidida acción de Moisés, el conductor, lo evitó generando un vínculo entre todos ellos. Dios (Yahvé), Él y solo Él, los había liberado de la esclavitud ignominiosa y les había concedido la libertad porque, habiendo llegado hasta Él los lamentos de la gente, obró de forma compasiva y misericordiosa. Fue su amor lo que le impulsó a liberar de la esclavitud al pueblo.

La ley y todos los decretos promulgados fueron el resultado de una alianza entre Dios y el pueblo, un pacto elaborado desde la liberación, que es presentado como un acto de misericordia, de amor auténtico, por parte de Dios. El pueblo de Israel ha sido liberado de su esclavitud por un acto misericordioso. Dios será, en virtud de esta Alianza, el Dios compasivo y misericordioso, aquel que siempre tendrá puesto su oído en aquel que sufre todo tipo de esclavitud y discriminación, en los desheredados, siempre que lo invoquen, siempre que lo llamen de corazón.

La palabra de Dios es para ser acogida

La Alianza entre Dios y el pueblo nació desde una situación de indigencia, de necesidad, por parte del pueblo. En la Alianza Dios se hará presente, sobre todo, por medio de su Palabra, una palabra que no quiere que vuelva a Él vacía, sino transformada en hechos y obras buenas: como bondad fue el paso de la esclavitud a la libertad, como bondad es el paso de las tinieblas a la luz, como bondad es el paso del pecado a la gracia, como bondad es pasar de la muerte a la vida. Acoger la Palabra de la Alianza es acoger la vida.

Son muchos los textos que a lo largo de la Sagrada Escritura hablan y sugieren que nuestra felicidad depende de acoger y poner por obra los preceptos y mandatos del Señor, porque ellos son misericordia, en ellos hay sabiduría, hay esperanza de un vivir mejor, hay vida eterna. También nosotros en el momento presente vamos como israelitas por el desierto: peregrinando hacia la tierra de la verdadera libertad. No todas las divinidades, no a todo aquello a lo que llamamos ‘Dios’ es el Dios verdadero, pero ¿cómo distinguirlo y cómo hacerlo en esta sociedad donde se nos proponen tantas supuestas verdades y liberaciones, tantos dioses con apariencia de aceptabilidad?

La respuesta, creo yo, no está solo en mí, en el individuo aislado, también está en el tú, en los otros. Si la sociedad en la que vivo, si en mundo en el que me muevo y expreso genera exclusión, división, indigentes de todo tipo, odios…y todo tipo de negatividad y destrucción, incluida la ecológica, quiere decir que algo ‘no funciona’ que la visión y orientación hacia el futuro está errada, que las fuerzas que dominan este mundo y sociedad tienen que ser reprogramadas. ¿Por qué? Porque millones de seres humanos de este mundo viven en la indigencia, porque incontables hombres y mujeres son y están ‘descartados’, desechados por un determinado modo de producir, consumir y relacionarse, por una determinada ideología que se opone al verdadero amor.

Y por encima de todo, amarás

Los cristianos, a diferencia de otras formas de pensar y sentir, creemos firmemente que el Dios revelado en Jesús no es un Dios indiferente, ni impasible, ni lejano, siempre de viaje en lejanas galaxias. Nuestro Dios está siempre en movimiento junto a nosotros porque desde el principio de la Historia ha acompañado y sigue acompañando a esta humanidad que sigue peregrinando entre luces y sombras en busca de su verdadera identidad, de su plena dignidad, de su completa humanidad, de su plenitud de existencia… de su autenticidad de ser.

A diferencia de lo que ocurría entre los dioses y héroes griegos y romanos, que se desentendían de los asuntos humanos mientras se entregaban caprichosamente a orgías y placeres, o las divinidades aztecas y mayas, siempre sedientas de sangre humana, el Dios cristiano desde el comienzo de la creación ha querido manifestarse como principio de misericordia y amor desinteresado. El comportamiento histórico de Jesús: desde el pesebre a la sepultura, desde su ser engendrado hasta su resurrección, desde el principio de los tiempos hasta que se produzca la consumación, ha sido el mostrar al Padre. Eso le dijo a Felipe: quien me ha visto a mí ha visto al Padre.

San Mateo sitúa el relato evangélico de la obligación del amor a Dios y al prójimo en el Templo de Jerusalén, en el lugar religioso más sublime y santo para un judío del tiempo de Jesús. Era el lugar del sacrificio, del perdón, del encuentro, la morada que Dios se había elegido, el santuario por excelencia, allí estaba el verdadero sagrario, allí se conservaba, en el lugar más sagrado y santo, el código de la Alianza, el pacto entre Dios y el pueblo. Fue en el Templo donde Jesús declaró que el amor es el principio y fundamento de la verdadera religión. Sin amor la ley y los preceptos se vuelven tiranía, sin amor nada seríamos, es decir, no seríamos humanos (una persona inhumana es aquella que no conoce si sabe del amor), sin amor todo se vuelve oscuro, estéril, vacío. El amor a Dios que no sea al mismo tiempo amor al prójimo (sobre todo a los más necesitados) es un fraude, un engaño, una mentira.

Decía San Agustín: Ama y haz lo que quieras. Quien ama no puede sino cumplir la Ley entera. La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos. Dios, en Jesús, se entregó a nosotros totalmente por puro amor y por este mismo amor nos dejó su Palabra para que alcancemos nuestro consuelo. ¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!